Si todo depende de ti, ¿qué necesitas cambiar?

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Maribel Núñez Mora F. | Columna Invitada

Maribel Núñez Mora F.

Muchos profesionistas comienzan a construir su negocio sin haber decidido qué tipo de negocio quieren tener. Empiezan por atender a un cliente, después llega otro, incorporan un servicio que alguien les solicita y, cuando el trabajo supera su capacidad, contratan a una persona para mantener el ritmo. Cada nueva oportunidad parece justificar el siguiente paso. Con el tiempo, la práctica profesional crece y empieza a adquirir una estructura propia.

El problema es que crecer de esta manera no garantiza que estemos construyendo el negocio que queremos.

Un despacho jurídico puede aumentar su cartera de clientes y, al mismo tiempo, reducir el tiempo que su titular dedica al análisis de los asuntos que más le interesan. Una consultoría puede ampliar su oferta hasta convertirse en una operación difícil de administrar. Un profesional independiente puede incrementar sus ingresos y descubrir que ahora necesita trabajar más horas, asumir mayores responsabilidades y atender problemas que antes no tenía.

En todos estos casos hay actividad, demanda e incluso crecimiento. Lo que no necesariamente existe es una decisión consciente sobre la dirección que está tomando el negocio.

Esto sucede porque solemos evaluar nuestras decisiones de manera individual. Aceptar un cliente parece conveniente porque genera ingresos. Incorporar un servicio tiene sentido porque existe demanda. Contratar a alguien resuelve una necesidad inmediata. Ninguna de estas

Un negocio termina tomando forma a partir de nuestras decisiones, pero también de las oportunidades que aceptamos sin examinarlas, de los clientes que conservamos por costumbre y de las actividades que seguimos realizando porque siempre las hemos hecho de la misma manera.

Por eso, antes de preguntarnos cómo crecer, necesitamos una pregunta anterior: ¿qué negocio estamos construyendo y hacia dónde queremos llevarlo?

El crecimiento también exige elegir

Cuando hablamos de crecimiento profesional, solemos pensar en más clientes, mayores ingresos, nuevos servicios o equipos más grandes. Estos elementos pueden formar parte de una estrategia, pero ninguno define por sí mismo si un negocio está avanzando en la dirección correcta.

Para evaluarlo necesitamos observar cómo se relacionan los ingresos con los recursos que exige producirlos. Un servicio que genera facturación importante podría requerir tantas horas de trabajo especializado, revisiones y atención personal que su contribución económica resulte menor de lo esperado. Un cliente que representa una parte considerable de los ingresos también podría concentrar una proporción desmedida de nuestro tiempo y limitar la posibilidad de atender otras oportunidades.

Lo mismo ocurre con la oferta de servicios. Incorporar nuevas líneas de trabajo amplía las posibilidades comerciales, pero también introduce necesidades de conocimiento, personal, tecnología, supervisión y control. Si cada nuevo servicio requiere que el dueño intervenga personalmente, la expansión de la oferta podría aumentar la complejidad sin mejorar la capacidad del negocio para operar.

Estas situaciones obligan a distinguir entre vender más y construir un negocio mejor organizado alrededor de nuestros objetivos.

La diferencia importa porque no todas las oportunidades merecen aceptarse y no todas las actividades que sabemos realizar necesitan formar parte de nuestra oferta. Tener la capacidad técnica para prestar un servicio no significa que debamos ofrecerlo. Contar con un cliente interesado tampoco significa que las condiciones de contratación sean convenientes.

Elegir implica reconocer que nuestros recursos son limitados. El tiempo, el capital, la atención y la capacidad del equipo deben distribuirse entre distintas posibilidades. Cada decisión de asignación también determina qué otras cosas dejamos de hacer.

El dueño necesita asumir esa responsabilidad. De lo contrario, la demanda termina definiendo el negocio en su lugar.

Primero hay que decidir qué queremos construir

La pregunta sobre el negocio que queremos tener no se responde únicamente estableciendo una meta de facturación. Necesitamos definir cómo queremos que funcione la práctica profesional y qué lugar queremos ocupar dentro de ella.

Un abogado podría querer dirigir una firma especializada, concentrarse en asuntos complejos y formar un equipo capaz de atender la operación cotidiana. Otro podría preferir una práctica pequeña, con pocos clientes y una participación personal intensa en cada asunto. Ambos modelos son válidos, pero requieren decisiones distintas sobre los servicios, los precios, el personal, la organización y la selección de clientes.

El problema surge cuando intentamos combinar modelos incompatibles sin reconocer las tensiones que producen. Queremos una firma que funcione con autonomía, pero revisamos cada decisión. Buscamos aumentar la rentabilidad, pero aceptamos trabajos cuyo costo operativo desconocemos. Queremos concentrarnos en servicios especializados, pero mantenemos una oferta amplia por temor a perder oportunidades.

No siempre necesitamos una empresa más grande. Necesitamos una estructura congruente con el negocio que queremos construir.

Esa congruencia requiere definir, al menos, cuatro aspectos. El primero es la oferta: qué servicios queremos prestar y cuáles no forman parte de nuestra estrategia. El segundo son los clientes: a quiénes podemos atender bien y bajo qué condiciones resulta conveniente hacerlo. El tercero es el modelo económico: qué recursos exige cada servicio y qué contribución produce. El cuarto es la operación: qué debe seguir dependiendo de nosotros y qué capacidades necesita desarrollar el equipo para asumir otras responsabilidades.

