La voz puede cambiar en un año. La entonación, las pausas y el ritmo delatan lo que nos ha ocurrido. En marzo de 2020, al inicio de la pandemia en México, la enfermera Karina Montiel me dio una entrevista. Es marzo de 2021 y volvemos a hablar. Su tono denota mayor molestia por las negligencias de autoridades y población que recaen en el personal de salud. Y ese matiz que antes era de esperanza ahora es uno de calma.

“Cuando no estoy en el hospital, los espacios y el tiempo que me tomo son sagrados”, me dice. Acabo de interrumpir la sacralidad de ese momento, antes de responder mis preguntas estaba coloreando. “Leo, hago caligrafía, cosas que me distraigan para dejar de pensar en el virus todo el día

De un año para acá hay otro cambio notable en la enfermera: ha bajado 8 kilos. “Ha sido muy cansado, hemos visto morir a mucha gente, a familias completas”. El aislamiento social que ha mantenido ya no sólo es por seguridad, sino por protección mental y emocional.

Hace varios meses que dejó de responder llamadas o mensajes. “Todos los días eran dos o tres personas preguntándome si conocía a un buen médico, si les ayudaba a ingresar a un paciente al hospital, si los tés funcionaban, si el dióxido de cloro se podía tomar”.

Esos mensajes cesaron y también las invitaciones a salir. Algunas de sus amistades consideraban que era seguro ir por un café. Ella, que ve a su esposo cada fin de semana, a su mamá cada tantos meses para no exponerlos, siempre las rechazó. “Una se vuelve antisocial y los demás crean un cerco en el que ya no estás incluida”.

La pandemia no es lo que queríamos vivir

La pandemia llegó al mundo con un déficit global de 9 millones de profesionales de enfermería. En México había 315,715 en la Secretaría de Salud (SS) y 131,300 en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). En ambos sistemas han habido contrataciones por la emergencia sanitaria. En el IMSS la plantilla ha crecido a 142,793 personas.

La convocatoria que la SS lanzó en abril de 2020 fue para plazas eventuales de seis meses. “Algunas se han ido, otras se quedan. Así que hemos tenido que capacitar constantemente y sobre la marcha porque no tienen experiencia”, dice Karina Montiel.

A inicios de la crisis una de las principales preocupaciones del personal del sector salud fue la escasez de equipo de protección. Este año la insuficiencia es de medicamentos para pacientes Covid-19.

Las reglas del recién creado Instituto de Salud para el Bienestar (Insabi) les impide solicitarles los fármacos a las familias, pues es el organismo quien los debe proporcionar, “pero no lo hace. Cuando funcionaba el Seguro Popular sí podíamos recurrir” a esa opción.

Los ataques que profesionales de la salud sufrían al principio prácticamente se han extinguido, considera. No obstante, “cuando alguien reconoce nuestra labor o se habla sobre nuestra situación, los comentarios son: ‘no son héroes, ése es su trabajo’; ’que no lloren tanto, eso es lo que querían estudiar’”.

O ya se les olvidó la gravedad de esto “o no les ha tocado ver de frente este problema y por eso son insensibles. No entienden que el virus es mortal, ¡que la gente se nos está muriendo ahogada! Eso no es para nada lo que queríamos vivir, ni la gente ni nosotras”.

El negativo más positivo

El personal de enfermería es el que más ha enfermado de Covid-19, con 92,238 casos, 40% de los reportados entre el personal medico. Karina Montiel se ha mantenido a salvo, aunque en enero tuvo en evento de mucho riesgo.

Ese día se había colocado todo el equipo de protección, excepto el cubrebocas porque estaban bajo llave. De pronto, un paciente grave perdía signos vitales. Sin pensarlo, ella y el equipo se acercaron a realizarle maniobras de resucitación.

Estuvo aislada por varios días. Ya había recibido la primera dosis de la vacuna y le preocupaba haberse contagiado y no recibir la segunda. Pero lo que más la tenía tensa era que si resultaba positivo, cómo se lo diría a su familia. Los resultados de la prueba PCR llegaron: negativo.

“La presión que han vivido nuestras familias es demasiada, viven con el miedo a que te contagies. Esto no sólo nos afecta a nosotros”. A su mamá la ha visto quizá cuatro veces en un año. “Su casa tiene patio y ahí nos encontramos, nunca sin cubrebocas, nunca entro y nunca nos acercamos”.

