Ayer en la mañana, ya como presidente, Andrés Manuel López Obrador confirmó que las rondas petroleras se suspenden por tres años.

Quizás parezca contraintuitivo que se haya podido tomar una decisión tan significativa sin demasiada reflexión pública. Pero tiene su lógica. La realidad es que impactará muy poco a la producción petrolera durante la gestión de la secretaria de Energía, Rocío Nahle. De acuerdo con los datos que compiló la Secretaría de Energía como parte del esfuerzo de transición, el efecto de la moratoria apenas empezaría a sentirse en la producción petrolera hacia el 2024, cuando habríamos perdido unos 140,000 barriles diarios de petróleo crudo equivalente. Es un doloroso recordatorio de la desconexión entre los ciclos políticos y los de inversión petrolera —y del muy largo tiempo de trabajo sostenido que se requiere para marcar una diferencia en la producción petrolera.

Por el otro lado, no se puede descontar el valor simbólico del anuncio para un presidente que, desde hace mucho, se ha opuesto a la apertura del sector. Las rondas petroleras han sido el proceso insignia del nuevo modelo energético mexicano. Para muchos puede ser autoevidente que las buenas decisiones no se pueden tomar solamente pensando en simbolismos, sino haciendo reflexiones profundas sopesando los costos y los beneficios. Pero a este símbolo le traían ganas desde hace mucho.

Es un momento importante. Hay que poner atención a las señales. En el estricto terreno de las rondas, se acaba de marcar el cierre de un ciclo de discusiones y expectativas en torno a cambio y continuidad. Estamos empezando a entrar al terreno donde insistir es necear. Persistir está rayando en solamente resistir. En tres años, no habrá nuevas rondas. Con la decisión ya tomada, ¿no sería mejor que todas las partes replanteen sus preguntas?

Los mismos datos de la Secretaría de Energía sugieren que una moratoria en rondas de apenas dos años recortará el potencial de producción de crudo de toda la administración 2024-2030 en más de 15 por ciento. La reducción en la producción representa una pérdida de 65,000 millones de dólares (un estimado del valor monetario de producción de gas y petróleo) y de más de 100,000 empleos. ¿Cuál va a ser el mecanismo para poder generar esta misma actividad sin sobreendeudarnos o sobreexponernos al riesgo petrolero?

Las rondas, además, tienen una serie de virtudes difíciles de replicar: la competencia para asegurar mejores términos para el Estado y la transparencia para prevenir la corrupción son dos de las más importantes. En el marco del plan quinquenal representaban un proceso institucional, bien pensado —algo que tiende a ser escaso en nuestro país. ¿Cuál va a ser el marco de procesos institucionales que nos permita llenar este vacío, tanto para Pemex como para el resto?

Desde una perspectiva pragmática, las rondas no son irremplazables. Es cierto que, mientras estén suspendidas, una parte importante del nuevo modelo energético puede estar detenido. Pero la única manera en la que las oportunidades de crecimiento quedarán realmente anuladas es si no aprovechamos el momento para dejar la enconada conversación sobre las rondas atrás y nos ponemos a pensar cómo vamos a sustituir este motor de crecimiento.

¿Dónde ven las nuevas autoridades oportunidades para aprovechar la fuerza de una industria competitiva? ¿Dónde y cómo se va a poder seguir invirtiendo?

Son preguntas básicas. Quizás se hayan preguntado en algún momento. Pero parece que no se han contestado con claridad. Ya pararon las rondas, ¿qué sigue?

PabloZárate

Consultor

Más allá de Cantarell