En la vida hay cosas que vale la pena mandar por un tubo. Nunca como arrebato; con evidencias. Cuesta 14 veces más —2 y medio pesos más— si, en vez de mandarse por el sistema de tubos Tuxpan-Azcapotzalco, 1 litro de gasolina hace el viaje equivalente, de casi 300 kilómetros, por pipa.

El cálculo se desprende de datos oficiales de la Comisión Reguladora de Energía para describir circunstancias normales de transporte de combustibles. Nos da cuenta, aunque sea desde la perspectiva meramente económica, de la magnitud del esfuerzo emprendido por el gobierno del presidente López Obrador.

El consumidor en la Ciudad de México no está absorbiendo este impacto. Las largas filas para comprar gasolina no aminoran el costo económico. Pero, al final del día, alguien tiene que pagar. Entre la hacienda pública, Pemex y los dueños de las pipas, alguien está amortiguando los sobrecostos por litro que, ya multiplicados por su volumen total, resultan en una cifra significativa. Siguiendo con el análisis, una semana de cierre, tan sólo en el sistema Tuxpan-Azcapotzalco, costaría unos 350 millones de pesos. Como éste, ha habido aproximadamente seis ductos con cierre.  Algunos han criticado que el presidente sencillamente ignora los factores económicos de la lucha contra el huachicol. Dicen que, si tomara en cuenta los costos, los ductos se abrirían de inmediato. Pero cuesta trabajo imaginar que las cifras simplemente no hayan llegado a los ojos y oídos presidenciales.

Lo que sí es claro es que el presidente está bailando a su propio son. Nadie más hubiera conceptualizado una lucha en estos términos tan extraordinariamente épicos.

Eso no significa que esté sólo. Muchos defienden su plan, pero las contradicciones entre ellos sugieren que son pocos los que realmente lo conocen. También muchos otros lo critican. Pero ante una escasez también voluntaria de datos confiables, sin que el gobierno haya comprometido métricas concretas ni tiempos precisos para rendir cuentas, las posibilidades del presidente para pivotear son más numerosas que los dardos críticos que se puedan lanzar, al menos en el corto plazo. El presidente tiene el espacio para seguir a su propio ritmo.

Claro que la historia y el sentido común sugieren que los gobiernos que esquivan las preguntas y dosifican los datos acaban siendo mandados por un tubo. Pero las encuestas más recientes sugieren que, mientras la lista de críticas y preguntas evadidas aumenta, la popularidad de este gobierno sigue creciendo. Los mexicanos, las encuestas dicen, seguimos celebrando que hasta ahora —a pesar de los costos, inconveniencias, riesgos y errores— el presidente siga montado en su burro.

Quién sabe cómo llegamos a este punto. Pero ya aquí, lo que queda, por el bien de todos, es esperar con optimismo: que el dinero alcance y la paciencia no se agote antes de que el huachicol sea eliminado. Que la victoria, en esta lucha audaz, llegue antes de que alcancemos un punto en el que los costos, en nuestra vida diaria y en nuestra energía, nos parezcan insostenibles. Que ni el impacto de la deuda, ni el de la inflación, ni las posibles reducciones en gasto social saquen a nadie de la jugada, por marginada que sea su situación.

Que pronto regresemos: no a lo normal, sino a la normalidad mejorada que estamos buscando —sin corrupción ni huachicol. Y que pronto podamos mandar por un tubo lo que debe de ir por ahí. Es muy caro andar buscando alternativas.

PabloZárate

Consultor

Más allá de Cantarell