La presión sobre la Reserva Federal de los Estados Unidos es muy fuerte para que implemente un nuevo plan de liquidez que abarate más el costo del dinero. Más dólares en circulación y hasta la promesa de que no subirá sus tasas de interés antes de que llegue el 2015 es lo que quisieran ver esta semana los mercados.

La inflación no es un problema del que -por ahora- se deban preocupar en Estados Unidos porque la demanda no presiona los precios, los aumentos en los energéticos han sido absorbidos y los aumentos de los alimentos no alcanzan a impactar en la medición de una economía tan grande.

Habría, entonces, margen para mantener la laxitud de la política monetaria si no fuera porque las medidas que pueda tomar la Reserva Federal podrían ser más polémicas que efectivas.

La permanencia de tasas bajas en Estados Unidos, junto con la promesa de mantenerlas así un buen tiempo, ha hecho que los recursos que buscan un buen rendimiento y un riesgo aceptable volteen a ver a México como un destino atractivo.

El riesgo-país de México es altamente competitivo comparado con otras naciones. Nada que ver con el peligro de invertir en Europa y mucho más seguro que poner el dinero en la mayoría de las naciones sudamericanas.

Los capitales extranjeros tienen actualmente en sus manos 32% de los instrumentos de deuda pública. Y aunque 80% de la deuda mexicana tiene un vencimiento de largo plazo, de cualquier forma, son recursos sin patria y siempre hay un inversionista con el dedo en el botón rojo del vuelo inmediato.

No es mala noticia que se inviertan recursos de portafolios en el mercado mexicano, el riesgo está en que un disparo financiero mundial los haga volar como parvada espantada.

Han llegado a México no por que le tengan un profundo amor al país, sino porque su costo de oportunidad les da la fórmula de un mercado rentable con un riesgo aceptable.

Hoy, México tiene un problema inflacionario. Porque sí lo tiene.

Estaba claro desde el inicio del año que la inflación habría de presionarse hacia finales del año y que podría salir de la franja aceptable para el Banco de México de 3%, más-menos un punto porcentual.

De hecho, es un nivel más aspiracional que real de la inflación porque, desde que se estableció la meta, realmente pocos meses los precios se han mantenido en ese horizonte.

La inflación actual de 4.57% podría parecer tolerable porque hemos visto ese nivel antes.

Pero hay que ver que el aumento acumulado en un año de los precios de los productos pecuarios alcanza casi 14 o 7% de todo el rubro de alimentos, bebidas y tabacos.

Hay que ver también el impacto de la depreciación del peso frente al dólar en los precios de los muebles, aparatos y accesorios que va en 5.5% anual.

Y, claro, las colegiaturas que no fallan en esta temporada y que también presionan la inflación de agosto y septiembre.

El punto es que todos estos aumentos mantienen presiones en la inflación del país que ya, finalmente, llamaron la atención de los banqueros centrales de México.

Y, ahora sí, ya hablan de considerar un incremento en la tasa de interés en un futuro.

A diferencia de lo que ocurre con la economía de los Estados Unidos, acá, los aumentos en los precios de los combustibles, como las gasolinas, pueden afectar más las finanzas públicas que la inflación, debido a los subsidios.

Pero el peso de los precios de los alimentos en la economía mexicana se nota más en la inflación y en el detalle del impacto de los precios de la comida en la gente: hay un daño profundo en la economía de bolsillo de millones.

Si el banco central hace su principal trabajo de cuidar el poder de compra de la moneda y sube la tasa de interés, será como miel para las abejas financieras, que encontrarán a México con el mismo riesgo bajo de siempre, pero con una tasa más atractiva todavía para sus inversiones.

Peso más fuerte pero riesgos más elevados de una salida masiva de capitales en algún momento que encuentren ese mismo cuarto de punto o medio punto adicional en los papeles de Estados Unidos, Europa o cualquier otro mercado que se pueda volver apetitoso en el futuro.

ecampos@eleconomista.com.mx