Es viejo cuento el de la distancia entre la labor académica y la realidad de todos los días. Hay verdades como mentiras en la no siempre cordial relación de los estudiosos del campus universitario con los seres inmersos en la cotidianidad que no admite demasiadas conjeturas conceptuales o laxitud reflexiva. Donde la distancia es inobjetable, es en el ámbito del sector cultural. En el vasto escenario de la economía cultural, lleno de maravillas por descubrir, los periodistas hemos llevado la mano. Una de esas vetas tiene que ver con las unidades económicas llamadas empresas culturales.

A punta de reporteo y análisis de información, he construido un retablo de empresas culturales. Un mosaico del comercio cultural mexicano. Armé un compendio representativo del mercado de bienes, servicios y productos culturales. Hablo del resultado de dos años de incesante trabajo que daré a conocer el lunes 27 a las 11:45, en la Casa Rafael Galván, de la UAM. Se ubica en la colonia Roma, en la calle de Zacatecas 94, entre Córdoba y Orizaba. Es el fruto de una labor propia, pero igual de variados protagonistas, entre los que destacan mis colegas del Grupo de Reflexión sobre Economía y Cultura (GRECU), que desde 2009 existe bajo el cobijo de la Casa Abierta al Tiempo.

En este paredón he referido algunas de las características del retablo de empresas culturales. La abundante información se obtuvo de 93 negocios de un universo de 350, los cuales respondieron un largo cuestionario. No me culpo del esfuerzo que les pedí a los directivos para generar las respuestas, ya que de otra forma el intento por conocer al empresariado cultural, por adentrarnos en su juego dentro de la economía nacional, hubiera dado para una nota sin pretensiones. Los largos cuestionamientos fueron desde las motivaciones básicas que les llevaron a abrir puertas, hasta el intento de poner un precio al negocio si tuvieran que vender a un interesado.

Las 257 unidades económicas que no fueron incluidas, representan un largo historial de aprendizaje. Es natural que deba tener bajo reserva sus nombres, ya que todas dieron razones suficientes para no dedicarle tiempo al cuestionario. Muy pocos de los dueños y directivos encuestados son mis amigos. El acercamiento fue como reportero en trance de indagación. El porcentaje más alto de negativas tuvieron que ver con la inseguridad, con el miedo a entregar por escrito su pensamiento, las cifras, los hilos de la actividad. El ser parte de la UAM, colaborador de El Economista y un autor con obra que le respalda, no tuvo peso en la postura adoptada.

Al temor se adicionaron otros elementos para la negativa. Uno de ellos, que la investigación no les pareció importante. Otro, que no despertó su interés. Cierto grupo alegó falta de tiempo, mientras aquéllos dijeron sentirse incapacitados para argumentar. También los hubo que de plano ignoraron el llamado. La experiencia humana y profesional de este periplo dejó una enseñanza central: los alcances de la capacidad de comunicar tanto el objetivo del retablo, como la definición de empresa cultural. Cierto, un alto porcentaje de los 257 y los 93 negocios no tenían claro qué era ser de giro cultural. Por ello, si bien reconocieron la trascendencia de esta conceptualización, la mayor parte no se identificó con la denominación. Y este resultado arroja una de las señales más vibrantes del retablo: hay mucho de mito en la apropiación y permeabilidad de la economía y las empresas culturales. Sirvan estas líneas para invitarlos a que me acompañen en la Casa Galván.

Eduardo Cruz Vázquez

Periodista

En el paredón

Periodista, gestor cultural y exdiplomático, experto en economía cultural, formación de emprendedores culturales y gestores de diplomacia cultural