Que México haya adoptado desde hace ya décadas la flotación cambiaria, no quiere decir que la reserva internacional haya perdido relevancia. Aunque ese acervo ya no se utiliza para mantener las cotizaciones del peso en un cierto nivel o trayectoria, eso no quita importancia a la reserva internacional.

Seguramente nadie en las ilustres filas del autodenominado Gobierno de la Cuarta Transformación se le ha ocurrido averiguar la forma en que el Banco de México ha logrado acumular una reserva internacional cuyo monto ya asciende a 194,380 millones de dólares.

La institución ha conseguido acumular tan importante acervo de divisas mediante la compra de dólares con la emisión de pesos. Esas compras de moneda extranjera como moneda nacional se han llevado a cabo mediante un proceso gradual y cuidadoso de muchos años bajo la consigna de afectar lo menos posible las cotizaciones de la moneda mexicana en el mercado de cambios. Pero un importante aspecto técnico en ese programa es que los pesos que emite el Banco de México se contabilizan en su hoja de balance como un pasivo cuyos acreedores son los ciudadanos del país tenedores de la moneda que se ha emitido.

En consecuencia, en el neto o en balance la reserva internacional no se tiene en disposición o como capital disponible. Así, en un sentido estrictamente contable esa partida de activo tiene la finalidad de darle garantía o respaldo a la oferta monetaria que pone en circulación el banco central. Además de ilegal, sería una pésima idea financiera invertir la reserva internacional en deuda de una empresa quebrada como Pemex. ¡Sería como meterle dinero bueno al malo!

Que México haya adoptado desde hace ya décadas la flotación cambiaria, no quiere decir que la reserva internacional haya perdido relevancia.

Aunque ese acervo ya no se utiliza para mantener las cotizaciones del peso en un cierto nivel o trayectoria, eso no quita importancia a la reserva internacional. Lo que pasa es que esos activos tienen ahora otra finalidad muy importante, la de fortalecer la confianza en México de los mercados internacionales y de los inversionistas del exterior.

Es decir, un activo tangible se utiliza para fortalecer otro activo intangible del país que no es de escasa importancia: la confianza en México como destino de inversiones externas. De no contar el Banco de México con una reserva internacional importante tenga por el consejero de Pemex, Paullada, que las colocaciones por parte de México de bonos se harían a tasas mucho más elevadas que las observables.

bdonatello@eleconomista.com.mx

Bruno Donatello

Columnista

Debate Económico

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