Luego de obtener los peores resultados en una elección presidencial en toda su historia, el PRI enfrenta el reto de reconstruirse en un ambiente en el que destaca la estridencia de quienes culpan al presidente Enrique Peña Nieto y su gabinete de “esta debacle”.

Al cierre del Programa de Resultados Electorales Preliminares del proceso del domingo, el candidato del PRI a la Presidencia, José Antonio Meade, quedó en tercer lugar con 14.4% de los votos, una posición más baja de la que obtuvo Francisco Labastida en el 2000, cuando quedó en el segundo sitio con 36.11% de los sufragios y Roberto Madrazo en el 2006 que quedó en segundo con 22.03% de los votos.

Además, al inicio de la próxima legislatura de la Cámara de Diputados se prevé quede en un tercer lugar. En su historia sólo en el 2006 había sido la segunda bancada más grande en San Lázaro cuando sumó 104 diputados. En la siguiente legislatura puede ser de menos de 50 escaños.

En ese escenario, circuló una carta firmada por 417 militantes de la corriente priista Democracia Interna, liderada por el exgobernador de Oaxaca, Ulises Ruiz, en la que señalan que “una larga cadena de desaciertos en la conducción del partido por parte de quienes lo secuestraron en los últimos años , lo llevaron a la derrota; a un penoso tercer lugar”.

Acusan a “Peña y su gabinete” de ser los principales responsables “de esta debacle”. Le reprochan haber abierto el partido a candidatos externos y cerrar los espacios a la militancia, imponer candidaturas y promover cambios a los documentos del partido.

Exigen que “por elemental congruencia, el Comité Ejecutivo Nacional, los dirigentes de sectores y organizaciones deben poner sobre las mesas sus renuncias”, porque, dicen, es el momento de actuar y ayudar a construir “entre todos” una nueva dirigencia, electa por militantes y simpatizantes.

Por su parte, el académico del ITESM, José Fernández Santillán, consideró que lo ocurrido en el 2018 es el peor fracaso electoral del PRI y, entre otros factores, es la consecuencia de una fractura interna entre los priistas tradicionales y los llamados tecnócratas que se apoderaron de las decisiones de esa fuerza política.

Consideró que fue un error haber colocado en la presidencia del PRI a Enrique Ochoa, impulsado por Luis Videgaray, así como la decisión del presidente Enrique Peña de poner como candidato a José Antonio Meade,  un tecnócrata que nunca se había parado en un templete.

En su opinión hoy tenemos en el escenario político nacional a un PRI “achicado”, cuyo reto es repetir lo hecho en el 2006, cuando desplegó una estrategia que le permitió recuperar la primera fuerza en la Cámara de Diputados en el 2009 y en el 2012 la Presidencia de la República.