Algo se quebró

La SS habilitó una línea de atención psicológica. Pueden pedir su cambio de área o utilizar las vacaciones de riesgo. “Ésas las otorga la jefatura cuando ve a alguien muy cansado”.

Una técnica de autocuidado ha sido “ignorar lo que la gente asume de mí: soy ‘la mala’ porque no les respondo. No se dan cuenta que no son sólo ellos, son varios más y aparte el hospital”.

A un año de nuestra primera charla ha depurado su círculo de amistades, ha perdido peso por la deshidratación que causa usar el equipo de protección y por el estrés; se ha refugiado en ella misma y en los colores. Algo que también ha cambiado “es que nos damos permiso de externar nuestro dolor”.

En la Facultad de Enfermería le enseñaron “a no mostrar emociones”. A ser empática, pero no apropiarse del dolor ajeno. ”Lo seguimos haciendo, pero han habido ocasiones en las que cerramos la puerta después de atender a un paciente y nos echamos a llorar”.

Algo se quebró y, luego, algo se activó, dice. “Nos permitimos decir que estamos cansados. Eso no era frecuente, teníamos que resistir, aguantar todo. Ahora es: ‘dilo, no pasada nada’. Y nos está haciendo tanto bien”.

Demandas del sector salud

Déficit de capital humano y de vacunas, los desafíos

En México se requieren entre 450,000 y 800,000 especialistas médicos y de enfermería adicionales para cubrir las necesidades de la red del sistema público

Son varios los desafíos que está enfrentando el personal de salud en México por la pandemia de Covid-19. Déficit laboral para cubrir la demanda, falta de vacunas, estrés y la limitada preparación con la que egresarán miles de residentes que sólo han atendido a pacientes de esta enfermedad son algunos de ellos.

Previo a esta emergencia sanitaria, había 46 profesionales de la medicina y de la enfermería por cada 10,000 habitantes en México, según la Organización Panamericana de Salud (OPS). En contraste, Cuba tenía una disponibilidad de 157 por cada 10,000 personas. El déficit de personal en nuestro país va de los 450,000 a más de 800,000, según las fuentes que se tomen en cuenta.

Y aunque han habido miles de contrataciones, siguen sin ser suficientes. Como tampoco lo están siendo las vacunas. En diferentes entidades del país han habido protestas de personal de las secretarías de Salud locales o de clínicas del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) porque no las han recibido.

Y para quienes laboran en hospitales privados “no hay un programa de vacunación”, dice el anestesiólogo Luis González. Él labora de manera independiente en varios hospitales particulares, con diferentes equipos de cirujanos.

La estrategia del gobierno federal ha considerado sólo al personal del sistema de salud público, asegura. Algunos hospitales particulares han recibido muy pocas dosis de vacunas, “que aplican a sus trabajadoras y sus trabajadores de nómina, así sean de áreas administrativas. Y los entiendo, no se la darán a quien va cada tanto a operar en sus instalaciones y se va”.

Aun así, será más fácil para los grandes hospitales obtener la vacuna. El problema será para quienes laboran en clínicas pequeñas, en consultorios particulares o de farmacias.

Hasta el 15 de marzo, 230,594 trabajadores del sector salud se habían enfermado de covid-19. De ellos, han muerto 3,596, según el último reporte de la Secretaría de Salud (SSa). Las enfermeras representan el 40% de los contagios.

¿Qué rumbo tomar?

Hace unas semanas Miguel Andrade terminó su residencia médica en un hospital dedicado a la atención de la pandemia. Ha decidido que abrirá un consultorio y probablemente en uno año estudie una subespecialidad, por ahora se graduó como médico internista.

“Si continúo con mi preparación lo único con lo que estaré en contacto es con pacientes de Covid-19 y no podré tener práctica en otro tipo de enfermedades”, explica. Sus ingresos disminuirán, prevé. “Pero por el momento puedo tomar ese camino, quizá pueda buscar una oportunidad en un hospital privado”, cabila.

Luis González habla por lo que a su especialidad compete. Un anestesiólogo con plaza en la SSa o el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) gana entre 28,000 y 30,000 pesos al mes más prestaciones. “Alguien, bien colocado, en el sector privado puede llegar a obtener el triple”.

Hay gastos extra, aclara, como el ahorro para el retiro, las pólizas médicas o de responsabilidad civil, que deben tener para trabajar en los hospitales privados en caso de una demanda.

blanca.juarez@eleconomista.mx