La historia de Victoria Salazar Arraíza, la ciudadana salvadoreña que murió el 27 de marzo pasado al ser sometida por policías de Tulum, Quintana Roo, es solo una de miles que protagonizan personas de El Salvador, Honduras y Guatemala, que se ven obligadas a salir del llamado triángulo norte de Centroamérica, con el objetivo de llegar a territorio estadounidense, pero, debido a la dificultad para lograrlo, deciden establecerse en México, un país que es cada vez más, un destino de migrantes de esa región del continente.

Hace cinco años, Victoria, salió junto con sus dos niñas menores de edad, de la comunidad de Sonsonate, localizada en el sur de El Salvador, a unos 67 kilómetros de la frontera con Guatemala. Su intención era llegar a Estados Unidos. No lo consiguió, pero, en 2018 obtuvo la Tarjeta de Residente Permanente por razones humanitarias en México y se trasladó a Quintana Roo, donde consiguió un trabajo de intendencia en un hotel de Tulum. 

En ese lugar no sólo padeció la violencia de su pareja, un mexicano detenido hace unos días, acusado de abuso sexual en contra de una de sus hijas, sino que unos policías municipales le arrebataron la vida rompiéndole la columna vertebral cuando la sometieron frente a un OXXO. 

Su cuerpo fue retornado a su tierra para sepultarla en el panteón La Generosa. A sus hijas también las regresaron, en calidad de “repatriadas” y con la vida desecha.

Durante los últimos 10 años se ha incrementado el interés de migrantes centroamericanos por quedarse en México, en lugar de continuar su camino a Estados Unidos. Así lo demuestran las encuestas en las que se les pregunta el destino final de su viaje a las personas que son repatriadas desde la frontera sur del país; el número de solicitudes de asilo recibidas por el gobierno mexicano (que aumentó exponencialmente en los últimos años) y la cantidad de personas originarias de esas naciones que radican a lo largo del territorio nacional, según los resultados del Censo de población y Vivienda 2020.

De acuerdo con Eduardo Torre Cantalapiedra, investigador del Colegio de la Frontera Norte, existe evidencia, producto de encuestas y otros estudios académicos, que señala que, cada vez más migrantes centroamericanos deciden quedarse en territorio mexicano.

Las razones son diversas: para trabajar, porque aquí encuentran medios para su subsistencia, porque tienen redes sociales en el país, porque se casan, porque tienen hijos o, simplemente, porque ya no quieren asumir los riesgos de estar en el camino hacia Estados Unidos, relató.

El académico citó los resultados de la Encuesta sobre Migración en la Frontera Sur de México (Emif Sur), que realiza el Colegio de la Frontera Norte (Colef), según la cual, entre 2013 y 2018, aumentó el porcentaje de migrantes procedentes de Guatemala, Honduras y El Salvador, que contestan que México es su destino final, aunque advirtió que en el caso de Guatemala se debe tener cuidado al hacerse un juicio sobre las cifras, al tratarse de un país vecino.

En el lapso citado, la proporción de migrantes de origen hondureño que declaró querer permanecer en México pasó de 2.1% a 20.8%, mientras que, en el caso de los procedentes de El Salvador, pasó de 12.8% a 27.8 por ciento. En el caso de guatemaltecos, pasó de 48.1% a 41.4%, aunque en 2017 era de 54.9 por ciento.

Según el especialista, ese fenómeno también se puede apreciar en el número de peticiones de refugio presentadas ante la Comisión de Ayuda a Refugiados (Comar), las cuales se han incrementado exponencialmente. De 2013 a 2019 aumentaron 4,746% las solicitudes de refugio de personas de esas tres naciones.

En 2013, ese organismo recibió 886 solicitudes de refugio de ciudadanos de Guatemala, Honduras y El Salvador y para 2019 el número se elevó a 42,943, un incremento de 4,746 por ciento. 

El cierre de las fronteras y las disposiciones de los gobiernos para contener la pandemia de la Covid-19 ocasionó que, para 2020, esa cifra se redujera a 22,526. En los primeros tres meses del año en curso, van 14,530. Claramente los ciudadanos hondureños son los que más asilo solicitan a México. De 2013 al 31 de marzo pasado, 82,361 lo habían hecho.

