La relación actual entre México y Estados Unidos es anómala. Ni Trump ni Peña Nieto se han sometido a interacciones públicas, lo mismo en Washington que en la Ciudad de México. Hamburgo los reunió el año pasado durante la cumbre del G20, pero entre los dos han evitado a toda costa extender el ritual diplomático de la oficialidad que transita a través de invitaciones a sus respectivas residencias presidenciales. Sin histrionismo, la política del siglo XXI se opaca.

La diplomacia también requiere de un seductor storytelling interpretado por grandes actores. Bienvenidos a la realidad, la relación bilateral se limita a interacciones subterráneas.

Lo dijo Luis Videgaray el pasado viernes en la Ciudad de México ante Rex Tillerson: “Creo que, de muchas maneras, la relación (con Estados Unidos) hoy es más fluida, está más cerca de lo que estuvo con administraciones anteriores, lo que podría sorprender a algunas personas, pero eso es un hecho”.

En efecto, “podría sorprender” si tomamos en cuenta la animadversión de la opinión púbica mexicana sobre el presidente Trump. Sin embargo, las palabras de Videgaray no sorprenden si asimilamos la mala relación que tuvo Hillary Clinton con el presidente Peña Nieto, y la gélida visita de Obama a Toluca el 29 de abril del 2014.

Del huracán político, categoría 5, detonado por la visita del candidato Trump a Los Pinos han pasado casi 18 meses. Tiempo suficiente para identificar una reacción de Hillary Clinton en contra del presidente Peña.

En abril del 2016 Hillary Clinton le dijo al periódico La Opinión de Los Ángeles: “No creo que violar los derechos humanos de la gente sea la mejor manera para que el país (México) esté en posición de derrotar a los cárteles criminales”. La que fuera candidata presidencial lo dijo cuatro meses antes de que su antagonista electoral aceptara la invitación para visitar Los Pinos.

La dura opinión de Clinton fue complementada con dosis de ironía. “Me gustaría que el gobierno mexicano, si llegara a leer esta entrevista, se dé cuenta de que tiene que imponer altos estándares para los funcionarios gubernamentales que tienen poder policial o poder militar”.

No es necesario elaborar una conjetura para identificar la razón que tuvo Clinton para rechazar la invitación del presidente Peña en el 2016, pero sobre todo, tampoco es necesario descifrar el camino que tomaron Videgaray y el propio presidente mexicano para mostrar una preferencia hacia Donald Trump durante su batalla política con la demócrata.

Justin Trudeau viajará a Chicago, San Francisco y Los Ángeles entre el 7 y 10 de febrero. En su agenda, un objetivo: el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Sabemos que entre Canadá y Estados Unidos florecieron diferencias profundas durante la sexta ronda de negociación del TLCAN.

El primer ministro canadiense no sostendrá encuentro alguno con Trump. Su visita reconfigura el escenario diplomático entre México y Estados Unidos; de las ausentes interacciones públicas entre Peña y Trump se dibuja un escenario: ¿Tendría que viajar Peña a Los Ángeles para encontrarse con los dreamers? ¿O a Ohio, para charlar con agricultores que venden granos a México?

Fausto Pretelin

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.