Van más de dos semanas desde que la plana mayor de la CFE presentó un documento apócrifo para justificar uno de los apagones eléctricos más grandes de los últimos años. En principio, aclarar el tema sería de lo más sencillo, cosa de días: sólo habría que revisar quién del cuerpo directivo ‘recibió’ el documento, de quién, jalar un par de hebras más y proceder a castigar a los culpables. Pero fue el propio Manuel Bartlett el que prometió la investigación interna. ¿A alguien le sorprende que hasta ahora no haya anuncios ni de avances?

A estas alturas, es más escandaloso que la CFE entera permita ser arrastrada. Su pasividad y silencio es inexplicable: no estamos ante una mera decisión corporativa heterodoxa, sino ante un hecho que viola valores éticos y profesionales básicos. Si a la falsificación de documento agregamos la arenga contra privados y renovables, estamos ante un hito de amplísima difusión que ha lastimado el prestigio técnico y la reputación de la CFE como una empresa competente. Pero, aún así, el Consejo de Administración de la CFE, que preside la secretaria Rocío Nahle, ni siquiera ha reprobado el acto. Ninguno de los consejeros – ni los independientes ni el del sindicato – se ha pronunciado al respecto. Y, aunque es claro que hacerlo implicaría riesgos, parece que ni los técnicos de la CFE ni los del Cenace (que tendrían acceso a buena parte la verdad) han querido refutar a los directores, temporales y políticamente nombrados, para salvar el prestigio de su organización, que es histórico, técnico, permanente. Ni anónimamente se han atrevido a poner trabas a la embestida de la dirección contra la verdad. 

Para quien ame el poder, debe ser intoxicante. Hoy, cuando Manuel Bartlett declara, si es necesario apoyándose en documentos falsos, declara ni más ni menos que a nombre de la organización que –al menos en el imaginario colectivo– ha representado al sistema eléctrico mexicano. Y nadie sugiere lo contrario. ¿No es esto el verdadero poder? ¿No es el regreso perfecto a las épocas de gloria, cuando llegó a hablar en nombre del sistema electoral de todo el país para promover los intereses de unos pocos? ¿Para ganar lo que el leía como una mera contienda?

Hoy su estrategia es más agresiva. En aquel momento, cuando se le cayó el sistema electoral, difícilmente el secretario Bartlett se hubiera atrevido a pedir concentrar más el poder en su presidente y la secretaría a su cargo. Al revés. Lo que le siguió a aquel apagón informativo en los 80s fue la independización del sistema electoral –la creación de nuevas y grandes instituciones que vigilaran que en México no volviera a pasar algo así. El Instituto Nacional Electoral hoy es caro. Para algunos, puede ser controversial e incómodo. Pero es un contrapeso que dificulta que algún político particularmente poderoso pueda abrumar o torcer los procesos electorales.

Hoy, que no ha pasado ni un mes de la crisis del mega-apagón, ¿no es un descaro que Manuel Bartlett haya sugerido que su CFE ya no debería tener reguladores? ¿No es sospechoso que quiera deshacerse de organismos autónomos como la Cofece, que ha señalado sus intenciones monopólicas, o del INAI, que de vez en cuando le pide que transparente documentos? Vaya, parece que ni a la CRE, por más señales de sumisión que le envíe, la ve con buenos ojos. Y por supuesto que no ha retractado la insistencia en que el Cenace le debería pertenecer formalmente.

¿Será esta generación, que se supone políticamente más libre y despierta que la de los 80s, la que permita que Manuel Bartlett consolide su poder a partir de una crisis autogenerada? ¿Será esta la que, casi como premio por la crisis, le dé un cheque en blanco para que ya no se moleste en rendirle ni un gramo de cuentas a nadie más que no sea su consejo, de papel, y su presidente –nuestro presidente– López Obrador?

@pzarater

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell

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