En Francia, entre 1,000 cosas más, hay que visitar el imponente Pont de Gard, sobre el río Gard, acueducto de 50 kilómetros de largo. El tramo famoso es de tres arcos superpuestos que miden 275 metros de longitud.

Comparémoslo con el canal del Padre Tembleque, que recorre 34 kilómetros, entre Otumba, Estado de México, y Zempoala, Hidalgo. La parte que salva la barranca de Tepeyahualco es de un poco más de 1,000 metros, cerca está Ciudad Sahagún; la arquería, un solo piso, excepto la arcada central, en su trecho más alto tiene 40 metros sobre la tierra.

Por arriba del Pont de Gard, construido por ingenieros romanos y muchos esclavos, pasan automóviles; si caminamos por el de Tembleque, obra de un humilde franciscano con la ayuda de sus indígenas lugareños, hay que hacer equilibrios y tener buena cabeza para no caer, lo cual da idea de su esbeltez.

En torno de este prodigio hidalguense, cuatro gatos acuden a conocerlo de vez en cuando: hay polvo, nopaleras y magueyales. La diferencia entre progreso y atraso. Nos falta proyectar circuitos turísticos y hacerlos funcionar mediante inversiones de toda índole, no muy cuantiosas.

Ante el notable desarrollo económico, quedó atrás la bucólica campiña gala, con sus villas, hospederías y fondas.

Los parisinos me parecieron secos, mal educados y muy poco amistosos.

Les ha dado por dorar cosas: la orla de la ópera, la cúspide del obelisco egipcio, la estatua de Juana de Arco, entre otras.

Ciudad vanidosa, alberga gente con la misma cualidad. Los nacionalismos, en Europa o en cualquier parte, han sido catastróficos, causantes de una gigantesca montaña de fallecidos y de un enorme sufrimiento de inocentes.

En Notre Dame se lee en una lápida: En memoria del millón de muertos del Imperio Británico , caídos en la segunda contienda mundial.

Por fortuna, somos vecinos del país más poderoso del mundo, no tenemos de qué presumir ni con quién pelear. México, una mirruña que no aprovecha la oportunidad y se conforma con las migajas que le echan: un poco de inversión, de turismo, de financiamiento y de empleo.

Con más de 110 millones de habitantes, somos pobres por falta de conciencia, de unidad, de voluntad y de proyecto.

Odiamos la enajenación que viene con el desarrollo, por lo cual preferimos permanecer estancados, nomás mirando cómo nos rebasan las naciones que hace poco superábamos.

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