El confinamiento global nos ha enseñado a reorganizar nuestras rutinas, a considerar aquellos valores que son fundamentales, a medir las amenazas y afirmar la vida.

Independientemente de lo que se ha hecho, lo que falta por hacer y la llegada esperanzadora de la vacuna contra el Covid-19 lo que queda como experiencia es que ha sido un catalizador a nivel mundial que evidencia la confusión. Asimismo, la escasa previsión de acontecimientos en todo el mundo.

El corto plazo siempre nos agobia y limita. Se reconoce por parte de expertos en ciencia y medicina que con una mínima parte de las pérdidas económicas que ha producido la pandemia, se pudo haber creado un operativo global de alarma con resultados positivos.

Resulta notable que a nivel internacional existan los instrumentos institucionales para resolver los problemas globales. Pero los resultados son insuficientes debido a la desconfianza de los líderes y gobiernos que tejen alianzas espurias.

No se asumen decisiones operativas eficaces. También se ha abandonado en la economía la planeación de las actividades gubernamentales. Se le estigmatizó como instrumento de los países socialistas, mismos que nunca han existido como reconoció Gorbachov cuando hizo el desmontaje de la Unión Soviética.

También se especula que después de la pandemia ocurrirán transformaciones sociales importantes, cuestión que ofrece dudas. Lo más probable es que se hará un fortalecimiento de la capacidad de estudiar y prevenir pandemias futuras por parte de la Organización Mundial de la Salud.

El confinamiento global nos ha enseñado a reorganizar nuestras rutinas, a considerar aquellos valores que son fundamentales, a medir las amenazas y afirmar la vida.

Económicamente ha habido una regresión mundial en la producción y el empleo, lo que probablemente se supere con programas tanto públicos como privados. Lo que resulta notable es que si a los países más industrializados les está pegando duro la pandemia, en los países pobres el común denominador es el desastre.

Lo que está faltando en los países grandes es cooperación. Ante las evidencias de sus líderes de no involucrarse en las soluciones globales, el Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, ha dicho lo siguiente: "Nadie quiere un gobierno mundial, pero debemos trabajar juntos para mejorar la gobernanza global (...) El multilateralismo no es una opción, sino una necesidad en nuestra tarea de reconstruir el mundo para hacerlo más igualitario, más resiliente y más sostenible".

Las batallas en favor de la democracia van de una electoral a una de eficacia que necesita de un pueblo más informado y competente. También de la mano con la cooperación, la pluralidad ideológica, la tolerancia. Si se descuidan emerge el nacional populismo como se ha visto en Estados Unidos, el país económicamente más rico del mundo. Y lo peor, el surgimiento de gobiernos autoritarios.

Decía Francois Mitterrand que fue Presidente de Francia por dos periodos: "Dejad que la tiranía reine sobre un metro cuadrado y pronto reinará sobre la superficie del mundo".

La otra batalla importante es la economía. Ya hay proyectos importantes en Estados Unidos y en los países europeos para apoyar a la actividad económica sobre la base de flujos importantes de dinero. Si el pasado es memoria ahí está el ejemplo indiscutible del "New Deal" que un hombre de gran estatura moral y política realizó en tiempos difíciles, el Presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt. El Estado de Beneficiencia que creó para garantizar un nivel mínimo de vida y servicios sociales, hoy es irrebatible su importancia.

smota@eleconomista.com.mx

Sergio Mota Marín

Economista

Economía y Sociedad

Escritor y licenciado en economía, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. De 1984 a 1990 fue embajador de México ante el Reino de Dinamarca, donde se le condecoró con la orden Dannebrog.

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