La economía no creció como se esperaba.

El plan gubernamental era tan simple como esto: lograr altas tasas de crecimiento para el país impulsando un paquete de reformas estructurales. Con la energética como la cabeza, la de telecomunicaciones como parte del cuerpo y la fiscal como la mano izquierda.

La ruta crítica incluía esperar tasas de crecimiento superiores a 5% para la segunda mitad del gobierno y para ello se planeó una ayudadita fiscal. Total, un poco de gasto deficitario habría de cubrirse fácilmente cuando se cumpliera al pie de la letra con el Mexican moment.

Ya le llegará el momento a la reforma energética para ser reconocida como uno de los grandes cambios positivos del país, seguro no le tocará gozar de esas mieles al actual gobierno. Pero el costo de darle paso a ese cambio fue darle por su lado a las llamadas izquierdas, al recargar la llamada reforma fiscal en los contribuyentes de siempre, sin corregir las grandes avenidas de evasión fiscal.

El resultado fue un aumento en la recaudación, pero a costa del crecimiento de los agentes privados. Y así, desde el 2014, inició una contracción del gasto privado, que se agravó con el derrumbe del precio del petróleo.

La economía no creció como se esperaba, los privados tenían las manos atadas con un lazo fiscal y el derrumbe en los ingresos petroleros acabó por descomponer la salud de las finanzas.

Tras el paquetazo fiscal, el gobierno federal juró que no volvería a tocar a los contribuyentes. Incluso, firmó un pacto de no agresión fiscal, en el que prometía que hasta el 30 de noviembre del 2018 no habría una sola iniciativa presidencial en materia de cambio a los impuestos.

En su autopacto, dejaron una cláusula que hoy podría ser validada. Esa letra pequeña advertía que si las condiciones macroeconómicas lo requerían, entonces sí habría una nueva propuesta de impuestos.

Bien, pues esa condición se cumplió. Hoy hay razones más que suficientes para que desde el gobierno federal se busquen replanteamientos tributarios.

La tentación de recargarse en los habituales siempre será el camino fácil, pero hay posibilidades de ampliar la base tributaria para aumentar los ingresos. Y al mismo tiempo, se pueden liberar recursos a los privados para que aumenten el gasto y la inversión.

Debe mover el piso del gobierno federal y su vapuleado partido político el hecho de que los panistas anuncien una alianza con las organizaciones de la Iniciativa Privada para proponer una reforma fiscal.

Podrá un planteamiento en materia tributaria del Partido Acción Nacional no superar el Congreso dominado por el Partido Revolucionario Institucional y partidos satélites que le acompañan, pero el ruido será inevitable. Nunca se puede descartar una fractura priista, como ya ha sucedido antes.

Desde el gobierno federal, defienden la aplicación de más recortes al gasto público, pero compensar la falta de ingresos petroleros gastando menos es una medida recesiva, en comparación con el aumento de los ingresos fiscales.

Pero podemos dar por hecho que habrá iniciativas de reforma en materia fiscal durante la segunda mitad del año, con miras para que entren en vigor en el 2017.

Podrían algunas ser propuestas desde la oposición y avaladas a través de alguna escisión priista, ya sea real o estratégica, para no incumplir el pacto de no agresión fiscal del gobierno.