Estampas Panini y dopamina

Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada
El aeropuerto de la Ciudad de México tiene una energía particular estas semanas. Entre el caos habitual de las obras, las cascadas de concreto que cambian de lugar cada vez que uno pasa y las oleadas de turistas que llegan anticipando el Mundial, hay algo nuevo flotando en el ambiente: sobres de estampas Panini.
Los veo en manos de niños, adolescentes y adultos con traje y maletín que no pueden esperar a llegar a casa. El otro día, mientras esperaba mi vuelo, me quedé observando a un hombre de unos cuarenta años —viajero frecuente, de esos que uno reconoce por la soltura con la que atraviesan la sala de espera— sentado con tres sobres abiertos sobre las piernas y una expresión que conozco bien. Era esa mezcla específica de frustración y esperanza que aparece justo antes de comprar un sobre más.
Me senté a su lado. Le pregunté cuál le faltaba.
—Lamine Yamal —me dijo—. Ya llevo como doce sobres buscándolo.
Sonreí por lo que ese momento revelaba sobre el cerebro humano y su relación fascinante, a veces tiránica, con el acto de coleccionar.
El cerebro no quiere la estampa. Quiere buscarla.
Con el Mundial 2026 a semanas de arrancar y México como sede anfitriona, la ciudad entera ha entrado en una especie de trance coleccionista. Las filas para conseguir sobres, los intercambios improvisados afuera del metro, los grupos de WhatsApp que negocian estampas como divisas, la edición del elusivo “Álbum Negro” —con solo 2,026 ejemplares en el mundo entero— que ya se perfila como uno de los objetos más codiciados del año. Hay algo contagioso, casi ritual, en todo esto. Y este álbum tiene raíces en México: fue en el Mundial de 1970, aquí, cuando Panini lanzó por primera vez su álbum oficial avalado por la FIFA. Más de cincuenta años después, el ritual sigue intacto. Y eso, en sí mismo, nos dice algo importante sobre quiénes somos.
Hay una distinción que la neurociencia tardó décadas en afinar, y que explica perfectamente por qué ese hombre del aeropuerto no podía guardar los sobres aunque ya llevara doce sin encontrar a Yamal. Se trata de la diferencia entre querer y disfrutar o —en términos técnicos— entre el wanting y el liking que el neurocientífico Kent Berridge identificó como dos sistemas distintos dentro del cerebro.
El sistema de recompensa funciona en gran medida a través de la dopamina, ese neurotransmisor tan mencionado pero tan poco entendido. La dopamina no produce placer cuando obtenemos algo. La dopamina se dispara en la anticipación, en la búsqueda, en el instante justo antes de abrir el sobre. Es el químico del casi, no del ya. Por eso el sobre cerrado genera más activación que el sobre abierto. Más que a Lamine Yamal, lo que el cerebro persigue es la señal de que Lamine Yamal podría estar ahí.
Esta es también la razón por la que completar una colección produce una satisfacción breve y casi melancólica. El sistema dopaminérgico necesita que haya algo que falte. En el momento en que el álbum se llena, el cerebro ya está buscando el siguiente.
Y aquí viene el dato que, cuando lo descubrí, me pareció una demostración perfecta de todo lo anterior: la estampa más buscada y difícil de conseguir de este álbum no es Messi ni Cristiano Ronaldo. No es ningún jugador. Es la laminilla número “00”: el logo de Panini con acabado brillante, apenas el símbolo de la propia marca, distribuido de manera deliberadamente limitada. Es la que más ansiedad genera, la que más se busca, la que alcanza los precios más altos en la reventa.
El cerebro persigue la rareza. La dopamina necesita escasez. Necesita la promesa de que algo es difícil de alcanzar. Panini lo sabe, claro. Pero nuestras neuronas también, y llevan haciéndolo mucho más tiempo que cualquier departamento de neuromarketing.
¿Por qué coleccionamos?
El psicoanálisis llegó a esta pregunta antes que la neurociencia, y sus respuestas siguen siendo provocadoras. Werner Muensterberger —psicoanalista y etnopsiquiatra alemán, él mismo coleccionista apasionado de arte africano— dedicó su obra más importante, Collecting: An Unruly Passion (1994), a explorar el origen emocional de esta conducta. Su conclusión fue incómoda y, para muchos lectores, muy reconocible: los objetos que coleccionamos funcionan como reparadores de heridas narcisistas tempranas. Son intentos —inconscientes, casi siempre— de restablecer una sensación de completitud que se perdió en algún momento de la infancia.