Estas decisiones se relacionan entre sí. Cambiar la oferta modifica las necesidades operativas. Elegir otro tipo de cliente afecta los procesos comerciales y de atención. Modificar la participación del dueño requiere desarrollar capacidades dentro del equipo. Por eso, definir el rumbo no consiste en redactar una declaración aspiracional, sino en establecer criterios para decidir qué hacer, qué modificar y qué dejar de hacer.

Un ejercicio para revisar el rumbo

Propongo dedicar una hora a contrastar el negocio que tenemos con el que queremos construir. El ejercicio no requiere un plan estratégico extenso. Requiere observar la situación actual con suficiente honestidad para identificar las diferencias relevantes.

La primera parte consiste en describir el negocio actual. Conviene anotar cuáles son los servicios que generan ingresos, qué tipo de clientes los contratan, cuánto tiempo y qué recursos exige atenderlos, qué actividades siguen dependiendo directamente del dueño y qué resultados económicos produce cada línea de trabajo. No necesitamos cifras perfectas para empezar, pero sí distinguir los datos conocidos de las suposiciones.

Después hay que describir el negocio deseado. ¿Qué tipo de asuntos queremos atender? ¿Qué clientes queremos conservar y cuáles buscamos incorporar? ¿Qué nivel de rentabilidad necesitamos? ¿Qué actividades queremos realizar personalmente y cuáles preferimos que resuelva el equipo? ¿Qué grado de responsabilidad operativa estamos dispuestos a asumir?

Las respuestas deben describir decisiones y condiciones de trabajo, no únicamente aspiraciones como crecer, ganar más o tener más tiempo. Necesitamos identificar cómo se vería, en la práctica, un negocio que cumpliera esos objetivos.

La tercera parte consiste en comparar ambos escenarios. Ahí aparecerán las diferencias entre lo que hacemos y lo que queremos hacer. Quizá descubramos que una línea de servicios consume recursos que necesitamos para desarrollar otra. Tal vez dependemos demasiado de un cliente, mantenemos tareas que alguien más podría resolver o aceptamos proyectos sin conocer su contribución económica. También podríamos descubrir que el modelo actual sí corresponde a nuestros objetivos, pero necesita cambios en sus procesos o en la distribución de responsabilidades.

El siguiente paso es elegir una diferencia y convertirla en una decisión concreta. No se trata de corregir todo al mismo tiempo. Podemos revisar las condiciones de un servicio, medir mejor el tiempo que requiere, ajustar los criterios para aceptar nuevos clientes o preparar a una persona para asumir una responsabilidad específica.

La decisión debe incluir un resultado que podamos observar. Si queremos mejorar la rentabilidad de un servicio, necesitamos conocer sus costos y revisar su contribución. Si buscamos reducir la dependencia del dueño, debemos definir qué responsabilidad transferiremos y qué condiciones permitirán ejercerla. Si queremos concentrarnos en una especialidad, tendremos que evaluar qué actividades actuales apoyan esa dirección y cuáles compiten con ella.

Este ejercicio tiene un propósito preciso: sustituir las decisiones tomadas por inercia por decisiones guiadas por una dirección definida.

Dirigir también significa renunciar

La parte más difícil de este proceso no suele ser identificar las diferencias. Suele ser aceptar las consecuencias de corregirlas.

Dejar de ofrecer un servicio implica renunciar a ciertos ingresos. Modificar las condiciones de trabajo con un cliente podría poner en riesgo la relación. Invertir en formar al equipo consume tiempo y recursos antes de producir resultados. Concentrarse en una línea de negocio obliga a dejar otras oportunidades en segundo plano.

Por eso es frecuente que los profesionistas mantengamos estructuras que ya no corresponden a nuestros objetivos. Conocemos sus limitaciones, pero también conocemos la forma de trabajar dentro de ellas. Cambiar requiere asumir costos inmediatos y aceptar un periodo de ajuste cuyo resultado todavía no conocemos.

La alternativa, sin embargo, también tiene un costo. Cada vez que aceptamos una oportunidad incompatible con la dirección que queremos tomar, destinamos recursos que no estarán disponibles para otras decisiones. Si repetimos esa conducta durante años, podemos terminar construyendo una operación rentable en algunos aspectos, pero alejada del tipo de vida profesional o de empresa que buscábamos.

Dirigir significa asumir la responsabilidad de elegir entre alternativas. No consiste en aceptar todo lo que el mercado ofrece ni en perseguir cada posibilidad de crecimiento. Consiste en decidir cuáles oportunidades merecen recursos y cuáles nos alejan de nuestros objetivos.

Al final, el negocio que construimos no depende únicamente de nuestra capacidad para resolver problemas, vender servicios o coordinar personas. También depende de los criterios con los que elegimos qué problemas resolver, qué servicios ofrecer y qué estructura necesitamos para sostenerlos.

Antes de buscar más clientes, incorporar otro servicio o contratar a alguien, vale la pena detenernos a revisar el rumbo. ¿El negocio que tenemos hoy se parece al que queremos construir? Si la respuesta es negativa, la pregunta siguiente no es cómo hacer más eficiente la operación actual. Es qué decisiones necesitamos cambiar para acercarnos al modelo que buscamos.

Porque un negocio puede crecer durante años sin acercarnos a nuestros objetivos. La tarea del dueño consiste en reconocer esa diferencia a tiempo y asumir la responsabilidad de corregirla.

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*La autora es fundadora de El Poder del Riesgo y Directora General de Punto Cero Consultores.

"La incertidumbre no se elimina. Se estructura."

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