Vistos los números al detalle, se observa que las solicitudes de hondureños pasaron de 530 en 2013 a 30,114 en 2019; en 2020, con la pandemia bajó a 15,471 y en los primeros tres meses de 2021 van 11,574. 

En tanto, las de ciudadanos salvadoreños pasaron de 309 en 2014 a 9,046 en 2019 y 4,052 en 2020. En los primeros tres meses de 2021 van 1,793.

En el caso de Guatemala, las solicitudes de refugio pasaron de 47, en 2013, a 3,783 en 2019; el año pasado bajó el número a 3,003 y en los primeros tres meses de 2021 se registraron 1,169.

Los datos de la Comar destacan que, entre 2013 y 2021, Honduras encabeza la lista de países con más solicitudes de refugio, con 27,563, de los cuales se otorgaron 2,233, seguido por El Salvador, con 14,480 solicitudes de las cuales se otorgaron 2,508.

De acuerdo con cálculos del Alto Comisionado de Naciones Unidas para Refugiados (ACNUR), actualmente hay alrededor de 470,000 refugiados y solicitantes de asilo del norte de Centroamérica por todo el mundo.

El académico destacó que también influyen en este fenómeno las políticas migratorias restrictivas y de contención de migrantes de México y de Estados Unidos, además del desvanecimiento de las políticas de protección internacional en Estados Unidos, incluso, las oportunidades que ofrece México a través del otorgamiento de la condición de refugio, la protección complementaria o la entrega de tarjetas de visitantes por razones humanitarias.

También se quedan en México quienes regresan de Estados Unidos

Todos los meses ingresan a México por la frontera norte decenas de personas de diversas nacionalidades, en su mayoría centroamericanos que son expulsados de Estados Unidos.

María Dolores París Pombo, investigadora del Colegio de la Frontera Norte, señaló que tan solo desde que se implementó el programa Migration Protection Protocols (MPP), mejor conocido como “Quédate en México”, han sido retornados a territorio mexicano más de 70,000 personas, principalmente centroamericanos.

Uno de los factores relevantes en el estado de las cosas en la frontera es que, desde el 20 de marzo de 2020, prácticamente no se puede pedir asilo en Estados Unidos, indicó.

La académica llamó la atención en que hacía más de 30 años en que no se devolvía de Estados Unidos a México a personas que no fueran mexicanas.

Incluso, recalcó que la ley no lo permite. “No hay una sola figura en el marco legal para que una persona que no sea mexicana entre forzadamente a México”.

Eso lo aceptó el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador desde que el gobierno de Donald Trump impulsó la política del “Quédate en México”.

La profesora dijo que, con ello, lo que se ha ocasionado es que la frontera entre México y Estados Unidos se ha convertido en una puerta giratoria, donde los “coyotes” o traficantes de indocumentados están haciendo su “agosto”. Algunas versiones periodísticas señalan que los polleros llegan a cobrar por un cruce hasta 9,000 dólares.

“Es una de las peores políticas que se ha instrumentado recientemente en relación con la migración en la frontera”, expuso. 

Tan solo durante marzo pasado, agentes de la patrulla fronteriza detuvieron a 172,00 migrantes indocumentados que intentaban internarse a Estados Unidos por la frontera sur de ese país, lo que representa un incremento de 71% respecto a febrero pasado.

La oficina de Aduanas y Protección de Fronteras de Estados Unidos (CBP, por sus siglas en inglés), refiere que el número de encuentros en la frontera ha aumentado desde abril de 2020 debido a razones que incluyen violencia, desastres naturales, inseguridad alimentaria y pobreza en México y los países del triángulo norte de América Central. 

Este año fiscal (que se cuenta de octubre a septiembre), el CBP ya ha documentado más de 569,800 detenciones. Esto representa un aumento del 24% del total de encuentros registrados durante todo el año fiscal 2020, cuando la migración estuvo limitada por la pandemia de Covid-19, y un aumento de más del 34% desde aproximadamente el mismo periodo de tiempo del año fiscal 2019.

