La versión original duró apenas tres temporadas que se trasmitieron entre 1965 y 1967. La primera en blanco y negro, el resto en ese nuevo medio que era la televisión a color. La premisa era simple: en 1997, entre millones de candidatos, la familia Robinson es la elegida para abordar el platillo volador llamado Júpiter para ir a colonizar Alfa Centauri. En la nave van los papás Robinson y sus tres hijos, además del piloto: el mayor West.

Antes de despegar se cuela a bordo el Doctor Smith, un saboteador. Smith altera la programación del robot de la misión pero no consigue salir a tiempo y la nave despega. Su peso altera la ruta y el Júpiter colisiona con una nube de asteroides, la nave sale disparada a quien sabe dónde y la familia Robinson, su piloto y el doctor quedan perdidos en el espacio.

Durante mi infancia era la serie obligada a las siete de la noche. Recuerdo las interminables aventuras de la familia que saltaba de planeta en planeta, mientras Smith los metía en aprietos. Al principio porque era el villano, después porque era un genio malentendido y torpe pero con buenas intenciones, el alivio cómico.

Los episodios solían terminar dejando la suerte de alguno de los personajes en vilo, momento en que la voz del doblaje decía “continuará”. Como Televisa pasaba los episodios en desorden, quedaba al espectador ir armando esa larga condena de viajes infructuosos, esperando que las historias cobraran sentido o tuvieran algún tipo de conclusión.

Los Robinson eran una familia tradicional, con padres fuertes, hijas obedientes y pequeño y curioso hermano menor. Perdidos en el espacio (como Tierra de gigantes) enfrentaba a la base de la sociedad, a una serie de peligros que usualmente eran protagonizados por Smith, el pequeño Will y el Robot con brazos de resorte y tenazas.

La serie fue parte de un furor por la ciencia ficción que había transitado del horror a la aventura. Un furor paralelo a la carrera espacial estadounidense y a su esperada conquista de la luna como emblema inequívoco del triunfo del capitalismo sobre el socialismo.

Dos décadas más tarde, en 1998, los únicos perdidos en el espacio fueron los productores de la película en una década en que Hollywood empezaba a buscar en la tele los argumentos para sus agotados guionistas.

William Hurt y Mimi Rogers son los padres Robinson, Heather Graham, su hija más inteligente, Matt LeBlanc el piloto West y Gary Oldman, un insufrible doctor Smith. La mayor evolución la representa el robot de la nave, que deja de ser el patiño de Smith para convertirse en una presencia ominosa.

La familia es menos funcional que los primeros Robinson y parte del conflicto dramático se da en los enfrentamientos entre dos alfas: el patriarca (Hurt) y el saboteador polizón (Oldman). Mamá Robinson es la voz de la razón y el centro moral de la familia. Todo es grave, serio y dramático.

A la película le va regular en taquilla. Recupera apenas lo invertido, casi por nostalgia. Su premisa se siente forzada y se pierde en un verano de cine trivial plagado de efectos especiales.

Como decía Dumas: Veinte años después, Netflix decide que es la hora para que los Robinson vuelvan a errar por el Cosmos en busca de un hogar.

La premisa ha mutado. La tierra será destruida y sólo unos pocos elegidos podrán partir en las naves que evacuarán la raza humana a otra galaxia. Los Robinson son una familia rota, el padre (Toby Stephens) es un soldado enlistado en forma permanente del otro lado del mundo, su mujer (Molly Parker) resiente la soledad y tener que vérselas sola con un hogar en pleno apocalipsis. De sus tres hijos, la más brillante es adoptada. El pequeño Will hackea las pruebas de selección para la misión, para no quedar eliminado. 

Cuando van a partir, el padre se les une. Los demás lo miran como si él fuera el polizón y no mereciera su compañía o alguna autoridad. La nave se estrella en otro planeta. El piloto West muere. El padre y Will deben redimirse para ganar su lugar en la misión, pero principalmente en la familia.

Los efectos especiales son de primera, la dinámica familiar es de nuestro tiempo: un matrimonio en problemas, hijos más aptos que sus padres para la tecnología, un medio ambiente adverso, mucho resentimiento. La doctora Smith (Parker Posey) entra tarde en la ecuación.

Esta tercera versión es una serie entretenida e intensa de aventuras espaciales pero desprovista de sentido del humor o de optimismo. Carga a cuestas la autoimportancia de la misión y la esperanza de encontrar en el Cosmos la salvación de la raza humana. No hay un hogar al que volver, sino un oasis casi abstracto que descubrir, si son capaces de sobrevivir.

Twitter @rgarciamainou

Ricardo García Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).