Muchos consideran suicido político lo que Lisa Murkowski, una senadora republicana de Alaska, hizo la semana pasada. En un voto controversial, se opuso a su partido y al presidente Trump, que es de su partido, para confirmar al juez Kavanaugh como ministro de la Suprema Corte de los Estados Unidos. El presidente Trump predijo que la senadora “nunca se va a poder recuperar”.

Pero no todos están de acuerdo. En su influyente espacio The Energy 202, el Washington Post identificó una herramienta potente para que los votantes republicanos de Alaska le perdonen la audacia de haber votado contra la propuesta del presidente: haber logrado, como presidenta de la comisión de energía y recursos naturales del Senado estadounidense, que se aprobara una ley que amplía las posibilidades de exploración y producción de gas y petróleo en el Ártico.

Gracias a esta ley, el Departamento del Interior está obligado a poner en subasta los derechos minerales de bloques dentro de una región que tiene entre 4,000 y 12,000 millones de barriles de crudo técnicamente recuperables. Para los votantes de Alaska, la base política de la senadora, esto implica empleos y desarrollo económico: oportunidades que Reagan y Bush trataron de impulsar, pero no lograron.

Hasta ahora, en México no tenemos una Murkowski. La semana pasada, el presidente electo Andrés Manuel López Obrador hizo una declaración que, si se materializa en blanco y negro, borraría del mapa recursos técnicamente recuperables por más de 60,000 millones de barriles de petróleo crudo equivalente. Como José Antonio Escalera, de Pemex, explicó en una entrevista reciente: “sin fracking, no habrá más crudo”.

El impacto energético de prohibir el fracking, como López Obrador ha propuesto, es enorme. Implica reducir a la mitad los potenciales recursos petroleros mexicanos y, muy probablemente, condenar a México a depender del gas estadounidense por el futuro previsible.

Éstos son datos ampliamente difundidos. Así que seguro esto ya lo sabe el equipo de López Obrador. Lo que probablemente no se ha estudiado con suficiente detenimiento es el efecto que Murkowski entendió muy bien. Para las regiones petroleras, ampliar el acceso a los recursos implica trabajos, crecimiento, desarrollo, oportunidades, mejores salarios. Y el impacto va más allá de la industria. Un ejemplo reciente: en Dakota del Norte, gracias al acelerado desarrollo del famoso Bakken y la enorme cantidad de empleos que generó, McDonald’s tuvo que duplicar los salarios de sus empleados. El crecimiento del PIB per cápita de Dakota del Norte fue el más alto de todo el país.

Al promover la prohibición del fracking, López Obrador le está dando gusto a un grupo de ambientalistas que han sabido argumentar y movilizarse. Pero, quizás más importante, han sabido aprovechar el notorio vacío de no tener Murkowskis mexicanos. Entre nuestros políticos, parece que muy pocos han entendido que en este tema no sólo hay posibilidades de crecimiento sino, bien comunicado, votos y apoyo político.

Para Tamaulipas, Veracruz, Tabasco, Coahuila, Chihuahua, Nuevo León y, en menor escala, San Luis Potosí, prohibir el fracking eliminaría muchas posibilidades. Plantear prohibirlo, sin embargo, abrió muchas otras en el plano político. Son siete gobernadores, al menos 14 senadores y no menos de 100 diputados que tienen la oportunidad, igual que Murkowski, de demostrar que su lealtad está con sus comunidades.

“La victoria del 2010 de Murkowski (expandiendo las posibilidades petroleras) señala mejor que cualquier otra cosa sus posibilidades de supervivencia política”, dice el Washington Post. A pesar de lo que opine Trump.

PabloZárate

Consultor

Más allá de Cantarell