Eso quiere decir que el problema que representan los migrantes centroamericanos en México, se agudiza porque, además de los que deciden quedarse, los que pidieron asilo, los que viven aquí desde hace varios años y los que no pueden regresar a sus países porque los caminos están cerrados por la pandemia, están los que regresa Estados Unidos, que prácticamente canceló el derecho al asilo.

Lo cierto es que diversas causas han incrementado el número de centroamericanos radicados en el país. Según los resultados del Censo de Población y Vivienda 2020, del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), actualmente radican en México 56,810 personas originarias de Guatemala. En 2010 eran 35,322. Entonces, quiere decir que se incrementó 60.83 por ciento.

Los guatemaltecos asentados en territorio nacional se ubican principalmente en Chiapas, donde hay 33,177; Quintana Roo, 7,116; Campeche, 3,990 y Baja California, 1,651, aunque en la Ciudad de México hay 1,450 y en el Estado de México 1,267.

Las cifras del Inegi señalan que actualmente hay en el país 35,361 personas originarias de Honduras y se asientan principalmente en Chiapas donde hay 9,947, Nuevo León 5,438 y Tamaulipas, 3,016. En el Estado de México hay 1,800, en Coahuila 1,622 y en Tabasco 1,290. En 2010 había 10,991. Aumentó 221% en 10 años

En el caso de las personas originarias de El Salvador radicadas en México, son 19,736, según la misma fuente y se encuentran principalmente en Chiapas, donde están 5,024, Baja California, 2,327, Nuevo León, 1,538, Estado de México, 1,521 y Ciudad de México, 1,393. En 2010 había 8,088. Aumentó 144% en una década.

Sin embargo, no todos logran quedarse. México echa de su territorio a decenas. Tan sólo el año pasado el Instituto Nacional de Migración registró 3,931 eventos de salvadoreños devueltos; 22,166 de guatemaltecos y 25,541 de hondureños. En enero y febrero de 2021 ocurrieron 280 de ciudadanos de El Salvador, 3,363 de guatemaltecos y 6,715 de hondureños. Ahí se forma otra puerta giratoria de la que ya ni siquiera se habla.

No están aquí por gusto

Para ACNUR, las causas del desplazamiento forzado desde esa región del mundo se deben al empeoramiento del crimen y la violencia, fomentados por los cárteles de drogas y pandillas, junto con la fragilidad institucional y la creciente desigualdad.

El testimonio recogido por la ACNUR de Raúl, un migrante indocumentado de 65 años, ilustra esta situación: “Teníamos nuestra propia panadería en El Salvador, hasta que llegaron las pandillas y ya no pudimos seguir vendiendo nuestro pan. Nos amenazaron hasta que salimos del país”.

Son gente que huye de la violencia, amenazas, extorsión, el reclutamiento de las bandas criminales o la prostitución, así como de la violencia sexual y de género, agravado por la inestabilidad socioeconómica y la pobreza.

La historiadora Dolores Duval Hernández expuso que la migración desde el triángulo norte de Centroamérica se caracteriza porque sus incentivos están compuestos de prácticamente todas las motivaciones que los seres humanos tienen para migrar: pobreza, violencia, inseguridad, factores climatológicos, falta de Estado, entre otras.

Además, destacó que la característica más relevante de esa migración es que se trata de personas que provienen de poblaciones rurales, lo cual los convierte en mano de obra no calificada.

Asimismo, refirió que son migraciones que tardan mucho tiempo en desplazarse, lo cual implica una serie de problemas: de trayecto, de retorno, de desaparecidos, de vuelta al norte. 

“No es una migración lineal, sino que se trata de personas que avanzan, llegan a la frontera, la deportan, lo intentan nuevamente o desaparecen”, dijo Duval Hernández. Todo ello, convierte a esas personas en una población altamente vulnerable.

Asimismo, subrayó que en los últimos años se ha incrementado el desplazamiento de adolescentes, niños y mujeres. La explicación está en la terrible crisis que hay en sus lugares de origen. “Muchas veces la figura masculina de sus lugares ya migró o ya la mataron y eso, entre otros factores los obliga a migrar”.

