Brillar no es decorar: la obra de Fátima Rodrigo

Gabriela Gorab | Entre quimeras y palabras
Hay un prejuicio muy latinoamericano que confunde el brillo con la falta de seriedad. Lentejuelas, cuentas, gemas plásticas: todo eso lo hemos tratado como cosmético, como lo opuesto al arte "serio". Fátima Rodrigo demuestra lo contrario, y por eso su obra me parece urgente.
Lo que Rodrigo entendió antes que la mayoría es que la televisión y el espectáculo popular son, hasta hoy, el aparato más eficaz de construcción de identidad que tiene la televisión abierta. No lo hacen las bienales ni los museos: lo hace un set de cartón con luces LED, visto por millones cada sábado por la noche. Y esto no es cosa del pasado ni exclusivo de América Latina, que es donde Rodrigo enfoca su mirada: es un fenómeno que se repite, casi idéntico, en la televisión abierta de cualquier país en vías de desarrollo que he podido observar. Rodrigo toma ese aparato y lo traslada al arte plástico sin traicionarlo. No lo cita con distancia irónica; lo reconstruye con la misma generosidad con la que existe, y logra algo que pocos artistas consiguen: que el mensaje viaje en las dos direcciones. Baja el discurso crítico del pedestal conceptual y, al mismo tiempo, dignifica la experiencia de quien crece frente a ese televisor.

Instalación de Fátima Rodrígo.
Su instalación en la Bienal de Sídney funciona precisamente ahí: en un museo o una galería, el gesto se vuelve accesible para cualquiera que reconozca ese set, aunque nunca haya pisado una feria de arte. Ese es, para mí, el verdadero logro de Rodrigo: hacer que el arte contemporáneo hable el idioma de todos sin perder profundidad.
Ese cruce tampoco es casual. Rodrigo entiende el poder mediático como lo que realmente es en América Latina y en otros países en vías de desarrollo: un mecanismo enorme de construcción de imaginarios compartidos, de aspiración y de identidad colectiva, que sigue operando hoy con la misma fuerza con la que operaba hace cuarenta años. Leer ese poder con lucidez, y devolverlo convertido en arte que celebra tanto como cuestiona, es un ejercicio de inteligencia que pocas veces se ve con esta claridad.

Obra de Fátima Rodrigo.
Y hay una capa que me parece especialmente valiosa: Rodrigo habla desde y para las mujeres. Su archivo está lleno de performers, baladistas y cuerpos femeninos que fueron el vehículo de esa modernidad televisiva. Que sea una mujer latinoamericana quien recupere ese archivo y lo devuelva con agencia y orgullo, sin nostalgia ingenua, le da a su crítica poscolonial una autoridad que no se presta de ninguna teoría: es una lectura que le pertenece por completo.
Lo que más me entusiasma es lo que esta obra anuncia sobre las generaciones que vienen. Hay una sensibilidad nueva —más aguda, más libre— capaz de mirar la cultura popular sin la vergüenza que cargaron generaciones anteriores, y de convertirla en materia prima para preguntas serias sobre poder, género e identidad. Rodrigo no es la única que lo está haciendo, pero es de las que mejor lo logra.
Confieso algo mientras escribía esto: este año vi en Zsona Maco, en la galería de Lidia Benavides, una pieza sin título (S/T) perteneciente a la serie Geometría sentimental (2026), y me detuvo en seco sin saber de quién era y hasta la compartí como una de mis favoritas. Entre tanto artista y tanta obra que se ve en una feria, es fácil que un nombre se pierda. Fue investigando para este texto que até cabos y entendí que esa pieza que no había podido olvidar era suya. Lo cuento porque no es un dato menor: hay obras que funcionan sin necesitar la reputación previa del artista para hacer efecto, y esa es, quizás, la prueba más honesta de que algo vale.
Hay algo más que quiero decir, aunque sea al margen del análisis: Perú es un país al que me siento muy ligada por sus cánticos ancestrales, su literatura, hermosos paisajes, calidez de la gente y la cultura de su selva, que he investigado a lo largo de los últimos años. Rodrigo viene de esa misma tierra, y su obra confirma lo que esa investigación ya me había mostrado: que ahí hay una profundidad simbólica que rara vez se le reconoce con la seriedad que merece.
Aterrizando toda esta felicidad: hoy mismo se puede visitar la obra de Fátima. Con todo y mi tristeza está instalada en el patio central del Museo Tamayo, como parte de la temporada con la que el museo celebra sus 45 años, y ahí retoma exactamente esta idea: toma el modelo formal de las escenografías de programas musicales y concursos televisivos de la industria del entretenimiento latinoamericano, construidos a partir de una investigación en archivos públicos y privados, y arma con ellos un escenario hecho de materiales cotidianos y de amplia circulación. No es una pieza para mirar desde afuera: el público sube a sus plataformas y la activa con su propio cuerpo, con cambios de perspectiva y estímulos sonoros que transforman lo que se ve y lo que se escucha en cada recorrido. Entrada libre, hasta el 27 de septiembre de 2026.

Fátima Rodrígo.
Más acerca de Fátima
Fátima Rodrigo (Lima, 1987) es una de las artistas visuales peruanas más relevantes de su generación. Formada en Artes Plásticas en la Pontificia Universidad Católica del Perú, trabaja de forma multidisciplinaria con instalación site-specific, escultura, textiles bordados a mano, video y sonido, para examinar la representación poscolonial del modernismo y la apropiación de la vanguardia europea en la cultura popular latinoamericana. Su firma más reconocible es material: lentejuelas, cuentas, hilos metálicos y gemas plásticas, bordados a mano sobre telas sintéticas, con los que traduce símbolos ancestrales y motivos televisivos a un brillo deliberadamente accesible y popular. En su obra ese destello nunca es solo decoración: es una forma de glamour democrático, tan cercano a la fiesta vernácula como al set de televisión, que reclama para lo popular el mismo estatus estético que históricamente se le ha reservado a lo "fino".
Su proyección internacional se consolidó con Sábado Gigante (Bienal de Sídney, 2020), y ha continuado con Contradanza y Holograms (Liverpool Biennial, 2023), Piedra de sol, serpiente de humos (Cecilia Brunson Projects, Londres, 2024) e Incendio Silencioso (Enhorabuena Espacio, Madrid, 2025). Actualmente presenta Con todo y mi tristeza en el Museo Tamayo, Ciudad de México. Su obra forma parte de la colección del Museo de Arte de Lima (MALI) y ha realizado residencias en Gasworks (Londres), Art Explora–Cité des Arts (París), Atelier Mondial (Basilea) y Flora Ars+Natura (Bogotá). Vive y trabaja en Lima.
