Para entender esta oportunidad, hay que notar dos de los grandes cambios producidos o acelerados por la terrible pandemia, junto con el surgimiento de una necesidad apremiante para el planeta. Por un lado, la tendencia a revertir la globalización económica, que ya venía desde unos años atrás con los cambios en el liderazgo político de varios países; está haciendo que varias naciones cambien el enfoque de sus economías para recuperar su producción internamente o cerca de sus esferas de influencia más próximas. Por otro lado, la interrupción en las cadenas de suministro ha generado grandes problemas para muchas empresas, que están replanteándose si la filosofía de minimizar costos con pocos proveedores en países lejanos y logística “just in time” es la mejor opción, con varias empresas inclinándose más hacia cadenas de suministro más resistentes.

Adicionalmente, la necesidad de combatir el cambio climático se ha convertido en una prioridad impostergable para la humanidad en su conjunto, y aunque aún en el discurso no hay los acuerdos necesarios, en algunos países se está convirtiendo en acciones concretas que implican grandes cantidades de recursos para migrar a energías limpias a un ritmo más acelerado.

Estos cambios se observan con especial claridad en Estados Unidos, cuyo gobierno se está embarcando en un colosal programa de inversión en infraestructura, que tiene como eje transversal el cambio hacia energías limpias. Varios de los grandes corporativos industriales estadounidenses están modificando sus procesos hacia cadenas de suministro más cercanas y resistentes, lo que implica cuantiosas inversiones en logística adicional, como bodegas, medios de transporte y servicios especializados. También están migrando sus procesos a la utilización de energías limpias, no sólo como un tema cosmético, sino respondiendo a las demandas reales de consumidores cada vez más conscientes con el medio ambiente.

Una de las repercusiones de estos cambios, y de la política monetaria ultra expansiva que han seguido los bancos centrales de las economías más desarrolladas, ha sido el repunte de la inflación a nivel mundial, que se convierte en una de las amenazas más serias para la recuperación de la actividad económica global en los próximos años.

Es probable que buena parte de esta inflación se deba a cambios en precios relativos que ocurren en periodos muy largos de tiempo. Visto de forma simplista, mientras que el mundo desarrollado estuvo transfiriendo a países como China, sus procesos de producción para aprovechar la abundancia de mano de obra barata, esto permitió una tendencia descendente en los costos, y por consiguiente una presión a la baja de la inflación en dichas economías. La incorporación de nuevas tecnologías como resultado de la globalización y mayor integración económica del mundo, también permitió tener costos descendentes y bajos niveles de inflación por muchos años. Ahora que la producción se está regionalizando más, y con los cuellos de botella producidos tanto por la pandemia como por las nuevas necesidades, muchos precios han comenzado a subir en una tendencia que podría durar varios años. Esto requerirá de cambios en la política monetaria de varios países, terminándose la época del “dinero gratis”, o arriesgando el disparo de la inflación con sus nefastas consecuencias. En la medida en que la producción se concentre al interior de los países, aún en los más desarrollados como Estados Unidos, sus precios resentirán esta concentración ante la pérdida de economías de escala y ventajas comparativas.

Para que la transición productiva en marcha de Estados Unidos tenga éxito, y no se generen presiones inflacionarias exageradas, debe apoyarse fuertemente en la región, especialmente en sus socios comerciales, México y Canadá. Esto abre grandes oportunidades de participación en el desarrollo de esa nueva cadena de suministros más regional, resistente y, sobre todo, más limpia en términos energéticos.

Para nuestro amado país, la oportunidad es histórica. México tiene a la mano las condiciones para aprovechar esta oportunidad, ya que no sólo estamos en la geografía adecuada, sino que contamos con un potencial enorme para generar las energías limpias que demandan los tiempos, tenemos una de las economías más abiertas del mundo con gran potencial exportador, una población joven y abundante para educar y proveer el trabajo necesario para los procesos productivos, y por si esto fuera poco, hay mucho talento empresarial y emprendedor.

Para aprovechar esta oportunidad histórica se requieren un par de cambios simples pero sustanciales. Por un lado, reorientar la estrategia energética del país para permitir el desarrollo de las energías limpias. Por otro lado, darse cuenta de que el sector privado no es el enemigo del desarrollo, sino el más poderoso aliado con el que puede contar cualquier economía. Al final del día, una economía es resultado de la interacción de todas sus personas, y aquellas que logran generar la mayor participación armoniosa de sus fuerzas productivas son las que consiguen el mayor desarrollo, la mayor generación de oportunidades y la mayor expansión en el bienestar de su población. Tan sólo cambiar el discurso presidencial para reconocer estas oportunidades y apuntar hacia la generación de verdadera certeza jurídica para las inversiones produciría el gran empuje que tanta falta le hace a la inversión.

Desde luego, estos cambios requieren un ajuste en la visión de desarrollo del país y una verdadera vuelta en “U” en la estrategia energética nacional, lo que sería altamente deseable, pero parece, desafortunadamente, muy poco probable. La ventana en la que esta gran oportunidad permanecerá abierta puede durar unos pocos años, y tal vez la siguiente administración esté en posibilidades todavía de aprovecharla. Para aquellas empresas e inversionistas que están en los sectores y regiones adecuadas en nuestro país, el momento de comenzar a actuar es ahora, aunque el riesgo es elevado, ya que si la actual visión de desarrollo del país persiste en el próximo gobierno; la oportunidad pasaría de largo y las inversiones serían infructuosas.

El costo de no actuar correctamente para aprovechar esta oportunidad es enorme, ya que las necesidades crecientes de nuestra población difícilmente podrán atenderse sin un aparato productivo más moderno e inclusivo. Hoy día en el mundo comienzan a verse nuevamente diferencias en los niveles de desarrollo y bienestar de los países como las que se tenían en los 70’s, donde había una tricotomía clara entre los que eran capitalistas, socialistas y el llamado tercer mundo. Desaprovechar esta gran oportunidad histórica nos conduciría hacia esa clasificación tercermundista caracterizada por altos niveles de pobreza y escasez, ignorancia y miseria. En cambio, hoy podríamos dar grandes pasos para convertirnos en una economía de primer mundo, con gran empuje y con mayor bienestar para millones de mexicanos, algo así como el sueño de los grandes estadistas.

La oportunidad ahí está. Ojalá que la visión para aprovecharla también. Todavía estamos a tiempo de ajustar el enfoque por el bien de nuestro amado país.

*El autor es economista independiente, vicepresidente del Comité de Estudios Económicos del IMEF, miembro del Comité del Indicador IMEF, conferencista, comentarista en medios y youtuber, con su canal Economía en Breve, en el que comenta semanalmente los temas más relevantes para la economía de México para estar bien informados.