Francisco González, presidente de BBVA, consume los últimos meses de su presidencia —según los estatutos de la entidad, debe retirarse en el 2019 cuando cumpla 75 años— en pilotar el proceso de su sucesión que formalmente se llevará a cabo y a la que también se dedica la comisión de nombramientos, cuyo presidente es José Miguel Andrés Torrecillas y de la que forman parte los consejeros Lourdes Maíz, José Maldonado y Susana Rodríguez Vidarte.

Junto a su continuo movimiento viajero —algunos supervisores europeos se quejan de que resulta especialmente difícil encontrar a González en su despacho madrileño—, el presidente de BBVA reconoció en su última comparecencia pública, con motivo de la presentación de los resultados del 2017, que su ocupación prioritaria hasta su retiro sería poner en marcha el proceso sucesorio para que éste fuera normal y no produjera sorpresas.

La idea más extendida es que realmente la elección ya está hecha y que el elegido será Carlos Torres, actual consejero delegado de la entidad y principal impulsor junto con el propio González del profundo proceso de digitalización de la entidad, por el convencimiento de que ese es el camino a recorrer y que cuanto antes se haga, mejor.

El posible problema es si el Banco Central Europeo (BCE) aceptará o no que Torres acceda a la presidencia manteniendo los poderes ejecutivos que tiene González o si, por el contrario, presionará lo suficiente como para que el nuevo presidente de BBVA no sea ejecutivo. En ese caso lo que se plantea entonces es si Torres mantendría su actual posición ejecutiva como consejero delegado, pero con mayores poderes que ahora, ya que no tendría el contrapeso de un presidente ejecutivo. González y el banco en su conjunto mantienen un elevado hermetismo sobre la cuestión, aunque de vez en cuando se deslizan algunas opiniones que permiten vislumbrar por dónde caminan las cosas.

Es cierto que el BCE es más partidario de que haya un presidente no ejecutivo, que defina la estrategia a largo plazo de la entidad, y un consejero delegado con amplios poderes para encargarse del día a día del banco e instrumentar la estrategia diseñada por el consejo con el liderazgo del presidente. Pero eso no implica necesariamente que la otra posibilidad, que el presidente también sea consejero ejecutivo, no se pueda poner en marcha.

De hecho, entre los bancos españoles se dan las dos alternativas. Y no sólo como consecuencia de las situaciones heredadas antes de que se constituyera la unión bancaria y el BCE se convirtiera en el supervisor de las principales entidades europeas.

Ana Botín, quien apenas al día siguiente del fallecimiento de su padre fue nombrada presidenta de Santander, es ejecutiva. Lo mismo que el presidente de Unicaja, Manuel Azuaga.

Por el contrario, José Luis Aguirre, presidente de Ibercaja, no lo es; tampoco tiene poderes ejecutivos en CaixaBank, Jordi Gual. Y todos ellos accedieron al cargo después de finales del 2014 que es cuando se puso en marcha la unión bancaria.

En el resto de los grandes bancos nacionales se mantiene la opción que previamente habían escogido. En BBVA, ya se ha dicho, el presidente es ejecutivo.

En Bankia, José Ignacio Goirigolzarri también lo es, lo mismo que Josep Oliu en Sabadell. En Bankinter, Pedro Guerrero no tiene poderes ejecutivos, que los ejercen tanto Álvaro Botín, en representación de Cartival, la sociedad principal accionista del banco, como María Dolores Dancausa, consejera delegada. Tampoco en Liberbank y Abanca, los presidentes son ejecutivos. Pedro Rivero y Juan Carlos Escotet ocupan ese sillón, respectivamente, pero son los consejeros delegados: Manuel Menéndez y Francisco Botas, quienes reúnen los poderes ejecutivos.

Ante todo esto parece evidente que las opciones están abiertas y hay quien afirma, aunque en el banco no hablan de ello, que para evitar posibles problemas futuros, González habría mandado al BCE un comunicado por escrito expresando su idea de mantener el actual statu quo en la entidad con la idea de que si el supervisor europeo quisiera oponerse a ella que lo dijera por escrito, que no bastara una posible opinión verbal. De manera que, si no hubiera respuesta formal, se entendería que se acepta la propuesta de BBVA.

Pero mientras se aclara la sucesión, el grupo sigue centrado en su profunda transformación digital que le va a permitir, según su consejero delegado, que antes de que finalice este ejercicio la mitad de los clientes sea digital y que en el 2019 la entidad traspase la barrera de 50% de clientes móviles. Todo ello al tiempo que 40% de las ventas de productos del banco ya es digital.