Los objetos coleccionados contribuyen al sentido de identidad. Funcionan como fuente de autodefinición. Son, en el mejor de los casos, un experimento de autocuración. Esto no significa que todo coleccionista cargue un trauma sin resolver. Significa que la conducta de coleccionar responde a algo más profundo que el gusto estético o el hobby pasajero. Responde a la necesidad humana de control, de orden, de narrativa. De poder decir: yo soy alguien que completa lo que empieza.
En mi práctica clínica veo con frencuencia que las personas con rasgos obsesivo-compulsivos, con alta necesidad de orden y completitud, tienden a coleccionar con mayor intensidad que otras. Y en ese espacio hay mucha oportunidad para la salud, para el placer genuino, para el ritual compartido entre generaciones.
¿Coleccionar o acumular?
El problema comienza cuando el objeto deja de ser el fin y se convierte en el único lenguaje disponible para calmar una angustia que no tiene nombre.
En mi sala de espera hay a veces niños que aguardan mientras sus padres están en consulta. Los observo a través del pequeño ventanal: algunos dibujan, otros miran el teléfono. Pero estas semanas más de uno ha llegado con su álbum Panini y sus sobres, abriéndolos con una urgencia que parece más ansiosa que lúdica, esa necesidad de tener algo concreto que ordenar mientras esperan algo que escapa a su control. El coleccionismo, en esos momentos, cumple una función reguladora, y eso en realidad no me preocupa.
Lo que sí me preocupa es cuando esa función reguladora se convierte en la única estrategia disponible. El trastorno de acumulación —incorporado de forma independiente al DSM-5 en 2013 y separado por primera vez del trastorno obsesivo-compulsivo— se caracteriza por algo muy específico: la dificultad extrema para deshacerse de objetos independientemente de su valor real, al grado de que los espacios donde uno vive terminan congestionados, inutilizables y, a veces, peligrosos.
La distinción clínica más importante es que coleccionar implica selección, cierto orden interno y placer. Acumular, en cambio, es indiscriminado: genera angustia ante la idea de soltar algo, y el espacio físico termina convirtiéndose en el reflejo externo de un caos interno que no logra organizarse.
Los estudios de neuroimagen muestran que las personas con trastorno de acumulación presentan alteraciones en regiones clave vinculadas con la capacidad de identificar qué es importante y qué no, incluyendo la corteza cingulada anterior y la ínsula. En otras palabras: el cerebro acumulador tiene dificultades para decidir qué merece quedarse y qué puede irse.
El tratamiento con mayor respaldo empírico es la terapia cognitivo-conductual, con protocolos específicos para este trastorno. Y el trabajo integrativo —explorar el vínculo emocional con los objetos, la historia detrás de lo que no se puede soltar y el cuerpo como espacio donde también se manifiesta la angustia— puede abrir caminos que la psiquiatría convencional, por sí sola, no siempre alcanza.
Una última reflexión
Abrir un sobre de estampas Panini es una experiencia neurológica compleja: la anticipación, el pequeño golpe de decepción ante la repetida, la chispa de alegría ante la que faltaba. Todo eso ocurre en fracciones de segundo dentro de circuitos cerebrales que llevan millones de años perfeccionando el arte de buscar, de querer, de no conformarse del todo.
Coleccionar tiene algo profundamente humano. Es identidad, control, la manera en que algunos construimos un relato ordenado en medio de un mundo que no siempre lo es. El problema aparece cuando ya no podemos parar, cuando no podemos soltar, cuando los objetos terminan ocupando el espacio que deberían habitar las personas.
El álbum se llena. El cerebro ya está pensando en el siguiente. La pregunta que vale la pena hacerse es qué hay detrás de la urgencia de no dejar ningún espacio vacío. Y si la estampa más codiciada del mundo es un logo sin jugador adentro, quizá la respuesta está en que nunca fue realmente el futbol lo que buscábamos.
Si este texto despertó algo en usted —curiosidad, el deseo de explorar cómo la mente y nuestras conductas más cotidianas se entrelazan—, le invito a acompañarme en Tu Viaje de Sanación Psicodélica, disponible en libro físico, digital y audiolibro. Porque entendernos siempre empieza por hacerse las preguntas correctas.
La Dra. Carmen Amezcua es psiquiatra y médica integrativa. Autora de Tu Viaje de Sanación Psicodélica. Columna semanal en El Economista.

