La bacanal terminó. Los griegos agarraron la borrachera comprando las bebidas y viandas con deuda y en estos momentos no tienen ni siquiera lo suficiente para comprar el bicarbonato que les ayude a sobrellevar la cruda.

Con deuda financiaron un nivel de vida, particularmente de los empleados gubernamentales de esa nación, muy por arriba de su productividad. La apuesta del país griego era que por ser miembro de la Unión Europea y de la zona euro podría endeudarse y vivir por arriba de sus posibilidades reales de manera indefinida, habiendo acumulado en el proceso una deuda total de 350,000 millones de euros.

Y ya se vio que no. Se repite para Grecia lo que le ha pasado a todos aquellos países que incurren en una política fiscal expansiva que, irresponsablemente, se vuelve insostenible y, finalmente, es inevitable realizar el ajuste, con todos los costos que ello implica. La historia económica de México contiene varios ejemplos de las consecuencias que signifca una política fiscal expansiva e insostenible, destacando 1976 y 1982.

Dada la situación actual de la economía griega, y a pesar del apoyo por 110,000 millones de euros que recibirán de los países europeos y del FMI, es claro que no les queda de otra que realizar un significativo ajuste fiscal para reducir rápida y drásticamente el déficit de sus finanzas públicas.

Además, y aquí está el punto central, también requieren reducir significativamente el nivel de los salarios reales. Aquí hablamos del salario de todos los griegos, no solamente el de los empleados gubernamentales.

La oposición a esta medida es notoria, tal como lo muestran las violentas manifestaciones que ha habido por parte de empleados gubernamentales y los sindicatos.

Bajar los sueldos nominales y reales de los empleados gubernamentales puede ser relativamente fácil; bastaría un decreto del Presidente con apoyo del Parlamento (suponiendo que ante la violenta oposición de estos últimos días, se puede mantener en el poder). Lo que no es fácil es bajar el salario real de todos los demás, ya que no puede hacerse a través de una directriz gubernamental. Para ello sólo hay dos opciones.

La primera es que el Banco Central Europeo decida instrumentar una política monetaria expansiva que aumente la inflación. Esta medida bajaría el salario real de todos los trabajadores de la zona euro, incluidos aquellos que laboran en países que no tienen mayores problemas, como Alemania, aunque por otra ayudaría a Estados que también han estado de fiesta, como Portugal y España. Esta opción está descartada. La otra opción que tiene el gobierno griego es, voluntariamente, abandonar el euro y adoptar nuevamente su propia moneda, renegociando de paso su deuda externa. Cabe mencionar que de entrada Grecia ni siquiera debería haber sido aceptada en la zona euro, ya que no cumplía con los lineamientos del Tratado de Maastrich.

Adoptar nuevamente el dracma le permitiría al gobierno devaluar su moneda frente al euro, bajando de esa manera los salarios reales de todos los griegos. Además, la devaluación le permitiría ajustar los salarios a la verdadera productividad de sus trabajadores, poniéndolos en condiciones de competir en los mercados internacionales. La lección de la crisis griega es doble: primero, el peligro de llevar a cabo una política fiscal expansiva financiada con deuda y, segundo, la importancia de tener un mercado laboral flexible. En México ya aprendimos la primera; la segunda todavía no.

[email protected]