Tengo muchísimos temas que quisiera compartir en este día con ustedes, pero detendré mi impulso locomotor de teclear sin parar y me concretaré a un tema que causa mucho dolor, aislamiento y rompe todas las relaciones: juzgar. Ya que en este día, he sido falsamente juzgada y hoy puedo ver, lo que antes era invisible para mí. Gracias a mis mordaces juzgadoras, he corroborado lo peligroso y tóxico, que es andar juzgando a la gente en base a chismes, suposiciones, nuestros propios prejuicios o por pura costumbre.

¿Se dan cuenta cuantas veces emitimos juicios? Todo el tiempo, es una habilidad natural y juzgamos todo porque nosotros somos los observadores del mundo, es innata y paralela a esta función de ver y predicar de eso que se ve, claro que puede ser sano y funcional o puede convertirse en algo dañino para el juzgador y los juzgados. Les platico: yo fui por muchos años, una juzgadora de excelencia: mi actividad favorito era juzgarme a mí misma, a los demás y a las situaciones. Casi todo lo que observaba, debían encajar en una cajita ideal , es decir, en una idea y de acuerdo a mi expectativa de cómo debía ser todo a mi alrededor y cómo debían comportarse los demás conmigo y de paso cómo debían suceder los acontecimientos a mi alrededor. Obvio, la realidad jamás coincidía con mi idea perfecta y yo como la reina roja, solía cortarle la cabeza a quien se atreviera a salirse de mi expectativa. Ahora, caigo en cuenta que eso era la causa de por qué solía sentirme sola y decepcionada. Porque cuando juzgamos, neurológicamente dejamos de conectarnos con las personas, así de sencillo. Estarán pensando ¡cómo! ¿una coach juzgando? ¡Pero por supuesto! Y más porque estudié Derecho y para cerrar con broche de oro, me especialicé como penalista. ¡Esperen! No todo es malo, aumentas tu capacidad de análisis para luego, poder hacer una afirmación y una evaluación de algo. Lo malo viene, cuando se nos pasa la mano y nos volvemos ciegos de la realidad y creemos soberbiamente que todo y todos, a nuestro alrededor están subordinados a nuestros veredictos. Pero a los afortunados y consentidos del Universo como yo, quien esté allá arriba sea Dios, los ángeles, los seres queridos que ya fallecieron o algún espíritu samaritano siempre nos mandan algunas o varias señales, milagros y regalos al corazón. Y así, de abogada penalista, pasé a ser coach y aprendí el maravilloso arte de observar y no juzgar. Empecemos por el principio: el juicio es un veredicto, una evaluación de algo o alguien. Los juicios son fundados o infundados y deben estar basados en un conjunto de afirmaciones que forman un patrón sistemático para poder emitirlos. Hay les va ahora en español: las afirmaciones según enseña el maestro Fernando Flores son verdaderas o falsas, según si he corroborado o no lo que digo con los hechos, datos... en que sostengo mi afirmación. Y teniendo ya un patrón de afirmaciones verdaderas y con evidencia que demuestre que se está en lo correcto con lo que se afirma, puede entonces hacerse una evaluación de algo o alguien pero únicamente respecto de un ámbito, es decir, no cabe la generalización. Así que cuando afirmen y formen evaluaciones y juicios, porfis porfis chequen con lupa si están en lo correcto o tienen una brecha enorme con su percepción y los contenidos de sus afirmaciones. Se acordarán de mí.

Triste y peligrosamente, solemos suponer y adecuar nuestra percepción a lo que estamos afirmando, en lugar de tomarnos la molestia de preguntar cómo sucedieron los hechos, corroborar si estamos en lo correcto, o bien si los datos que tenemos son reales. Cuando afirmamos respecto de cosas externas, es más fácil poder hacer afirmaciones verdaderas. Por ejemplo: si yo quisiera afirmar que el reporte mensual de trabajo de un empleado ya está terminado, simplemente tendría que tenerlo en las manos o verificar su existencia. Si quisiera decir que está mal hecho, tendría que tener los elementos para refutarlo y contradecirlo. Parece una bobera, pero así empieza todo . Haciendo afirmaciones acordes a la realidad. ¡Perfecto, fácil! ¿qué más? ¡Ahhh! pues que cuando hacemos afirmaciones falsas, suceden cosas caóticas, ya que estamos distorsionando la realidad por nuestra falsa apreciación de la misma: generamos desorden y malentendidos, que nos hacen perder el tiempo y entorpecen el flujo de las relaciones interpersonales. ¿Cuánto tiempo creen que perdemos, cuando ya dijimos algo equivocado y luego, tenemos que cambiar una decisión, o arreglar una cadena de sucesos que serán inútiles por afirmaciones falsas? Típico: finalmente llega el plomero hace una inspección ligera de una fuga de agua, y afirma determinantemente que hay una fuga en un tercer piso de la casa. Rompe la loseta, colado de los pisos, techos y hace una polvareda de esas que no se aplacan con nada y resulta que como dijo mi abuelita que siempre no ; que sólo era en el primer piso pero dos metro a la izquierda. ¡Agárrenlo que lo mato! Yo admiro a los financieros el santo esposo mío es uno de ellos porque tienen que tener una precisión exacta con números y números y no hay manera de hacer afirmaciones falsas; es o no es, punto. Y mucho más admiro a los médicos que nos salvan la vida, gracias a su precisión diagnóstica. Muchas carreras profesionales, demandan que se hagan afirmaciones corroboradas con la realidad: ciencia pura. Pero en el caso de las relaciones humanas muchas veces, es un verdadero espectáculo lo que sucede cuando de hacer afirmaciones se trata. Ya que cuando afirmamos respecto de las visiones, intenciones o interpretaciones de los demás corremos el gran riesgo de andar diciendo puras falacias y... lo dejaré en tonterías porque no tenemos manera de corroborar el mundo interno de una persona, más que haciéndole preguntas y corroborando nuestras ideas, percepciones y afirmaciones. Sin exploración ni corroboración de la información, no hay manera -salvo que yo esté atrapada en la era cavernícola y me haya perdido el hecho de que la mayoría de los humanos ya ejercen su capacidad telepática . Tal es el caso, que hoy me percate de lo doloroso que es el hecho de que alguien afirme algo respecto de tu intención, visión e interpretación de una situación y sin preguntas ni exploración, asuma en base únicamente a sus prejuicios- que mereces que te corte la cabeza, pero antes te da una lección de moral para enseñarte algo de su sabiduría y peor si tu juzgador te manda un mensajito por WhatsApp y por lo tanto, ni siquiera lo tienes enfrente para lanzarte a ahorcarlo. ¡No, no perdón! Para pedirle el derecho de réplica y explicarle al sabelotodo tu mundo interno , que ahora parecer ser, él -o como en mi caso, ella- conoce mejor tú y sabe qué es lo que deberías haber dicho, hecho, cantado o bailado e incluso, como debieras hacer tu trabajo o peor aún, educar a tus hijos. Así fue lo que me sucedió. Al leer la sentencia final de mi juzgadora, corrí a hacerme un examen de la vista, creyendo que tenía una miopía y estigmatismo urgente de operar, pero sólo necesito lentes, bendito Dios. Por lo menos en mi caso, nunca he tenido el menor aprecio por esta persona ni representa nada en mi vida, pero cuando el juzgador es alguien a quien admiras y le tienes cariño o un inmenso amor, todo es diferente. Suele suceder, que juzgamos más duro e implacable a quienes están más cerca de nosotros. ¿les suena familiar? Que se agarren los cónyuges, hijos obvio a los papás primos, porque cuántas veces somos implacables con ellos y no medimos el daño que ocasionan nuestras palabras.

