“Pemex tiene plantas (de refinación) estancadas, sí, pero generando dinero. En el pasado, podríamos decir que operábamos a niveles altos, estábamos contentos porque producíamos mucho —pero perdíamos mucho (dinero)”. Ésta fue la explicación que Carlos Murrieta, en aquel momento director de Pemex Transformación Industrial, le dio a Jude Webber del Financial Times apenas en agosto.

¿Cuál fue el sustento para producir menos e importar más? Un modelo económico que procesa “16,000 variables y 12,000 ecuaciones” para determinar si el margen de refinación —una vez que se consideran el precio del crudo, el volumen de combustibles que se producirían y el costo de producción— es positivo o no.

Desafortunadamente, la explicación parece asumir que la configuración actual del sistema nacional de refinación se mantendría constante. No consideran, al menos abiertamente, qué pasaría si se despliegan nuevas inversiones, tanto en las refinerías existentes como en el proyecto de Dos Bocas que la nueva administración ha planteado.

Los detalles revelados hasta ahora del Plan Nacional de Refinación tampoco. A partir de las declaraciones públicas de la nueva administración, es claro que se han identificado algunas deficiencias técnicas en las refinerías que, de acuerdo con lo planteado, se pueden atender con inversiones puntuales. Pero no es claro que se haya corrido un análisis económico comparable al de Murrieta para evaluar cómo evolucionará la rentabilidad (o no) de Pemex Transformación Industrial a partir de las nuevas inversiones.

No estoy planteando, como algunos lo siguen haciendo, que no se deban hacer inversiones en las refinerías existentes o, incluso, explorar una nueva. A estas alturas del partido, es muy claro que la decisión ya está tomada.

Pero ignorar o minimizar la complejidad del tema es un error. El plan nacional de refinación no es una solución de sentido común. Es un moonshot: algo así como un tiro a la luna. Si en tres años resulta exitoso, se tendría que reconocer como una apuesta transformadora y visionaria. Implicaría que se lograron resolver una serie de factores que hacen que hoy las probabilidades estén en contra del proyecto: las ineficiencias del sindicato y la inflada plantilla laboral en el equipo de Pemex Transformación Industrial, las deficiencias logísticas de Pemex, el desfase entre el crudo disponible y la dieta ideal de las refinerías y la intensa competencia que hace que, al menos en Norteamérica, la refinación sea un negocio centavero. Implicaría descubrir y emplear exitosamente la receta secreta que le faltó a los presidentes Fox y Calderón para poder sacar avante la construcción de una refinería —a pesar de haber empeñado mucho capital político en lograrlo.

Si el plan fracasa, también se debería entender que siempre fue un proyecto contreras. Es desafortunado que no se esté comunicando y posicionando de esta forma: desde el principio, ha representado una muy ambiciosa en contra de un aparente consenso entre los analistas del mercado de petrolíferos. Tan es así que nadie en la industria privada se ha animado a convertirse en operador de alguna refinería en México. El contexto, junto con un par de argumentos sobre seguridad energética, abrirían una posibilidad única de pedagogía pública sobre un sector que por mucho tiempo ha permanecido muy ajeno a los mexicanos. Pero también podrían acolchonar la caída, en caso de que se presente cualquier tipo de fracaso.

Siempre se recomienda aprender en cabeza ajena. La administración pasada, al poco tiempo de haberse inaugurado, decidió prometer ritmos de producción muy elevados sin hacer públicos sus supuestos ni dar ningún contexto sobre qué se necesitaría para alcanzarlo. Hasta la fecha, estas promesas incumplidas siguen siendo usadas en su contra.

Por técnico y anticlimático que parezca, sería mejor entrarle a la explicación de los resultados, las 16,000 variables y 12,000 ecuaciones desde ahora. Sería mejor empezar a acotar las expectativas para arriba y para abajo. No esperarse a que el esfuerzo suene como presunción, en el mejor de los casos, o una mera excusa, en el otro.

PabloZárate

Consultor

Más allá de Cantarell