La palabra y la pluma son más fuertes que las armas en el papel. El gobierno es impotente para defender las libertades.

No tiene mucho mérito defender la libertad de expresión cuando ésta se ejerce impecablemente. Lo complicado es defenderla en esos casos que rebasan las fronteras: cuando hay imprudencia, mala leche, mal gusto o insultos abiertos contra minorías o grupos vulnerables.

Charlie Hebdo es uno de esos casos. Una revista satírica que nació en la década de los 70 con el nombre de Hara Kiri y que entonces fue cerrada por el gobierno francés por burlarse de la muerte del general de Gaulle. Una publicación donde el humor con frecuencia es grotesco. Un semanario donde se mezclan las pinceladas del humor fino con los brochazos de la broma de mano pesada.

Si no hubiera ocurrido la masacre, podríamos hilvanar una discusión sobre la calidad y talento de los cartones de Charlie Hebdo. Es peligroso seguir en esa ruta: 12 personas fueron asesinadas y algunas más fueron heridas. Por eso tenemos que poner las cosas bajo otra luz. Vivimos en un mundo en el que la publicación de textos o imágenes molestas puede generar amenazas, agresiones y asesinatos.

El asesinato de una parte sustancial del cuerpo editorial de la revista francesa ha colocado en otra dimensión sus trabajos. Han dejado de ser cartones provocadores y se han convertido en símbolos de una batalla entre civilización y barbarie. Son los primeros fotogramas de una película donde la globalización y el oscurantismo combaten.

Por un momento se detuvo el mundo. La crisis económica y la tragedia griega pueden esperar. Es tiempo de defender las libertades. La palabra y la pluma son más fuertes que las armas en el papel. En el mundo real, los malos se salen con la suya con frecuencia. El gobierno es impotente para defender las libertades.

Al-qaeda ha publicado una lista de personas a las que quiere asesinar por ejercer en Occidente su libertad de expresión contra el Islam. Allí estaba Stephane Charbonnier, el editor de Charlie Hebdo, y otros personajes que siguen con vida, entre ellos dos cartonistas daneses que ya escaparon a un intento de asesinato; el escritor Salman Rushdie; Morris Sadek, un egipcio que promueve una película llamada La inocencia de los musulmanes, y Molly Norris, una caricaturista estadounidense que lanzó una iniciativa para crear el día mundial de dibujar a Mahoma.

Estamos ante un crimen contra la libertad de expresión porque cancela el acceso al terreno de la discusión razonada de los diferentes argumentos. No podemos decir que algunos de los cartones de Charlie Hebdo eran pésimos porque corremos el riesgo de parecer que validamos las razones de los asesinos. Estamos en un escenario donde la libertad de expresión no puede ejercerse con naturalidad. Ésta implica poder decir lo que se quiere, pero también el derecho de expresar libremente nuestra opinión sobre lo que se ha dicho o publicado.

Los asesinos ganan cuando nos llevan al punto donde parece natural preguntarnos: ¿no sería mejor autocensurarse para no provocar la furia de aquellos que pueden dañarnos?

Si triunfa la autocensura, habrá triunfado el terror. Ése no es sólo un problema de Francia o Europa y su relación con los extremistas musulmanes. Es un asunto que se vive en muchos lugares. Para no ir más lejos, eso ha estado pasando en algunas de las zonas más violentas de México. El silencio es la normalidad que sigue al asesinato de los periodistas o activistas en redes sociales. Yo no soy Charlie, pero los periodistas asesinados de México, sí.

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