Atenas.- Cuando las imágenes de los 3 muertos en un banco incendiado en Atenas el pasado 5 de mayo dieron la vuelta al mundo, muchos entendieron finalmente que Grecia se había convertido ahora en el nuevo epicentro de un terremoto que hacía temblar al planeta financiero, menos de dos años después de la caída de Lehman Brothers.

En aquel momento, Grecia acababa de recibir la noticia de un plan de ayuda inédito de la Unión Europea (UE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) por 110,000 millones de euros para salvarla de la bancarrota a la que la conducía su colosal deuda pública (300,000 millones de euros, 113% del PIB).

Sin embargo, sería necesario el derrumbamiento de los mercados para que los líderes europeos y el Banco Central Europeo (BCE) acordasen finalmente un plan de rescate para toda la Eurozona por la astronómica cifra de 750,000 millones de euros.

El megaplan fue aprobado el mismo fin de semana en el que la UE cumplía 60 años de vida. Ya no se trataba de salvar a Grecia de la bancarrota, sino más bien de defender a toda la Eurozona, amenazada por los riesgos de contagio a otros países endeudados como España, Portugal o Irlanda.

La situación recordaba la crisis de los préstamos "subprime" en 2007, que había desembocado en la caída del banco de negocios norteamericano Lehman Brothers el 15 de septiembre de 2008.

Esta resonante quiebra dio lugar a un cataclismo financiero que terminó por propagarse a toda la economía mundial.

En esta ocasión, los políticos no dejaron caer a Grecia. Tenían sus razones.

Con Lehman Brothers, "la consecuencia fue la parálisis del sistema financiero mundial al punto de provocar la recesión más grande desde los años 30. Las consecuencias de la quiebra de Grecia serían comparables, o incluso peores", advirtió en ese sentido el comisario europeo de Asuntos Económicos, Olli Rehn.

Acuerdo a "fuerzas"

Por lo tanto, teniendo en cuenta el precedente de Lehman, ya no se debía tergiversar más, aunque las negociaciones entre los europeos duraron horas en un clima de fuerte tensión con Alemania.

Según el diario El País, que cita al jefe de gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente francés Nicolas Sarkozy llegó incluso a amenazar a la canciller alemana Angela Merkel con sacar a Francia del euro. Esta información fue desmentida el viernes por el gobierno español.

Merkel, que enfrentaba unas cruciales elecciones dos días después y tenía una opinión pública hostil al plan, quería garantías de que sería reembolsada, el compromiso de los países vecinos de Grecia sobre curas de austeridad similares y sanciones para los malos alumnos.

Fue necesario todo el poder de persuasión del presidente del BCE, Jean-Claude Trichet, que habló de una crisis "sistémica", así como del director general del FMI, Dominique Strauss-Kahn, y sobre todo del presidente norteamericano Barack Obama, que levantó su teléfono, para lograr la adhesión alemana.

La injerencia de Strauss-Kahn y Obama en un tema hasta allí más bien europeo muestra hasta qué punto era el mundo entero el que se preocupaba ahora por una repetición de la crisis financiera de 2008.

Japón y Estados Unidos reforzaron su presión. Según una fuente gubernamental, el secretario norteamericano del Tesoro, Timothy Geithner, llamó sin pausa a sus homólogos del G-7.

La movida hizo que los bancos centrales del club de países más industrializados del mundo ofrecieran su contribución para garantizar el abastecimiento en dólares de Europa y evitar a todo precio una nueva crisis de liquidez.

El acuerdo del megaplan europeo por 750,000 millones de euros alcanzado en la noche del domingo dio lugar a una euforia en los mercados el lunes que se fue diluyendo en apenas unos días a medida que volvían las dudas.

Como si se tratase de cerrar un círculo, y de dejar en claro que la cuestión aún no está resuelta, el euro tocó el viernes su nivel más bajo desde noviembre de 2008.