En México sigue siendo un problema competir y obtener mejores oportunidades laborales para las mujeres, a pesar de que se está luchando por eliminar los obstáculos que son resultado de la construcción social de género, como los estereotipos, roles, prejuicios y valores asignados a partir de sus características biológicas.

Se tiene estimado que los mexicanos tardaremos más de 200 años en lograr igualdad y equidad entre hombres y mujeres, ya que vivimos en un país construido desde la perspectiva masculina, lo que hace difícil la inclusión, así lo comentó María Ariza, directora de la Bolsa Institucional de Valores (BIVA), durante el foro MujerES IBERO: The Wo+men’s Project, organizado por la Universidad Iberoamericana.

Esto es visible desde el sector empresarial hasta en las mujeres trabajadoras de las comunidades indígenas, una brecha laboral donde la doble jornada, la discriminación salarial, la segregación ocupacional y el hostigamiento sexual son sólo algunos de los problemas enfrentados por las mexicanas. Esto lo muestran las cifras.

La participación de las mujeres en la economía del país es baja, tanto en el sector formal como informal. Según datos del Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres), existe un índice de discriminación salarial del -5.4% entre la fuerza laboral femenina y masculina. Tan sólo en 2015, el costo económico de desperdiciar el talento de las mujeres fue de 240,000.6 millones de pesos al año.

Además, 43.4% de las mujeres en edad productiva tienen participación en la economía y un porcentaje aún menor tiene la oportunidad o la decisión de desempeñarse en puestos profesionales. Esto ocurre, no obstante las diversas legislaciones de acción afirmativa del gobierno, como la implementación de cuotas de género en empresas e instituciones.

Así, la discriminación salarial entre mujeres y hombres del funcionariado público y gerentes del sector privado es del -12.7%. Mientras que el 72.6% de la población económicamente activa femenina tiene hijas/os, el 26.6% de las que trabajan han experimentado algún acto violento o de discriminación por género y al 12.7% le han pedido certificado de no gravidez o las han despedido por estar embarazadas.

Al respecto, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), si se redujera a la mitad la brecha de género en la fuerza de trabajo para 2040, se añadiría 0.16% a la tasa de crecimiento anual promedio proyectada en el Producto Interno Bruto (PIB) per cápita, incrementando así, la tasa promedio a 2.46% anual.

En términos de condición por “inactividad laboral”, el 56.3% de las mujeres se dedica al trabajo doméstico, el 32.4% son estudiantes, el 8% de ellas están pensionadas o jubiladas, mientras el 3.3% se encuentra ausente de su actividad u ocio o con discapacidad que le impide laborar.

En cuanto a los hombres, el 5% de ellos se dedica al trabajo doméstico, el 65.7% son estudiantes, el 18.4% están pensionados o jubilados y entre el 9 y 10% están ausentes de sus actividades y ocio o cuenta con alguna discapacidad que le impide laborar.

Para poder romper con estas barreras de género es importante lograr propuestas que promuevan la igualdad laboral entre mujeres y hombres. Así como la participación en conjunto de hombres, mujeres, el gobierno y empresas, teniendo como resultado una sociedad que funcione y progrese.

Estas señales marcan que es indispensable la creación y la implementación de la cultura de equidad y justicia social, para que hombres y mujeres sean valorados desde sus conocimientos, características y capacidades individuales y profesionales.

En este camino para cubrir los déficits de las desigualdades por razones de género, la Universidad Iberoamericana, desde la Dirección General de Vinculación Universitaria, el Centro de Emprendimiento y Desarrollo Empresarial (CEDE) y el Centro de Inversión Social, organiza encuentros como MujerES IBERO: The Wo+Men’s Project, cuyo objetivo es buscar una solución desde el ambiente universitario, para impulsar el desarrollo profesional de las mujeres en el país, empezando por las aulas.

La autora es colaboradora del Centro de Emprendimiento y Desarrollo Empresarial (CEDE).