En América Latina asistimos a un momento histórico en el que dos de los países más grandes, Brasil y México van a entrar a un proceso de cambio con presidentes de diferente orientación política, pero a partir del mismo hartazgo social: el que se da hacia a la violencia y la corrupción, planteó Guillermo Guajardo Soto.

El académico del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) explicó que ambos países acaban de concluir procesos electorales en los que los ciudadanos eligieron a presidentes de diferente orientación política —Andrés Manuel López Obrador con un discurso de izquierda y Jair Bolsonaro con uno de extrema derecha— que dejan varias lecciones.

Ambas sociedades reaccionaron al evidente problema de la corrupción y la falta de capacidades para ejercer justicia, lo cual son asuntos que pueden horadar fuertemente a cualquier tipo de régimen, ya sea de corte neoliberal (como puede ser el caso de México), como de corte progresista (como puede ser el caso de Brasil).

El reconocido internacionalista señaló que a partir de lo ocurrido en Brasil y en México, podríamos hablar de dos debacles: el derrumbe del progresismo en el caso de Brasil, similar a lo ocurrido en otras naciones del área, y en el caso de mexicano el fin del ciclo neoliberal.

Aclaró que cuando se habla de que se está dando un cambio a la derecha en Sudamérica en realidad podría ser que eso está ocurriendo en países que abrazaron el bolivarismo y que están o estuvieron en crisis o con serios problemas económicos y con corrupción generalizada.

Mencionó que hay casos como Uruguay y Bolivia donde hay un agotamiento del progresismo y prueba de ello es que en algunas localidades de Bolivia donde tienen elección el siguiente año celebraron el triunfo de Bolsonaro.

No hay desencanto con la democracia

También llamó la atención en que otros países habían girado a la centro-derecha anteriormente como Ecuador, Perú y Chile (este último de tiempo atrás), pero indicó que ahora el giro a la derecha es también un fenómeno nuevo. “Éstas son derechas legitimadas digamos en términos de que tienen un electorado y una base social bastante fuerte, algunos por descontento, otros por definición ideológica más clara”.

En el caso de Brasil, “más que un desgaste ideológico en realidad fue un desgaste de gestión pública del PT” que estaba en el gobierno. Bolsonaro se hace fuerte por el hartazgo hacia la corrupción, violencia y a lo  que se convirtió el progresismo.

El doctor en Estudios Latinoamericanos señaló que los cambios en México y en Brasil se dieron por la vía democrática y con altos niveles de participación de los ciudadanos en las urnas. Y al igual que pasó con el caso de la elección del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ambos son antiélite, indicó.

México y Brasil han elegido a su nuevo presidente que tienen amplia mayoría, 53% en el caso del mexicano Andrés Manuel López Obrador y 55% en el caso del Brasileño, Jair Bolsonaro.

Eso demuestra, continuó, que en ambos países “no hay hastío por la democracia”. Incluso considera que, en todo caso, se reforzó la democracia si se consideran los niveles de participación electoral.

“Los sistemas electorales tanto en el caso brasileño como el mexicano funcionan a la perfección”, indicó.

El académico explicó que el asunto va, más bien, por gobiernos de distintos signos que convergen en los mismos problemas de corrupción y de violencia social y quizá a un hastío a los partidos tradicionales.

En este aspecto, refirió que si bien el Partido de la Trabajadores brasileño se formó en la década de los 80 del siglo pasado, participó en todos los procesos de transición a nivel legislativo en los estados y desde el año 2000 se fue desgastando.

En el caso mexicano, añadió, si bien México no entró desde el año 2000 en la corriente progresista bolivariana o de nueva izquierda que se levantó en reacción al neoliberalismo, fue porque optó por gobiernos de derecha, lo interesante es que convergen en el mismo problema.

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