Finalmente, México contrajo la grave enfermedad —endémica en América Latina— del populismo autocrático, clientelar y destructor de contrapesos e instituciones. La república ha sido puesta en riesgo, así como libertades fundamentales, la división de poderes, la dignidad del Estado, la funcionalidad de la administración pública, servicios públicos esenciales y perspectivas de inversión, crecimiento, empleo y reducción efectiva de la pobreza, al igual que de sustentabilidad ambiental. Esta terrible enfermedad debe ser contenida y revertida a través de todos los medios que ofrece nuestra democracia liberal, tratando de paliar sus costos y virulencia, de que no se establezca en forma crónica y permanente con consecuencias catastróficas, y de que curse y remita en el menor tiempo posible. Ello exige una eficaz reacción inmunológica con la suma de todas las voluntades y capacidades disponibles en la sociedad. Ante este peligro existencial, ideologías e intereses específicos deben ser guardados en el cajón, y construirse un amplio espacio de concurrencia, coordinación y alianza entre la ciudadanía y sus organizaciones y los partidos políticos de oposición al régimen.

Hacer a un lado, por ahora, ideologías e intereses específicos será todo un reto de generosidad, honestidad política e intelectual, patriotismo e inteligencia pública. Las ideologías existen y seguirán siendo relevantes, aunque su nueva fluidez y volatilidad, y un pragmatismo creciente parezcan diluirlas. Es claro que en una democracia liberal moderna caben y se dirimen civilizadamente diversas visiones del mundo, opciones de políticas públicas e intereses, y que todos pueden ser legítimos y atendibles en la medida en que se respeten las reglas del juego, la ley y la institucionalidad. Sin embargo, hoy deben ser puestos en vida latente, para concentrar energías en la resistencia.

En esta crisis es preciso entender que sólo los partidos políticos agregan preferencias, inquietudes, aspiraciones y temores fundados, y los representan en la arena electoral, donde en realidad se va a definir la contención o la permanencia del populismo autocrático, y la materialización de sus escenarios más inquietantes. Sin los partidos políticos será imposible hacer que remita la enfermedad. No podremos defender nuestra democracia sin partidos políticos sólidos, competitivos y funcionales y dispuestos a las más anchas alianzas y posibilidades de cooperación. Por el momento, deben guardar en el bolsillo una buena parte del bagaje ideológico que los distingue y separa. Desde la sociedad, es indispensable reconocer que una tóxica ideología antipartidos sólo sirve a la autocracia, al populismo y a la tiranía. Es preciso que la ciudadanía y sus organizaciones se acerquen a los partidos, y los partidos, hoy más que nunca, deben rectificar y ser fortalecidos, no estigmatizados, debilitados y borrados. Es vital que los partidos políticos recuperen y conserven la confianza y amplios vasos comunicantes con la sociedad, y que se constituyan en baluartes y adalides de la democracia, la legalidad, la pluralidad y las instituciones.

El populismo infecta a la sociedad por medio de gigantescas redes clientelares de subsidios directos que le aseguran perversamente el respaldo electoral de amplios sectores de población, en el caso de México, financiados a partir del desmantelamiento presupuestal y operativo del Estado. Sólo con la suma, unidad, lucidez, tolerancia y concurrencia coordinada de partidos políticos, ciudadanos, organizaciones sociales y empresariales será posible tratarlo con éxito. Antes de que sea demasiado tarde.

Gabriel Quadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.