Seguimos sin entender que la cercanía geográfica no basta para aprovechar un acuerdo comercial con el país más rico del planeta.

De los mexicanos, 9% habla inglés. Ésa es una desventaja competitiva y una de las principales razones por las que no hemos aprovechado el potencial del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá (TLCAN).

Los hubiera sí existen, en forma de escenarios alternativos. Imagínense que México hubiera implementado una estrategia generalizada de educación de inglés desde el momento en el que se firmó el TLCAN. Tendríamos una situación donde casi toda la población mayor de 30 años sería capaz de comunicarse en inglés. Nos daría una geografía humana muy diferente e implicaría enormes ventajas competitivas en áreas de alto valor agregado: turismo, Tecnologías de la Información, servicios educativos, editoriales y audiovisuales, entre otros.

No lo hicimos. En esto no tienen la culpa los sindicatos de maestros. Nunca ha habido un proyecto oficial ni privado de gran escala para incrementar la capacidad nacional en el uso del inglés como segundo idioma. Es absurdo que México sea el quinto lugar de América Latina en el índice de nivel en inglés de Education First. Argentina, Uruguay, Costa Rica y Perú aparecen mejor clasificados que México.

De los mexicanos, 9% dice que habla inglés, de acuerdo con una encuesta realizada por Consulta Mitofski. Pueden apostar que el porcentaje real es aún más bajo porque hay un incentivo a exagerar el propio conocimiento del idioma de Shakespeare. Un poco de inglés basta para ligar a una spring breaker o cantar a U2 en el karaoke, pero la realidad profesional es más dura: seguimos sin entender que la cercanía geográfica no basta para aprovechar un acuerdo comercial con el país más rico del planeta.

El inglés sigue siendo en México un asunto de élites, mientras que otros países han asumido que es un vehículo para hacer negocios y enriquecer el capital humano: China, Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Tailandia, entre otros. Nótese que en estos países el reto de hablar inglés es mayor que para los mexicanos. Sus lenguas maternas no tienen nada en común con el inglés.

Los empresarios de la industria electrónica se quejan de la escasez de ingenieros con dominio óptimo del inglés. Esto ocurre en Guadalajara, Tijuana, Ciudad Juárez o Monterrey. Es tan aguda la falta de personal con capacidad de comunicarse bien en inglés que quien lo habla tiene la posibilidad de ganar 40 o 50% más que los monolingües.

En México, hablar inglés ha sido un asunto de esfuerzo personal o de pertenencia a un estrato socioeconómico medio-alto o alto. En otros países es una política de Estado. El TLCAN ha modificado la forma en que trabajamos y comemos; el modo en que nos informamos y nos divertirnos, pero no ha impactado nuestra realidad lingüística. Seguimos siendo un país donde el inglés es asunto de minorías. En México, el número de personas que lo hablan es similar al que habla lenguas indígenas (que también deberían apoyarse, pero ése es tema de otra columna).

Nadie discute la necesidad de tener una política pública en torno de las Tecnologías de la Información. ¿Por qué no tener una política pública que propicie el inglés como segunda lengua? El lenguaje es una tecnología social de comunicación que complementa las tecnologías materiales, como la infraestructura telefónica o de Internet. ¿Por qué no lo hacemos? I don’t know.

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