La lección que nos va a dejar el sexenio del presidente Andrés Manuel López Obrador es que el inquilino de Palacio Nacional no cambia la realidad de este país, plantea Leonardo Curzio.

Entrevistado con motivo de la publicación del libro que hizo en coautoría con Aníbal GutiérrezEl Presidente. Las filias y fobias que definirán el futuro del país”, editado por Grijalbo, el académico y comunicador expuso que López Obrador quiere restaurar la figura de una presidencia imperial, pero en clave austera y que cree que concentrando el poder puede hacer transformaciones.

También plantea que, en una parte de los mexicanos ha vuelto la idea de que la concentración del poder político en un individuo puede, después de 40 años de desmontar el presidencialismo, ser la solución del país.

En el libro los autores analizan el discurso del presidente en funciones, sus ideas, su comunicación política y su modo de toma de decisiones, con el fin de identificar hacia donde conduce el país.

Entre el cúmulo de reflexiones que acompañan a la descripción de esta presidencia, hay una que dice que el hoy jefe del Ejecutivo no engañó a nadie, pero será la historia la que determinará si el cambio en el estado de animo nacional que logró, se usó para grandes propósitos o si se consumió en el banquete de reconstruir un presidencialismo imbuido de una cultura política a la que podríamos llamar socioestatista.

—¿Tomando en cuenta el contexto en que Andrés Manuel López Obrador ganó la presidencia de la República y los problemas que hay que solucionar en el país, para qué fue puesto el hoy presidente en ese cargo?

—Creo que recibió un mandato muy claro para hacer una profunda transformación estructural, y cuando digo estructural, de una buena parte de las instituciones que requerían moverse, pero tambien los valores. Yo creo que la gente estaba muy enojada de la forma en que nos relacionábamos entre nosotros y, particularmente, una crisis, déjame decirlo en dos palabras, de representación.

La gente no se sentía representada por sus élites y eso explicó que durante muchos años el gobierno de (Enrique) Peña Nieto y las élites que lo acompañaran, no recibieran el cariño de la gente. Y cuando digo cariño, quiero decir que la gente no se sentía representada cerca de ellos. Su actuar era distante. Creo que el presidente recibió un mandato muy claro en esos dos ámbitos: transformar estructuralmente a un país y acercar el gobierno a la gente, de tal manera que sintieran protección, calor, cercanía.

—¿Para qué quiere tanto poder y tantos recursos como parece estar empeñado en reunir?

—Creo que quiere concentrar poder porque siente que de esa manera puede hacer transformaciones. Tengo la impresión de que el poder político tiene límites, igual que cualquier otro poder y a partir del mismo, tú puedes hacer muchas cosas: moldear el estado de ánimo de la gente, conseguir que el (poder) Legislativo o el Judicial funcionen más o menos a tu ritmo, pero tú no puedes cambiar la realidad económica porque tengas todo el poder político.

El presidente conecta muy bien con signos de los tiempos: por un lado en todas las sociedades estamos viendo una especie de nostalgia por el pasado. Estados Unidos habla de los tiempos maravillosos (el Make America Great Again, en la Gran Bretaña del control imperial). Hay una nostalgia por el tiempo que se fue. México desmontó el presidencialismo hace muchos años, pensando en que su modernización y su democracia pasaban por restarle poder al presidente y equilibrar más el ejercicio de la decisión pública.

Ahora tenemos una vuelta a eso y lo que el presidente quiere es restaurar la figura de una presidencia imperial en clave austera. Ya no es el presidente estilo Quetzalcóatl como (el expresidente José) López Portillo, pero sí un presidente con muchísimas funciones.

Hemos vuelto a esta idea que la concentración del poder político en un individuo puede, después de 40 años de desmontar el presidencialismo, ser la solución del país.

—¿Si hoy terminara la presidencia de López Obrador, cual sería la experiencia o lo que deberíamos aprender los mexicanos de esta experiencia de gobierno?

—Yo espero que termine su mandato, porque fue electo para seis años y que no se reelija. Ni menos, ni más.

—¿Cuál sería la lección?