Además, subrayó que casi todos tienen un contacto o un conocido en Estados Unidos. Algunos informes señalan que alrededor del 80% tienen alguien en esa nación.

En ese sentido, la investigadora del Colef, María Dolores París Pombo compartió un comentario de uno de sus colegas en Guatemala, quien decía que de su pueblo sale todos los años muchísima gente. De cada 100 unos 90 los devuelven a México o incluso hasta Centroamérica, pero los 10 que entran, lo primero que hacen es comunicarse con sus familiares y amigos en Guatemala para decir ¡ya llegamos!, ¡sí se puede entrar! Eso es lo que convence a los que quedan allá de emprender el viaje. Por ello, siempre hay alguien en el camino.

Por su parte, Alejandra Macías, directora de Asylum Access México, recalcó que se trata de personas en una situación precaria y muchas de ellas requieren de protección internacional.

A su vez, el analista de asuntos internacionales Fausto Pretelin Muñoz de Cote, explicó que los incentivos para el desplazamiento en Centroamérica siguen siendo la violencia y la pobreza, pero ahora se ha sumado la crisis sanitaria generada por la pandemia de la Covid-19.

Señales confusas de las autoridades los alientan a salir a los caminos 

Pretelin Muñoz de Cote destacó que a ello hay que sumar las señales enviadas por el entonces candidato presidencial estadounidense Joe Biden, quien, para diferenciarse del entonces presidente Donald Trump, mandó el mensaje de que sería más amable con los migrantes, aunque las acciones implementadas una vez que asumió el gobierno han sido completamente en sentido contrario y ha dejado claro que la frontera está cerrada.

Sin embargo, remarcó que, para efectos prácticos, no ha cambiado la política migratoria de Estados Unidos, salvo para los migrantes menores de edad viajando solos, pues incluso se han habilitado algunos hoteles para atenderlos.

Para la investigadora del Colef, París Pombo, la gestión del presidente Biden sobre la frontera con Estados Unidos mantiene muchas cosas. “Hay muchos elementos de continuidad. Las cosas no pueden cambiar tan rápido, por muchas razones”.

La especialista dijo que debe quedar claro lo que no va a cambiar, por ejemplo, que no hay forma de emigrar legalmente llegando a la frontera y entrar a Estados Unidos, a menos de que se haga una solicitud de asilo. No hay otras formas por ahora. La gente tendría que pedir visa desde sus lugares de origen y eso es casi imposible para la amplia mayoría de la gente.

Política migratoria de México, influenciada por Estados Unidos

Alejandra Macías destacó que, durante los últimos dos años, la política migratoria de México ha sido influenciada por el gobierno de Estados Unidos, en su momento por la administración del presidente Trump y ahora por la de Biden.

Para la activista, lo preocupante es que hay un incremento en la detección, detención y deportación de migrantes.

Llamó la atención en que el presidente Andrés Manuel López Obrador estrenó la Guardia Nacional con labores de contención de migrantes centroamericanos en la frontera con Guatemala, para no dejarlos que llegaran a la frontera de Estados Unidos.

“Eso ha contribuido a que en México haya una mayor violación a los tratados y convenciones internacionales de las que forma parte”.

Dijo que, si bien el discurso del gobierno mexicano es que no ha cometido violaciones a derechos humanos contra las personas migrantes, lo cierto es que, el hecho de que no tenga protocolos para identificar personas que podrían estar en riesgo, en caso de regresar a su país de origen; la violación al principio de no devolución; el no acceso a la justicia y al debido proceso, todo eso implica ya violación a los derechos humanos.

En su opinión, el gobierno mexicano ha negociado ante el Estados Unidos con la vida de las personas que están huyendo de su país porque su vida corre peligro, como es el caso de los desplazados centroamericanos, que hoy se encuentran en México de “mojados”, como les dicen a los que intentan cruzar el río Bravo sin documentos migratorios, muchos de ellos “mojados” tres veces.

diego.badillo@eleconomista.mx