Así llamaban los romanos a las cosas imposibles, tan raras como el partido de tenis más largo de la historia, que se prolongó por 11 horas.

Hace unas horas terminó el partido de tenis más largo de la historia. John Isner y Nicolas Mahut hicieron algo más que romper un récord: parieron un cisne negro. Un partido de tenis a cinco sets dura de tres a cuatro horas, cuando se juega sobre césped. Este match duró 11 horas e implicó 980 puntos en 183 juegos. Podríamos compararlo con un partido de basquetbol que tuviera un marcador de 408 a 406, luego de 12 tiempos extras o una serie de penales de futbol que concluyera con un marcador de 67-66. Así de raro fue.

La rareza de este partido de tenis puede comprenderse cuando se compara con el récord anterior.

En el 2004, Fabrice Santoro y Arnaud Clement jugaron durante seis horas y 33 minutos en el Roland Garros. No hay una forma razonable de explicar qué pasó en el partido entre Isner y Mahut.

Cisne negro llamaban los romanos a lo imposible. El término siguió utilizándose en Europa hasta el siglo XVII, cuando un explorador holandés descubrió en Australia los cisnes negros. A partir de ese momento el término se comenzó a aplicar para describir cosas que parecían imposibles y resultaron no serlo.

Nicholas Taleb recupera el término en uno de los ensayos más brillantes de los últimos años.

Afirma que no estamos preparados para afrontar los hechos extremadamente raros, porque los tratamos como si fueran imposibles. Los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York son un cisne negro, lo mismo que el estallido de la guerra civil en Líbano o el ascenso de China y la expansión de Internet.

A este pensador de origen libanés no le interesan los eventos deportivos, al menos no les dedica espacio en su libro (de 2007). Su atención se concentra en sucesos extremadamente raros y de gran impacto. El crack bursátil de 1987 lo convirtió en millonario, mientras trabajaba como operador para una firma de inversión. Le enseñó que los mercados financieros son especialmente vulnerables a los cisnes negros, porque confían demasiado en modelos de predicción que no tienen espacio para los eventos muy improbables.

La crisis financiera se convirtió en un suceso de proporciones titánicas, porque la mayor parte de tomadores de decisiones no tomó en serio la posibilidad de quiebra de grandes como Lehman o Merrill Lynch. Algo parecido ocurrió en el 2010, con la crisis de confianza en la zona euro. Había información que permitía anticipar problemas, pero fue procesada mediante mapas mentales que excluyeron la posibilidad del peor escenario. La ciencia de la predicción está en pañales, dice Taleb, pero se veneran las predicciones como si no supiéramos que casi siempre fallan.

Los medios de comunicación y los expertos se ocupan en demasía de las cosas que ocurren de forma frecuente, pero casi nadie está despierto cuando lo improbable aparece en el radar. Hay mucho dinero para quienes dicen cosas obvias, pero pocas recompensas para los que imaginan cosas casi imposibles. En un sentido estricto, el match de Isner-Mahut no califica como cisne negro en el mundo Taleb, porque no cambiará una parte significativa de la realidad. El desastre de BP en el Golfo de México sí es un cisne negro, lo mismo que la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca. ¿Ustedes pueden imaginar a la Selección Mexicana ganando el Mundial de Sudáfrica? Confieso que yo no sé si eso es un cisne negro o un sueño de opio.

[email protected]