México enfrenta hoy uno de los entornos más inciertos y volátiles de su historia moderna. Por un lado, enfrenta retos significativos en términos tanto de un cambio de gobierno que puede implicar una revisión de los fundamentos en la dirección económica del país, con aciertos y desaciertos, que ha prevalecido en los últimos 20 años.

Por otro lado, el país se encuentra inmerso en una discusión y confrontación a nivel global sobre uno de los paradigmas económicos internacionales de estos tiempos, que es el libre comercio.

Un ambiente de hipersensibilidad en los mercados agudiza los vasos comunicantes entre las economías y en especial de la actividad financiera; eso provoca que una potencial crisis de deuda en Italia afecte los mercados internacionales, que podría ser incluso mayor y más compleja a la de hace años, que afectó a las economías emergentes ante la incapacidad de pago de obligaciones financieras del gobierno griego.

Frente a estos entornos particularmente complejos, dinámicos, interrelacionados, la posibilidad de encontrar relaciones directas de causalidad entre los problemas y sus manifestaciones se hace cada vez más difusa, porque distintos fenómenos actúan de manera simultánea reforzando y cancelando procesos que antes eran relativamente fáciles de explicar.

Y es en medio de este entorno donde no sólo es conveniente, sino urgente reflexionar acerca de la importancia y la ruta que debe seguir la educación superior para enfrentar estos retos y algunos que están por venir, muchos de los cuales aún no cuantificamos debidamente.

Existe, por ejemplo, una discusión sobre la conveniencia de enfatizar los modelos de excelencia en la educación, asociada a la visión de que la universidad debe ser vista como un bien que esté al alcance de aquellos que, por sus méritos estrictamente académicos, puedan acceder a ella.

En éste, como en todos los casos extremos, resulta inútil y produce reducciones absurdas. La realidad es que, en ningún país del mundo se tiene una visión inoperante, ilusoria e incompatible con cualquier estructura laboral, en la que todas las personas deban contar con educación superior.

Más que sobresimplificar acerca del tema, lo que es importante es entender la vinculación entre el aparato educativo y las necesidades presentes y futuras de la economía de un país.

Para entender lo anterior, no hay mejor ejemplo que la comparación entre un país como Alemania y Turquía, que muestran similares niveles de acceso de su población a la educación superior.

Ello no implica que Alemania presente niveles de desarrollo educativo similares a los de Turquía; simplemente en el primer caso la clara vinculación del sistema educativo con las necesidades de la economía ha llevado a la creación de modelos de educación media superior técnica sumamente competitivos bien pagados que sirven de soporte al crecimiento económico del país.

En México, de acuerdo con las últimas estadísticas, el porcentaje de población entre 25 y 34 años con acceso a la educación superior es ligeramente superior a 20%, mientras que países como Corea del Sur registran un índice de acceso a la educación superior de 70% de la población.

El problema de la discusión de fondo sobre la política educativa estriba en que casi siempre de ésta se tiene una visión cortoplacista cuando los cambios y sobre todo los impactos que estas políticas tienen se reflejan lustros o décadas después.

Un ejemplo es el sistema de educación en China —uno de sus soportes fundamentales de crecimiento económico—, al hacer una masiva inversión en enseñanza para permitir que un porcentaje elevado de su población atienda a prestigiadas instituciones en el extranjero, pero con una clara visión de que retornarán a su país para contribuir con su conocimiento en un entorno laboral favorable, al desarrollo y modernización de su economía.

En México seguimos enfrentando una discusión que, en muchos sentidos, pertenece al siglo pasado. Hoy es imperioso que las instituciones educativas y la política pública encuentren mecanismos que permitan tener jóvenes adecuadamente preparados y no solamente con un grado académico. Al mismo tiempo, se necesita que los gobiernos asuman cabalmente que la única condición puntual que pueden contener los temas de desarrollo económico y de desigualdad es la generación de empleos productivos, bien remunerados y estables, vinculados a una economía moderna centrada en las actividades de información y servicios, que hoy representa, y en el futuro representará para las siguientes décadas, el motor del crecimiento mundial.

También es fundamental partir de un diagnóstico de reconocimiento puntual de las deficiencias existentes en el sistema educativo nacional.

En los resultados de la prueba ­Pisa para el 2015, un país como Vietnam tiene un porcentaje de alumnos con nivel de excelencia en al menos una de las asignaturas evaluadas, de 12%, y su proporción de alumnos con bajo rendimiento en las tres asignaturas es de apenas 4.5 por ciento. En comparación, México sólo alcanza nivel de excelencia en alguna de las materias en 0.6% de los casos y tiene un nivel de deficiencia en 33.8% de los casos.

Lo anterior implica que no solamente se trata de un problema concentrado en los estudiantes de los ingresos más bajos, si bien claramente existen diferencias en desempeño asociadas al nivel de ingresos de los hogares de donde provienen los estudiantes. Sin embargo, en México esa diferencia es menos pronunciada y la calificación general promedio es extraordinariamente deficiente, siendo, entonces, un problema que rebasa los aspectos socioeconómicos, incluso el tipo de educación entre pública y privada.

La falta de claridad institucional hoy se subsana cuando se cuenta con la información y la disciplina para hacerlo, por las familias que se preocupan con anticipación para buscar mejores oportunidades educativas para sus hijos.

Para algunos analistas, la discusión actual se centra en la coyuntura. La realidad es que la cultura solamente pone más presión de largo plazo sobre qué debemos hacer para garantizar la educación, bajo la premisa de que no es el único mecanismo de movilidad y superación personal a través de una educación que permite el crecimiento profesional y personal en un entorno económico incierto. Si no empezamos cuanto antes las tareas asociadas a esta revisión colectiva, sin reducciones ideológicas y con una clara visión de futuro, estaremos condenando a nuestros niños y jóvenes a una vida profesional precaria de incertidumbre permanente.

*El autor es director general de Mexicana de Becas.