—Creo que la lección que nos va a dejar el sexenio de López Obrador es que el inquilino de Palacio Nacional no cambia la realidad de este país. Tú puedes cambiar de presidente, y es un efecto político importante, pero no tienes un cambio automático de las realidades de este país.

Pongo tres ejemplos fundamentales: la desigualdad no sólo no ha cambiado, sigue más o menos igual; segundo, el tema de la seguridad pública no cambia porque el presidente se vaya a vivir a Palacio y diga que hay que darse abrazos y, tres, el tema del desempeño económico no cambia porque el presidente mueva su varita en la mañanera.

Por lo tanto, lo que vamos a aprender los mexicanos es que es muy bueno tener un presidente popular y muy querido, pero no basta.

El inquilino de Palacio Nacional no cambia la realidad de un país y eso lo hemos tenido desde 1810 cuando gritábamos “¡viva Fernando VII, muera el mal gobierno!” como si fuera el asunto de una persona cambiar un país.

Está claro que lo que va a dejar López Obrador como legado, una vez que haya gobernado el PRI, el PAN y ahora la izquierda, es que, este país tiene una larga tarea. Te pongo tres ejemplos: uno, hacer que el imperio de la ley sea la lógica que nos gobierne; dos, que la competitividad del país y la productividad, la estructura económica mejore y, tres, que la infraestructura y los servicios públicos sean de primer mundo, que son los que efectivamente igualan a la gente.

Cuando tu tienes servicios públicos de calidad las distancias sociales se reducen. Todo esa es una tarea de la generación que viene.

—¿Qué explica que el presidente tenga altos niveles de aprobación, con los resultados que ha tenido y la aparición y gestión de la pandemia?

—Uno, que es un gran político y la gente lo quiere. Creo que estamos ante un gigante político, realmente. Dos, la forma en que se relaciona con la gente que explica de una manera más o menos hábil que las cosas no han ocurrido, no porque no dependan de su voluntad, sino porque un conjunto de factores externos o este famoso complot del que siempre habla, de que las cosas no ocurren porque hay muchas resistencias. Tercero, porque la gente, con enorme sensibilidad, le está dando tiempo. Yo creo que el pueblo mexicano ha demostrado a lo largo de los años que tiende a confiar hasta que deja de confiar.

A este presidente le ha confiado todo el poder. Es un presidente mayoritario, con una serie de excesos en los nombramientos, cancela contratos, se dice y desdice, como el caso de su prima Felipa y la gente lo perdona. La gente está todavía con una enorme esperanza de que las cosas cambien y le sigue dando la gente tiempo y, por eso en vez de desahuciarlo al segundo año, dice: yo sigo confiando en un individuo que todavía tiene crédito político importante. Subrayo, estamos ante un gigante político y ante un enano administrativo y ante un pigmeo presupuestal.

—¿Cuánto tiempo puede seguir con la misma aceptación, movilizando estados de ánimo y sin tener buenos resultados?

—Yo creo que el año próximo. Ha tenido todas las capacidades que un presidente haya tenido: cambios constitucionales, cambios de instituciones, ha tenido la posibilidad de modificar la administración pública como quiere y eso le aumenta la responsabilidad para que el año próximo dé resultados, porque le dirá la gente “oiga, lo ha tenido usted todo, la confianza, el amor del pueblo, el poder político, institucionalmente”. Si el año próximo seguimos con el consumo contraído, que la inversión no fluye y que particularmente el sistema de salud no mejora notablemente, ya habrá habido un tiempo para que madure y particularmente el tema de la seguridad pública no tiene un cambio radical.

—¿Qué pasa si al final del sexenio son más los decepcionados? ¿La sociedad va a resistir otra decepción?

—La va a resistir. Tercera decepción, pero vamos a dejar la adolescencia y vamos a llegar a la edad adulta. No hay manera de cambiar a este país simplemente porque decidimos un día cambiar de presidente o de partido. Los temas estructurales están ahí y tienen que llevar su agenda de competitividad y modernización y eso no depende de la voluntad de un hombre.

diego.badillo@eleconomista.mx