Cuatro especialistas en primera línea de batalla contra el coronavirus (Covid-19) en hospitales de la Ciudad de México contaron a El Economista cómo enfrentan el crecimiento exponencial de personas que llegan con síntomas y requieren terapia intensiva; así como el impacto que esto ha provocado en sus vidas.

Entrevistados a distancia, por separado, los médicos Diana Vilar Compte (Instituto Nacional de Cancerología); Miguel Ángel Monroy (Hospital Central Norte de Pemex); Antonio Orozco Jiménez (Hospital General de México); y Arturo Garza de la Maza (Instituto Nacional de Cardiología), contaron cómo es el día a día en sus hospitales.

Doctora Diana Vilar Compte

Instituto Nacional de Cancerología

La doctora Diana Vilar Compte es la coordinadora de Epidemiología en el Instituto Nacional de Cancerología (Incan). Fue la encargada desde febrero pasado de reacondicionar ese nosocomio para recibir a pacientes con cáncer y contagiados de Covid-19.

Entrevistada vía telefónica desde su oficina, explicó que una constante entre los pacientes que actualmente se atienden en el Incan, es que expresan dudas e incertidumbre sobre cómo cubrirán los servicios médicos que reciben.

“Una de las grandes preocupaciones de los pacientes que entran es saber quién va a pagar. Es un sentimiento recurrente. Porque algunos de los pacientes estaban afiliados a lo que era el Seguro Popular, ahora el Insabi, pero no se sabe muy bien qué partes van a pagar y qué partes no van a pagar. Se paga una parte, pero también es cierto que se tienen que hacer cartas de compromiso de que se van a ir pagando”.

Contó que en febrero pasado, cuando en China se presentó el crecimiento del coronavirus, “a mí me tocó la parte de organización y respuesta. Todo el mes fue preparar el hospital. Con la experiencia previa de la influenza (2009), fue ensayar insumos, lugares y equipos. Y una de las primeras decisiones fue dónde ubicar a los pacientes; primero fue un área totalmente cerrada con ocho camas, que está totalmente acondicionada para terapia intensiva; se le colocó presión negativa, que es sacar el aire hacia afuera para que no se queden los bichos adentro.

“Y empezar a preparar al personal para saber qué hacer. Desde cómo se tenían que vestir, ponerse el equipo, etcétera  Y luego se decidió hacer una expansión, un piso convencional de hospitalización que estuviera en la misma área Covid y ahí es donde se encapsuló todo. Y tuvimos que generar rutas seguras para que un paciente no tuviera que pasar por urgencias y evitar así contagiar a más personas. Ahora ya es una área que funciona relativamente bien”.

La doctora Diana Vilar mencionó que, hasta ahora, la experiencia más fuerte que ha tenido es cuando una enfermera del Incan presentó “un cuadro muy grave de Covid, y en mí hubo un sentimiento de culpa de qué pudo haber fallado, por qué le pasó esto. Fueron días de enorme preocupación, porque pensamos que iba a morir; afortunadamente está en su casa recuperándose”.

“Es un reto; nosotros nos preparamos para esto. Yo como epidemióloga, vivirlo en primera persona es hasta cierto punto apasionante. Es lo que nos toca hacer. Esto es como una guerra, aquí el enemigo a vencer es el coronavirus.  Es una guerra con instrumentos médicos, investigación científica, organización, disposición y planeación. También es como un maratón y hay que irse administrando.

“Mi vida cotidiana ha cambiado totalmente. Llevo cuatro meses conviviendo con Covid. Tengo una exposición intermitente, pero no me he salido de mi casa. Tenemos un plan familiar, si enfermara qué haríamos.

“He vivido las semanas más intensas de mi vida profesional, en donde hay un tsunami de emociones continuas con mucho cansancio físico y emocional y donde he visto lo mejor y lo peor de las personas”.

Doctor Arturo Garza de la Maza

Instituto Nacional de Cardiología

Arturo Garza de la Maza es médico subespecialista en medicina crítica. Desde marzo atiende como intensivista a pacientes con coronavirus en el quinto piso del Instituto Nacional de Cardiología, donde hasta ahora se han atendido a unos 600 pacientes, de los cuales 30% han requerido asistencia ventilatoria.

