De nuevo Grecia es el dolor de cabeza de Europa, como en la mitología cuando Zeus, transformado en vigoroso buey blanco, sedujo a la inocente Europa y la llevó a Creta. Es evidente que el programa de rescate de la economía de ? 110,000 millones de la Unión Europea (UE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) no está funcionando. Ayer, el rendimiento del bono del tesoro griego de 10 años repuntó a 15.8%, 12.8% más que el rendimiento equivalente de un bono alemán y más que el rendimiento pedido el año pasado al inicio de la crisis y antes de que anunciara el rescate. Para los mercados, Grecia es insolvente y un default o reestructura de su deuda parece inevitable.

Antes del 29 de junio, el FMI publicará una evaluación del programa. Desde ahora se sabe que Grecia no cumplió los parámetros de finanzas públicas comprometidos; además, contrario a lo supuesto, no estará en condiciones de regresar al mercado de deuda para fondear sus requerimientos financieros del próximo año. Grecia necesita otros ? 60,000 millones. Si para entonces no tiene asegurados estos recursos, el FMI suspenderá la quinta entrega de recursos programa, disparando el default. Pero es probable que no ocurra porque el UE prepara otro rescate.

El Banco Central Europeo (BCE) se opone fieramente a un default. El gobernador Jean-Claude Trichet teme que ocurra un nuevo caso como el de Lehman Brothers, que lleve a la quiebra al sistema financiero europeo, especialmente a la banca, la cual posee una gran proporción de los bonos griegos y de otros países a los que pudiera contagiar la crisis. Un default griego supone una pérdida importante del capital del banco, que se estima compró entre ? 40-? 60,000 millones en bonos soberanos griegos y mantiene a flote a la banca comercial griega a través de líneas de crédito con colateral en estos bonos. Lorenzo Bini Smaghi, miembro de la junta de gobierno del banco, ha expresado con toda claridad que se oponen a cualquier forma de default fuerte o suave que suponga la ocurrencia de un evento de crédito. Si esto sucediera, la ventanilla de liquidez del BCE se cerraría a los bancos griegos, lo cual obligaría a Grecia a abandonar al euro y a reintroducir el drachma.

Ese país requiere regresar a la solvencia del sector público y de su sistema financiero, conservando razonables balances internos y externos; se requieren de ajustes macroeconómicos y de cambios estructurales. El país está sobreendeudado, el sector público es grande e ineficiente, en tanto que el sector privado no es competitivo. Se estima que el tipo de cambio real esta sobrevaluado por lo menos 20 por ciento. El país requiere de una devaluación del tipo de cambio real que impulse las exportaciones, restrinja la importaciones y expanda la demanda agregada, al mismo tiempo reducir el gasto y/o aumentar los ingresos del sector público. Requiere un agresivo programa de privatizaciones de activos públicos que le permita reducir el tamaño de la deuda y promover políticas que generen confianza e incentivos para la inversión privada nacional y extranjera. La devaluación real o interna tiene que darse a través de la reducción de salarios y precios, que en la mayoría de las economías ocurre muy lentamente y sólo después de costosas batallas políticas, lo cual genera efectos negativos sobre la demanda agregada que acentúan los efectos negativos de la consolidación fiscal.

No resulta sencillo definir el límite de endeudamiento de un país, pero la evidencia empírica reciente confirma que los niveles de deuda pública de Grecia son uno de sus principales obstáculos al crecimiento y al éxito del programa de rescate.

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