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Arte e Ideas

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Alice Munro: para ser un lector adulto

Es lo que decía Bioy Casares: los mejores escritores son los que hacen que te den ganas de escribir. Munro es de esos.

Hay autores que te convierten en lector y esos se quedan grabados en el corazón y en las tripas. Son los autores que uno descubre de niño o de adolescente. Algunos se borrarán de la memoria, dejarán su rastro en la sensibilidad y no volveremos a ellos.

Hay otros que lo convierten a uno en un lector adulto y esos se quedan. Son los autores de los libros que se leen y releen. Sus palabras taladraran un agujero en la mente, como si desde adentro nos construyeran una nueva forma de pensar, de mirar, de ser.

Que cada quien elija los suyos. Por ejemplo, yo pondría en la primera categoría a Douglas Coupland, Brett Easton Ellis y John Irving pero no a Emilio Salgari, a quien leí de niña y sigo leyendo en tiempos de tristeza: nada levanta el ánimo como la buena cara ante todo contratiempo de Yáñez, el amigo de Sandokán.

La segunda categoría es complicada. Pongo en mi canasta básica a Francis Scott Fitzgerald, Roald Dahl y Virginia Woolf, mis tres escritores predilectos. Joyce Carol Oates, James Ellroy, Jorge Ibargüengoitia, Philip Roth, Raymond Carver y Elmore Leonard completarían mi novena ideal: ganarían la Serie Mundial de las letras. La primera vez que entendí que narrar es algo más que solo contar anécdotas fue leyéndolos.

La impresión que me causaron fue tal que lo único que quise en la vida fue contar historias como ellos. Bueno, como ellos nadie, pero espero que me entiendan. Es lo que decía Bioy Casares: los mejores escritores son los que hacen que te den ganas de escribir.

A esa lista agrego también a Alice Munro. Brinqué de alegría cuando, muy temprano en la mañana del jueves pasado oí que los suecos tenían el buen gusto de premiarla con el Nobel de literatura 2013. No, en serio: di un brinquito en mi cama y pegué un grito obsceno. Nunca pensé que el Nobel significara algo para mí personalmente, como lectora. Me siento como si se lo hubiera llevado mi abuelita. Aunque desde hace una década creo que el premio le pertenece a Philip Roth creo que nunca me volveré a sentir tan feliz con el Nobel.

Me encontré por primera vez a Alice Munro hará unos 6 años. Fue La vista desde Castle Rock, una colección de cuentos que conforma una suerte de novela fragmentada. Es su obra más personal porque cuenta la gran épica de su familia, los Laidlaw, inmigrantes escoceses que llegaron a Canadá en siglo XIX. Todo desemboca en historias que le pasaron a ella misma, versiones ficticias de su vida y la de sus hijos. Todo está estructurado de tal forma que hay una continuidad lógica entre lo que sucedió en Escocia en los 1700 y lo que pasa en Ontario en nuestros días.

Después he leído otras de sus colecciones y varios cuentos sueltos. Mis preferidos son Passion y Tricks , recogidos en el libro Runaway, ambos protagonizados por mujeres que viven vidas tan perfectamente humanas que es como si fueran chismes que uno oye de los vecinos, así de entretenidos y completos pero sin que sean malévolos. Como La vista desde Castle Rock, donde las anécdotas míticas de sus tatarabuelos escoceses se convierten en cuentos muy realistas, Munro es capaz de tomar las anécdotas de todos los días para convertirlas en belleza.

Si lo literario es, como dijo Woolf, recrear lo que le pasa a una mente normal en un día normal, Alice Munro es capaz de algo mayor: encontrar en esa normalidad el momento extraordinario que la vuelve dramática y que hace que el lector se dé cuenta de los grandes dramas que le existen a su alrededor en todo momento. Leer a Munro hace literaria la vida.

Munro tiene un modo de contar historias que es como ver correr un arroyito: es transparente, un correr aparentemente inofensivo pero que lleva consigo la potencia de lo natural. No encuentro otra forma de decirlo que ésta: en la narrativa de Munro no hay trucos. Ese es el gran truco.

El Nobel realmente no importa como estándar literario. Con él o sin él Munro, que este año anunció su retiro, es la mejor cuentista de los últimos 30 años. Está a la altura de Carver, y probablemente lo supera si los enfrentamos cuento a cuento.

Comparaciones innecesarias. Lo que debemos agradecer es que gracias al premio más gente la leerá y su obra se traducirá a más lenguas: Munro dejará de ser el gran secreto de Norteamérica.

Nunca hay que despreciar la oportunidad de que un autor nos cambie la vida, nos taladre el cerebro, nos vuelva mejores lectores y hasta escritores. Munro es de esos.

concepción.moreno@eleconomista.mx

apr

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