Durante el debate entre los precandidatos panistas celebrado el pasado 31 de enero, Ernesto Cordero, en lo que en ese momento todos pensamos era un dislate, habló de un tal Vicente Calderón. Las burlas se tardaron en llegar menos de lo que dura un merengue en la puerta de un colegio. Yo me imaginé al personaje chaparrito, bigotón de botas. Hubo quien pensó se trataba de una bebida mezcla de Coca-Cola y Presidente.

Pero lo que Cordero insinuó en ese momento era que se gestaba un personaje panista que salió a la luz pública el pasado jueves: Vicente Calderón, el director de la campaña de la candidata blanquiazul a la Presidencia Josefina Vázquez Mota, ésta labor la combina con las obligaciones que contrajo, con el nombre de Felipe, de gobernar para todos. El nombre propio del personaje surgió en recuerdo de un ranchero muy alto -razón por la cual el agua no le sube con facilidad al tinaco- que hace seis años impulsó, utilizando tácticas arbitrarias, al aspirante del PAN a montar el caballo que el gigantón de las botas dejaba a la mitad del río. Aquí cabe decir que las aguas del río, que había prometido limpiar de sabandijas y peces gordos, las dejó más turbias que cuando empezó a cabalgar.

El apellido del individuo vislumbrado por el exsecreario de Hacienda, exprecandidato de Acción Nacional a la Presidencia de la República, ahora aspirante a Senador, proviene del jinete que actualmente monta al susodicho caballo. Lo monta pero el cuaco no avanza, sigue a la mitad del río cuyas cenagosas aguas, durante su fallido cabalgar, se tiñeron de sangre. Por cierto, el jinete actual no era el favorito original del ranchero para subirse a la cabalgadura, pero cosas fuera de su control familiar -con este término involucro a su señora esposa que con sus queridos vástagos contribuyeron al enlodamiento de las aguas- provocaron que Felipe ganara la interna blanquiazul. Por ende, al señor Fox no le quedó más remedio que apoyarlo para montarlo en el jamelgo nacional, haiga sido como fue, ante el peligro que, para la pandilla en el poder usufructuaria del nombre de la nación, suponía el jinete de la izquierda, mismo que esta vez, aparentemente, se le acabó la fuerza y ya soltó la rienda o, cuando menos, eso es lo que la precitada pandilla quiere hacernos percibir.

Antes de entrar a los pormenores de un extraño caso de dualidad de personalidades que me propongo narrar, sólo añadiré que de manera similar a la de su antecesor, al primer Centauro del país se le salió de control el movimiento partidista para designar a su sucesor en la silla -de montar-. Él quería que el penco quedara en manos de un pseudocaballista, cuate de su cuadra. Pero éste resultó tan novato que la única experiencia ecuestre previa registrada en su fugaz trayectoria hípica fue en un carrusel de feria. Por cierto, al bajarse se sintió mareado.

El amigo del doctor Calderón -ésta es una de las dos personalidades del protagonista de mi relato- fue derrotado en la confrontación interna por una amazona. Aunque no han faltado los que opinan que el sujeto de mi historia usó a su cuate nada más para fintar en algo a lo que podríamos llamar una escaramuza charra.

La cuestión es que a la dama designada como la caballista blanquiazul, mister Vicente -la otra y siniestra identidad de nuestro hombre- tiene que ayudar, a como dé lugar y utilizando todos los recursos a su alcance, a montarse en la silla.

