La historia energética mexicana está plagada de falsas equivalencias. Seguro se podría hacer un largo análisis empezando desde el discurso y propaganda de la expropiación. Pero no hay que ir más lejos que la fórmula propuesta ya en este siglo: “Pemex no es una empresa. Pemex es un País. Pemex es México.”

Como silogismo, es impresentable. Como mantra político de oposición, es impecable. Al destruir a Pemex, decía el discurso, los gobiernos en aquel momento neoliberales estaban destruyendo México. ¿Cómo se atrevían a plantear que Pemex, que “no es una empresa”, compitiera o se asociaría con empresas? ¿Qué fuera eficiente y se sometiera a métricas? ¿Cómo podría rebajarse así al país? ¿De plano odiaban tanto a México?

Ya en gobierno, hay que serenarse. Las cosas no se pueden tomar tan literales. Si no, se puede llegar a ciertos absurdos. ¿Acaso el hecho de que Pemex, que es México, sea la empresa con más muertos y contagiados por Covid-19 en todo el mundo significa que México es el país que peor ha manejado la pandemia? ¿Que Pemex no esté cerca de alcanzar ninguna de sus metas o producir evidencias contundentes de haber sido rescatada significa que el País va en la dirección equivocada? ¿De verdad los crecientes peligros y problemas que los expertos y analistas identifican para Pemex implican que algo tan sagrado como un proyecto de nación esté en riesgo de fracasar?

Mejor hay que hacer una pausa. Todo esto está en la raya y fácilmente puede malentenderse. El espíritu del discurso auténtico, para aclarar, nunca se destruye ni abandona. Se transforma. El punto siempre fue defender la soberanía de los mexicanos. No en un sentido amplio, que implicara los mexicanos tuvieran un acceso privilegiado a tecnología y recursos para perseguir cualquier sueño petrolero – en realidad, la única forma de hacerlo en el sueño soberano es a través del gobierno y los funcionarios que este asigne. Mucho menos en el sentido de aprovechar al máximo nuestros recursos. Para estas alturas, es claro que los límites impuestos por la soberanía implican que mucho del petróleo mexicano – que, en algún momento bajo otras condiciones, podría haber sido valiosa – va a quedarse enterrado.

Pero estas ya son minucias. Son detalles, que a ninguna plaza pública encienden o emocionan. Además, como cualquier comunicador político experimentado sabe, si estás explicando estás perdiendo. Comunicar así es inaceptable.

¿Qué tal, entonces, el escandalazo de Emilio Lozoya? ¿Qué tal esas maletas que muestran que absolutamente, sin lugar a dudas, todos los que apoyaron la reforma se vendieron? Es que es clarísimo: Emilio Lozoya no es un funcionario que bloqueó muchos aspectos de la reforma energética y terminó su gestión asfixiado en escándalos. Emilio Lozoya tampoco es un exfuncionario caído y detenido, buscando venganza. Emilio Lozoya es Pemex. No no, olvida esto último.

Ahora sí, va la buena: Emilio Lozoya es la reforma energética, que no es más que corrupción y la destrucción de Pemex. Exacto. Y Pemex no es una empresa. Pemex es un país. Pemex es México. ¿Ya no se acordaban? No, no tan literal. No todo el tiempo. Caray, no hay que complicar de más. Ni enrollarse con los datos o detalles. ¿Te imaginas si Hidalgo hubiera gritado así? ¿Si Madero se hubiera pronunciado así? ¿Si Cárdenas hubiera expropiado así? ¿Quién en su sano juicio los hubiera seguido? ¿Qué transformación habrían logrado?

Viva México. Viva Pemex.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell