El silencio del partido gobernante le podría hacer perder la elección

El efecto de un ruido ensordecedor suele ser el susto y el susto genera reacciones, muchas veces negativas. ¿Cuál será el efecto del silencio ensordecedor de la negación? Más precisamente, ¿cuál será el efecto del silencio que una parte importante del sistema político uruguayo decidió adoptar para negar —con mayor o menor énfasis— que en Venezuela, dictadura o no dictadura, se violan sistemáticamente los derechos humanos?

En una elección nacional que se prevé ajustada, y que puede ser aún más apretada de lo que recién comenzaron a delinear las encuestas, temas aparentemente tan lejanos como las violaciones a los derechos humanos en un país latinoamericano ubicado en la otra punta del continente podrían terminar definiendo votos.

Parece un contrasentido que para el partido de gobierno, que por primera vez en tres lustros ve un inminente peligro su supremacía en las urnas, los niños desnutridos, los asesinatos políticos y la rampante violación de los derechos humanos en Venezuela no se hayan convertido ya en una bandera de campaña. ¿Cuánto paga electoralmente la estrategia del silencio?

Al Frente Amplio (partido al que pertenece el actual presidente) le cuesta demasiado dejar atrás fidelidades históricas de izquierda de los 50. Está bien ser fiel, pero hay que tener cuidado de que la fidelidad no genere inmovilismo o, peor aún, que no te convierta en un retrógrado.

5,287. Un número tan preciso fue el que incluyó Bachelet en su informe y es la cantidad de personas que fueron asesinadas sólo en el 2018 por las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES), un comando de la Policía Nacional Bolivariana creado en el 2017 por Nicolás Maduro, el mismo grupo que envió en febrero a la frontera con Colombia, por la que la oposición (con el apoyo de Estados Unidos) pretendía ingresar ayuda humanitaria.

Hay una sencilla razón por la cual una vez sí y otra también los periodistas le preguntan a los candidatos frentistas sobre la URSS o sobre Cuba (y ahora sobre Venezuela), además de levantar la tensión de las a veces apagadas entrevistas; es que llama la atención que un partido que llegó al gobierno hace 15 años y evolucionó en todos los sentidos al ritmo de la realidad constante y sonante de los problemas que debe enfrentar un gobierno, se aferre como a un salvavidas a cuestiones dogmáticas que parecen más caprichos que necesidades.

A excepción de algunos históricos y de los radicales/sospechosos de siempre, son pocos los frentistas modernos que se molestarían por una revisión histórica que ya no es sólo necesaria sino lógica.

El Frente Amplio no ha defendido con tanta vehemencia otros regímenes de izquierda o “progresistas”—léase Argentina con la caída de los Kirchner y Brasil con la de Dilma—. A esta altura, la discusión sobre si Venezuela es o no una dictadura podría resultar hasta irrelevante. Lo que no es irrelevante es que allí sucede lo que sucede. Lo que no es irrelevante es que el partido de gobierno de este país democrático (democracia a la cual el Frente Amplio aportó mucho más que 15 años de gobierno) comprometa ya no sólo la reputación internacional sino incluso su propia chance de volver a gobernar.