El doctor Calderón y mister Vicente

Con la investidura de Presidente de la República, el personaje de esta narración, asistió a una reunión con la cúpula de Banamex el 23 de febrero del presente. Todo transcurría con normalidad. El Jefe del Ejecutivo expuso en su presentación diversos temas de materia económica, social y de seguridad. Hasta que en un momento, la naturaleza de mister Vicente se apoderó de la del doctor Calderón. Entonces como quien no quiere la cosa y sin que viniera al caso, la información tomó un tinte electoral, el Mandatario transfigurado en director de la campaña de Josefina mostró una gráfica donde se apreciaban los resultados de una encuesta, supuestamente realizada para la Presidencia de la República, que marcaba sólo una diferencia de cuatro puntos entre el puntero Peña Nieto y la señora Vázquez Mota, al tiempo que expresaba el dato que la competencia electoral se presentaría muy reñida -¿dato preciso o simple deseo?-. Al día siguiente la encuesta en la que el doctor Calderón o, mejor dicho, su otro yo electoral, mister Vicente, se basó para hacer su optimista vaticinio fue descalificada por sus rivales políticos y contradicha por las encuestadoras de prestigio que mostraron resultados muy diferentes a los pregonados por el gobernante transmutado en operador de campaña.

Como en la novela de Robert Louis Stevenson El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde, en Felipe Calderón conviven dos extremos de conducta. La del gobernante imparcial que marcan las leyes y la del apasionado militante partidista que está dispuesto a recurrir a todo para que su partido no sea desplazado del poder. La convivencia de procederes ha generado un nuevo ser de colores blanco y azul, el anunciado por Ernesto Cordero, el ya citado Vicente Calderón.

Cuando el temperamento de mister Vicente impera sobre la voluntad del doctor Calderón, el ente es capaz de mentir, agredir y recurrir a bajezas para salirse con su objetivo, en este caso electoral, concretamente el triunfo de su candidata.

Posteriormente, al momento en que el doctor Calderón recobra el dominio de la personalidad del ente dual, ofrece disculpas y declara que su actitud, durante la confrontación comicial que se avecina, será la de un estadista serio, imparcial y demócrata.

Vicente Calderón no existiría si en México, al igual que en otros países democráticos, fuera legal que el Presidente realizara labores partidistas. Pero a consecuencia de la reforma electoral, aprobada por todos los partidos en el 2007, criticada y vilipendiada por los mismos en el 2012, no sólo están prohibidas las proselitistas para el Jefe del Ejecutivo, sino para cualquier funcionario público. Ésa es la ley, si usted quiere es absurda, pero está vigente y hay que respetarla.

Si el lector conoce la novela aquí aludida, recordará que en un principio el honorable Jekyll se convertía por su voluntad, mediante la ingesta de un compuesto químico de su invención, en el abyecto Hyde. La trama transcurre y se tensa cuando el doctor ya no puede adquirir los componentes originales de la poción transformadora y ésta deja de provocar su efecto. Entonces, predomina la naturaleza maligna de Hyde. El doctor Jekyll sucumbe ante la calamidad que lo separa de su rostro y verdadera naturaleza.

Si, a la medida que se vaya acercando la fecha de los comicios, la personalidad de mister Vicente prevalece, de manera irreversible, sobre la del doctor Calderón, preparémonos para ver cómo toda la fuerza del gobierno calderonista es volcada en favor de la causa de Josefina, como seis años antes el foxismo apoyó a Felipe. Hay una variante entre la novela de Stevenson y la realidad mexicana. En la ficción literaria cuando la personalidad de Hyde imperaba, la de Jekyll se anulaba, y viceversa. En la comparación que propongo, si bien un talante -el del mister- imperará sobre el otro en la intención; los conocimientos y experiencia de la otra personalidad -la del doctor- no serán anulados, sino sumados a la dominante. Así veremos que en la medida que mister Vicente subyugue al doctor Calderón, al sentido práctico, a la irresponsabilidad, a la falta de escrúpulos y desenfreno de aquél se sumarán la sapiencia política y el catálogo de mañas que dan la larga militancia y el ferviente, obsesivo, antípríísmo de éste.

Vicente Calderón se propone devastar al PRI utilizando, para ello, la judicialización de la política electoral, la guerra sucia y el empleo de toda clase de recursos lícitos e ilícitos.

¡Ahí viene el lodo! ¡Y será feroz!

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