Es el caso, que hechas las afirmaciones de que algo es de una u otra manera, verdaderas o falsas, viene la evaluación en forma de juicio. Los juicios, son fundados si están basados en afirmaciones verdaderas, e infundados si se compone de afirmaciones falsas. Y claro que como juzgador, te la pasas a todo dar, hasta que te percatas de esa sensación de aislamiento y desconexión, pues juzgar implica apartarte de algo o alguien y desde lejos sentenciarlo. Es la antítesis de empatizar y comprender al otro, en estos casos nuestra más noble capacidad humana nos permite observar con la visión del otro, ponernos en sus zapatos como dicen y luego comprendiéndolo poder ayudarlo con ideas, propuestas, sugerencias o acciones. Para esto, se requiere mucha madurez no digo que yo la tenga humildad y mucha práctica. Acostumbrarse a soltar la carga de la prueba, de ser perfeccionista en el mundo del deber ser y ponerse en un lugar de amor para quienes nos rodean, implica desarrollar la capacidad de ser un espacio de libertad para los demás. Yo, desde que aprendí todo esto, cada día me siento más libre: la vida es maravillosa si dejamos ser libres a los demás, si tenemos suficiente respeto por ellos y su capacidad de vivir la vida como mejor les convenga, de acuerdo con su propio juicio y no con el nuestro- sin que dañen al prójimo. De esta manera, me la paso como el chinito nomás milando. Es difícil, pero cuando te das cuenta que tu cerebro se ha vuelto hipervigilante y andas por la vida viendo en donde, cómo y en qué momento se equivocan los demás, te vas dando cuenta que cerca, cerca del cielo pues no has de estar y lo que es peor: llenas tu cuerpo de cortisol, estrés y mucha ansiedad (la primordial causa de enfermedades, de este siglo por cierto) Estar consciente, detectar qué adjetivos, qué palabras, tonos de voz usas cada vez que emites juicios, te va dando una idea de qué tan grave está la cosa. Creo que estarán de acuerdo conmigo, en que juzgar es humano, pero juzgar injustamente, es fatídico.

Así que yo prefiero hoy, ser juzgada a juzgar. Otra cosa importante: cada personita que esta junto a nosotros también tiene su propia versión de lo ideal , también tiene una expectativa de nosotros, también hace historias y películas de la vida. Cuando nos detenemos a indagar todo esto, podemos juntos armar un escenario real, en el que coincida lo que veo yo, con lo que ve él y lo que vemos juntos en el mundo que compartimos. Respetar al de enfrente implica, validar su versión, es decir: sólo cuando las afirmaciones son validadas y verdaderas y las evaluaciones fundadas podemos crear un mundo común, relaciones matrimoniales, filiales, de amistad y laborales comunes, verdaderas y generadoras de confianza porque entonces, el espacio compartido es seguro para ambos. Las relaciones poderosas, sólo se crean con confianza y la confianza sólo se crea si hay seguridad de que somos validados (aceptados) y apreciados en nuestro mundo interno por quienes nos rodean. Finalmente, creo que como lo dijo Jesús el que esté libre de pecado que tire la primera piedra . Así que, cada día yo trato de ver mis propias piedritas y descubro felizmente que tengo la verdad absoluta punto. ¡Si por supuesto! la verdad absoluta sólo de mi pequeño mundo individual.

En conclusión, uno de los grandes escritores de Francia, André Malraux lo dice con mucha más claridad y elegancia que yo: Si de veras llegásemos a poder comprender, ya no podríamos juzgar. Y sólo, porque no puedo resistir citar a su compatriota Honoré de Balzac agregó esta contundente frase: Cuando más se juzga, menos se ama . Feliz fin de semana. Vanessa

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