El galeno, de 34 años de edad originario de Nuevo León, sostuvo que jamás pasó por su mente renunciar a participar en la primera línea de batalla contra el Covid-19.

Durante una entrevista telefónica al iniciar su periodo de descanso, indicó que en el Instituto se conformó desde febrero “una gran maquinaria” y un manual de operación para todos los médicos que decidieron enfrentarse al reto.

Mencionó que si bien hay cansancio y estrés, el personal médico también aprendió a ponderar la empatía para mantener la salud mental. Tanto, que entre los pasillos del Instituto ya se le conoce como “Covid-landia”.

Arturo de la Garza relató cómo es la rutina de un médico desde que ingresa al hospital, pasa por la “zona gris” de protección, llega a la “zona cero” del quinto piso del Instituto Nacional de Cardiología, y tras ocho horas de trabajo se retira a su casa.

“La terapia intensiva se encuentra en el quinto piso. Uno llega vestido de civil, y toma un quirúrgico del hospital que está esterilizado. Te cambias, te pones el uniforme, y entras a una zona de transición donde están los equipos de protección personal. Ahí te pones guantes, goggles, cubrebocas y el traje de aislamiento; alguien te asesora para que no tenga huecos, que lo estés haciendo bien, que esté bien cubierto todo el cuerpo.

“Una de las partes más bonitas es que te ponen tu nombre con cinta en el traje, porque adentro (en el área de aislamiento) no se pueden reconocer rostros. Te ponen el nombre, y dices: ‘estoy listo para entrar’. Entras a la zona cero de terapia intensiva, tomas tu jornada laboral de ocho horas, haces todo por los pacientes. Y afuera, en la peri zona intensiva, hay un comando de médicos haciendo planeación, estrategia, que se comunican adentro con un radio con los médicos de terapia intensiva para proporcionarles los laboratorios de los pacientes. Al término de la jornada de trabajo sales por otro sector donde se retira uno el equipo de protección; se desecha, y se manda a esterilizar lo que es reutilizable. Tomas un baño y te retiras a casa”.

El médico Arturo Garza expresó que el coronavirus “llegó como este enemigo invisible, no es opcional hacerle frente, es una obligación y es un gusto, porque sé que es mi tiempo. He invertido mucho en capacitarme como para no participar, no hay espacio para eso”, resaltó.

Doctor Miguel Ángel Monroy

Hospital Central Norte de Pemex

“Hace un mes empezamos a preparar los espacios, y no había nada (de pacientes de Covid-19). Había días donde llegaban uno o dos; de repente, hace tres semanas, empezaron a llegar más, y cada vez más. En los médicos hay mucha tensión, incertidumbre, estamos muy estresados; nos estamos enfrentando a algo donde no hay experiencia, ¿quién había vivido una pandemia? Si han muerto miles de personas en el mundo es porque hay una guerra o hay una pandemia, a eso nos enfrentamos, y de golpe”, expresó el médico cirujano oncólogo, Miguel Ángel Monroy.

Entrevistado vía telefónica al término de una clase virtual con estudiantes, el galeno explicó que hasta febrero pasado su tarea era operar y atender pacientes con cáncer en el Hospital Central Norte de Pemex. “Yo quito tumores; veo a pacientes con cáncer de mama y les quito tumores, y ahorita es frustrante ver pacientes que estamos entre la espada y la pared, porque si los meto a operar, el riesgo de contagio es altísimo”, refirió.

Desde hace un mes, el Hospital Central Norte de Pemex fue reconvertido a un centro Covid, con 78 camas ocupadas ya por pacientes con la nueva cepa del coronavirus. El doctor Monroy contó que, a parte del equipo médico que le proporcionan, tuvo que invertir 4,000 pesos de su bolsillo para adquirir una mascarilla, unos goggles y un uniforme de mayor calidad.

