El pasado 21 de enero arrancó el encuentro anual del Foro Económico Mundial, en Davos. Ayer, refiriéndose a ese encuentro, un conductor de la famosa plataforma de movilidad urbana me decía: “¡Qué curioso! Los ricos se reúnen en un lugar paradisíaco para discutir sobre cómo mejorar el mundo, el medioambiente, disminuir la pobreza... Problemas que ellos mismos han causado y que ahora dizque van a solucionar... O sea, primero te rompen la cara y luego se te acercan para curarte con carita de monja... la neta...”

No supe qué contestar. Me quedé atónito. Al conductor no le faltaba razón. Aunque quizás un tanto incompleto, pero definitivamente con muchos puntos bastante certeros. Incluso la misma Greta Thunberg en su intervención en Davos reprochaba a los líderes allí reunidos que no han hecho nada con respecto al cambio climático, o por lo menos dista mucho de lo que, según ella, es necesario hacer.

Ni Greta ni el conductor se la creen ya. No parece que vayamos “hacia una economía moral” ni muchísimo menos. En cambio, quizás valga la pena echarle un ojo al The economy of Francesco. El papa Francisco ha convocado en Asís (Italia) para el próximo mes de marzo del 2020 a economistas y empresarios, estrictamente menores de 35 años, para crear una nueva economía.

Una nueva economía en donde no se dogmatice la maximización del beneficio, sino que se ponga al servicio del planeta y de la humanidad. Se trata por tanto de generar riqueza, no sólo de distribuirla. Generar junto con los demás, no a expensas de los demás. Generar incluyendo a los demás. No generar para luego regalar. No, eso no. Sino que la distribución se dé en el mismo proceso de generación. Si no generamos, acabaremos distribuyendo pobreza.

Necesitamos decisiones, mecanismos y procesos encaminados a una mejor distribución de la riqueza, que fomenten la creación de fuentes de empleo y la promoción integral del pobre, y que van más allá de una simple mentalidad asistencial. Se trata en el fondo de re-descubrir el rostro del otro.

Está claro que las políticas para el crecimiento inclusivo son un componente importante en la mayoría de las estrategias gubernamentales para el crecimiento sostenible, pero no son suficientes. Creo que el verdadero valor agregado está en el trabajo. En un trabajo con sentido, con propósito. Porque el verdadero trabajo, sobre todo, es una actividad que humaniza. Dignifica a la persona que la realiza.

El reto es apasionante, porque como lo expresó el papa Francisco en su mensaje para el evento Economy of Francesco: “Vuestras empresas, vuestras organizaciones son canteras de esperanza para construir otras formas de entender la economía y el progreso, para combatir la cultura del descarte, para dar voz a los que no la tienen, para promover nuevos estilos de vida. Mientras nuestro sistema económico y social produzca una sola víctima y haya una sola persona descartada, no habrá una fiesta de fraternidad universal”. Quizás le debía haber contestado algo así a mi amigo conductor.

*Profesor del área de Factor Humano de IPADE Business School.