El tedio, como bien dijo Manuel Toussaint, es una de las bases de la vida contemporánea. Sin embargo, en el momento en que don Manuel escribía estas consideraciones, todavía tenía el tedio una condición de bien otorgado, de bella flor del mal, mortífera como las adelfas y enfermiza como las mimosas, pero con una categoría refinada, como de spleen de poeta europeo que no sabe si gastar sus vacaciones en la melancolía poética o en una borrachera de ajenjo mirando las aguas del Sena.

Ahora el tedio es diferente. Es intercambiable. Antes de la Semana Santa, el fastidio se acumula en oficios, horarios, el mismo grito del mismo jefe que quiere lo mismo de siempre para obtener el mismo, tedioso, idéntico resultado. Y entonces, nos asalta aquella necesidad de lo novedoso y distinto. No nos damos cuenta de que de lo nuevo también todo mundo se queja: si no hay ruta, que dónde está el camino, si ya hay camino, que dónde está el asfalto y si ya hay asfalto, que dónde quedaron los arbolitos.

¿Será que todo tiempo pasado fue mejor? ¿Antes de ser el Paseo de la Emperatriz, era más hermoso el piso lleno de polvo y piedras, pero era mejor ese que el Paseo de la Reforma? Porque hoy de paseo, no tiene nada. Es más bien una prueba para el espíritu: ¿cuántos semáforos, cambiando a verde sin que nada se mueva, puede uno soportar? ¿Cuántos minutos sin llegar más allá de las rejas de Chapultepec?

Admitámoslo, lector querido, hay quejas que tienen el encanto de la nostalgia y la fuerza de la lógica: ¿a quién carajos puede importarle más el gris cemento que el verde árbol? Por eso Miguel Ángel de Quevedo ya no vive, ¿qué clase de Apóstol del Árbol puedes ser si el concreto se comió todas tus plantas? Mejor desaparecer y convertirse en avenida, ¿qué no? O ¿acaso nos pondremos a extrañar aquellas maravillas que la Duquesa de Job miraba mientras recorría la calle de Plateros cuando iba desde las puertas de la Sorpresa (ahora asiento del Palacio de Hierro) hasta la esquina del Jockey Club (hoy Sanborns de los Azulejos)? No, ¿verdad? Si ni siquiera estamos seguros de haber leído ese poema de Gutiérrez Nájera.

Porque hay muchos, con rezagos porfirianos a los que la furia y la nostalgia los atacan a destiempo. Hubieran preferido que la calle de Plateros no se convirtiera en la avenida Madero. Y no por un asunto ideológico: nada más porque suena mucho mejor algo plateado que el nombre de un héroe de trágico destino. Otros quisieran seguir viviendo en la región más transparente. Antes de la inauguración de la Villa Olímpica... ¿No será que el enojo por los metrobuses que recorren Insurgentes es más bien el terror de ir perdiendo referencias?

¿O qué todo es como el cuento de la nana que escondió la licuadora en el fondo de la puerta más escondida de la cocina, convencida de que para sus salsas, nada como el molcajete? Porque tenía razón. El tiempo comenzó a acabarse y ya no alcanzó para moler todo a mano. Porque cuando tenemos hambre queremos comer ya. Y cuando queremos llegar odiamos que se nos haga tarde.

Habremos de pensar, entonces, que de Insurgentes, los de verdad, sólo se puede hablar de su necedad, su convicción y su paciencia. Y que no hubo traiciones, emperadores, cabezas colgando de una jaula o monjas inventando chiles en nogada que pudieran detenerlos. Léase: no hay tedio ni metrobús que pueda acabar con ellos. Seguirán siendo los héroes que nos dieron patria y, también, el nombre de la avenida más larga del mundo.

Pero todavía hay consuelo. Fíjese. Las 51 cúpulas, 74 arcos, 40 columnas, cinco grandes altares y 25 campanas de la Catedral han visto de todo: el nacimiento y último día del Mercado de las Flores al este del atrio, el motín de La Acordada, cómo la plaza se llenó de rieles de metal al inaugurarse la estación de tranvías, el cambio de la lumbre a la electricidad, el sorprendente trabajo que convirtió al callejón que desembocaba en el costado sur del Zócalo en la Avenida 20 de Noviembre. Ha soportado varias novedades: la de 1866 cuando Maximiliano de Habsburgo, siempre preocupado por los paseantes y su comodidad hípica, mandó extender la línea de cadenas que limitaban el atrio de la Catedral hasta rodear toda la Plaza Mayor, borrando para siempre el antes llamado Paseo de las Cadenas para convertirlo en el Paseo del Zócalo y que no duró mucho porque era tan grande que más bien parecía una pista de maratón deportivo y no el camino tranquilo para el devenir de carretelas, jinetes y señoritas. Ahí estaba de testigo, adelantándose a los tiempos en que la ecología no había sustituido al evangelio, cuando Gómez Farías se apoderó de Palacio Nacional y alguien tuvo la ocurrencia de plantar una buena cantidad de fresnos frente al atrio del sagrado recinto. Y supo cómo, de ahí a 1958, todo se bañó de un discreto y funcional concreto, con matas, árboles y prados, casi siempre descascarados, no muy frondosos, algo verdes pero nada notables.

Todo resultó en lo que se mira hoy: la Catedral tiene la fortaleza de las almas templadas y a pesar de las pistas de hielo, la playas artificiales que le ponen enfrente, las máquinas amarillas de ruido insoportable, remodelaciones, hundimientos, vendimias, marchas, discursos, bodas, misas y celebraciones de famosos, políticos y pecadores sigue incólume. Y hoy como nosotros, parece esperar solamente la Semana Santa. ¿Acaso no siente ahora que el tedio entre lo viejo y lo nuevo desaparece?

Llegará la última semana laboral y nuestras opciones crecerán como una avalancha incontenible de diversión entre sol, entretenimiento o una ciudad vacía sólo para nosotros. Sin ozono, ni prisas, sin colas para ir al cine, con tráfico suave, como de paseo en carreta. Cosa de decidir.

Porque llegará la realidad. Acuérdate de Acapulco: el mar no es azul sino gris banqueta, la arena paradisíaca tiene conchas, cangrejitos, colillas, envases de plástico con restos de jugo de uva y uno que otro cuerpo rollizo pero ampollado que huele a coco y brilla como aceite. Caleta parece Metro Balderas y Pie de la Cuesta la cuesta de enero. ¿La ciudad? Seguirá siendo la misma.

Todo se volverá otra vez tedioso. Porque el fastidio lo autoriza todo. Hasta comer carne los días de vigilia y vigilia los días de carne y hoy está usted, justamente un par de semanas antes de la tremenda catarsis, organizando planes y apilando uno a uno los libros que va a leer, las obras de teatro que no ha visto, si el traje será de baño y anhelando las deliciosas mañanas que ya no serán mañanas cuando se levante. Como siempre. Como cada vez que tenemos un día libre.

Pase lo que pase, piense —como también hubiera dicho don Manuel Toussaint— que las personas que no sufren de nostalgia o tedio son las más sospechosas. Los primeros, carentes de toda empaque, no se dan cuenta de nada y a los segundos, sin duda, sólo puede aplicárseles el siguiente pensamiento: cuando una gente no se fastidia es que sin duda fastidia a los demás. (Y hasta ellos merecen vacaciones).