Miguel Ángel Monroy se encarga de valorar los síntomas de posibles contagios. “El 17 de abril recibí un paciente de 77 años que llegó caminando al centro triage con muy pocos síntomas; poca tos, muy poca fiebre. Se sentó frente a mí. Lo exploré. Sin datos importantes, sólo un poco de hipoxemia. Lo pasamos a placas y, ¡oh sorpresa, un pulmón muy dañado por la enfermedad! Este señor en tres días falleció. Esa ha sido la constante: gente que llega en buen estado, pero se deteriora rápidamente y muere. Eso crea mucho miedo. También da miedo ver que llegan pacientes jóvenes, sin diabetes, sin hipertensión, ninguna comorbilidad y les pasa exactamente lo mismo”.

Sobre los cambios que provocó en su vida el tener contacto con el virus dijo: “Tengo tres hijos pequeños, 8, 10 y 11 años, mi principal preocupación. Yo soy médico, yo elegí mi camino, y me puedo infectar, pero algo que me pega muy fuerte es la posibilidad de llevar la enfermedad a mi casa. Cuando tengo hospital, llego 11 de la noche a la casa, me desvisto, me meto a bañar, pero los hijos viéndolo desde la escalera y quieren abrazarlo, es feo alejarlos y hacerlos a un lado (...) nos aguantamos y vivimos nuestros miedos en soledad, porque ni siquiera a la familia podemos llegar a preocuparlos”.

Doctor Antonio Orozco Jiménez

Hospital General de México

Antonio Orozco Jiménez, de 27 años, es médico residente de segundo año de la especialidad en Cirugía General en el Hospital General de México, mismo que desde hace dos mes se reconvirtió a centro Covid. Es originario de Guanajuato, pero desde hace tres años reside en una casa de la CDMX junto con dos colegas del mismo nosocomio. Hace tres meses a Antonio y a todo el personal se les pidió decidir si querían enfrentan el reto de atender a pacientes de Covid-19.

“Desde un inicio se pidió de manera voluntaria quién quería entrar a la primera línea de batalla, y nosotros dijimos que le íbamos entrar todos, independientemente de jerarquías o de años de servicio. Cirujanos y gastroenterología fueron los primeros en aceptar. Ahora, poco a poco, todo el personal médico del hospital está ya en la primera línea”, contó en entrevista telefónica durante un receso dentro del hospital.

Orozco Jiménez pasa hasta 12 horas dentro del hospital y descansa las 36 siguientes. “Estamos descansando dos semanas para darnos un periodo de ventana; que no presentemos síntomas para poder reingresar. Estamos trabajando con entre 40 y 50 pacientes diarios. Si de alguno de nosotros (médicos) llega a presentar síntomas, inmediatamente se nos realiza la prueba y, aun sin síntomas, se nos hace la prueba para ver que no estemos infectados”, precisó.

“Mi rutina es: me levanto el día que tengo que venir al hospital, vengo con una muda de ropa y aquí me tengo que cambiar por mi uniforme quirúrgico. Ingreso al área de pacientes, los revisamos, hacemos el cambio en sus indicaciones, damos informes a los familiares. Y al salir de la torre quirúrgica, tengo que bañarme y cambiarme con otra muda de ropa para poderme ir a casa sin el riesgo de llevar el virus”, expuso.

“Es una enfermedad nueva para la cual no estábamos preparados médica ni anímicamente; al ser una enfermedad nueva se han tenido que hacer ajustes sobre cuál es el mejor tratamiento. Diario salen artículos nuevos, ensayos nuevos, nuevos manejos, hay que estarse actualizando para darle el mejor tratamiento a los pacientes”, añadió.

El médico Orozco Jiménez dijo que la constante en todos los pacientes que ingresan al hospital es de temor, por lo que él recurre a la labor de tranquilizarlos y darles ánimo.

“Sí es difícil, sí es estresante. Cuando te pones el equipo y te tienes que meter al área de aislamiento te sientes solo, pero tratamos de no deprimirnos. Me da miedo que mi familia, mis amigos, o yo mismo, me contagie y que no pueda seguir laborando, porque sabemos que si nos enfermamos es un eslabón menos de la cadena que va a ayudar a que esto se resuelva”

[email protected]