Por una parte, hay elementos que tranquilizan. Por ejemplo, los Pre-Criterios Generales de Política Económica ratifican el compromiso del gobierno con la responsabilidad fiscal. Así lo ha dejado ver la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) en su versión preliminar de los Criterios Generales de Política Económica para el año fiscal 2020.

De igual forma, para ese entonces, los estimados preliminares contemplan un crecimiento del PIB con un rango entre 1.4 a 2.4% y un tipo de cambio de 20.1 pesos. Para lograrlo, el gobierno tendrá que recortar el gasto programable en 70.7 miles de millones de pesos respecto del presupuesto de 2019. Sin embargo, el gasto no programable —que incluye las participaciones, aportaciones y transferencias a los estados, así como costos financieros— se incrementaría 76.9 miles de millones de pesos.

Con la credibilidad con la que la SHCP desarrolló estos supuestos, se ratifica la responsabilidad fiscal de la que se ha hablado.

Pero también está la otra cara de la moneda. En términos de inversión en el país encontramos el reporte de AT Kearney, que señala que México cayó ocho posiciones en el Índice de Confianza de Inversión Extranjera Directa (IED), para ubicarse en el lugar 25, colocándose como último de la tabla. Durante 2017 y 2018, México había ocupado el lugar número 17 en inversión. Hoy está en la posición 25.

Esto, continúa el documento, puede ser producto de la percepción generalizada sobre que el gobierno de México podría comenzar a desmantelar los procesos de privatización que ya había, lo cual ha causado una desconfianza entre los inversionistas.

Por otra parte, según el reporte Perspectivas económicas del IMEF de abril de este año, una vez más Pemex continúa siendo motivo de preocupación: “La empresa ha postergado dar a conocer su plan de negocios para vislumbrar cómo piensa enderezar su delicada situación financiera. Con una deuda enorme, sus pasivos son mayores a sus activos, lo que apuntaría a cualquier empresa hacia la quiebra”.

Persiste el riesgo de que las calificadoras degraden, una vez más, la nota a Pemex, con la amenaza de arrastrar así la calificación de la deuda soberana de nuestro país.

Mientras las banderas macroeconómicas que México presenta procuran brindar estabilidad, lo cierto es que hay diversas señales —como las que se exponen en esta edición— que nos invitan a la cautela y a la puesta en marcha de indicadores que aumenten la confianza de México como un destino para inversiones productivas.

El autor es presidente del Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas