Vienen los días de pensar y celebrar la muerte

“Vámonos muriendo todos que están enterrando gratis”, decía una antigua frase decimonónica que hoy vuelve a estar vigente: estamos al final de octubre y a punto de entrar en una de nuestras fiestas favoritas.

Pero empecemos calmos y ante la disyuntiva de otros aniversarios y celebraciones, recorramos el calendario tranquilamente. Podríamos comenzar con un histórico cumpleaños, por ejemplo: celebrar que el 30 de octubre de 1873 nació en Coahuila Francisco I. Madero y, como homenaje memorioso, escribir sobre su vida. Fundador del Partido Nacional Antirreeleccionista y con un destino trágico y glorioso que lo llevó a combatir al presidente Porfirio Díaz, Madero llegaría a convertirse en presidente y en el más alto adalid de la Revolución. Tras alcanzar un alto nivel de popularidad en las elecciones de 1910, haber firmado un plan para que no se repitieran los gobernantes una y otra vez, haber sufrido horrenda e injusta prisión en San Luis Potosí, soportar la vergüenza de haber sido acusado de conato de rebelión y ultraje, haber sido criticado de rico heredero que nada sabía de la realidad del pueblo y al final haber sido humillado por su filiación espírita, terminó entregado a la muerte de la manera más artera y traicionera. Un héroe asesinado a mansalva contra la pared de la cárcel de Lecumberri cuando le decían “el Palacio Negro” y caminar de la mano de la huesuda por la historia de México. Un candidato —otra vez— para convertirse en una de las figuras más ilustres del altar de muertos de la patria.

Personaje muy distinto fue nuestro segundo emperador Agustín de Iturbide. Curioso que, justo el 2 de noviembre de 1821, ordenara que la bandera nacional, en aquel momento ya no de una república mexicana sino del imperio iturbidista, quedara en franjas verticales con el verde ocupando el primer lugar en el lienzo y al centro, sobre el blanco, con un águila coronada, sin culebra, nopal ni peña, pero sí con atributos de la casa real de España, por si acaso se ofrecía y la Independencia estaba muerta. Al final, delgado y discreto, debía ir colocado el color rojo. (Aquello del homenaje a la sangre derramada no estaba muy bien visto y su celebración de muertos acabaría siendo su propio fusilamiento).

Y así fue corriendo el tiempo. A lo largo de nuestra historia, héroes y escritores no pudieron sustraerse a hablar de la Calaca. Porque cuando llega el día —que como la misma muerte ya no tarda— la memoria irrumpe y no se calla y como toda buena nostalgia —que siempre está a la vuelta de la esquina, como decía Monterroso— provoca sacar la pluma. Escribe Ignacio Manuel Altamirano en 1880: “En los antiguos tiempos, es decir, antes de la Reforma, México se despertaba el día 2 de noviembre al funeral clamor de las campanas que doblaban en todas las iglesias, recordando que era el día de la conmemoración de los fieles difuntos. Ah, qué tristeza y qué tedio causaba ese incesante y funeral clamoreo que comenzaba en la Catedral y que se repetía en los cien campanarios de los conventos y en todas las parroquias, iglesias, capillas y ermitas que bordaban la ciudad de oriente a poniente y de norte sur. Era incesante vibración acompasada, ronca, lúgubre, que daba origen a variados sentimientos, pero todos amargos. La tristeza, el pesar, el desaliento se apoderaba del corazón, como el cortejo pavoroso de los recuerdos del día. Porque ¿quién no había perdido a alguna persona amada, cuya memoria venía de evocar la voz de la campana?”·

José Tomás de Cuellar, también escritor y también mexicano, parece contestar las letras tristes del maestro Altamirano con un pequeño ensayo que quiere razonar, pero acaba consolando: “Ante el gran misterio de la muerte se anonada la razón humana y las formas de duelo han llegado a tomar formas más o menos extravagantes, pero en el fondo de ellas está siempre el dolor. Estaba reservado a México el convertir la pompa fúnebre en regocijo (...) El dolor de que se trata. Ese dolor que dice la gente, el dolor anual en fecha fija, es un dolor estrictamente abigarrado y goloso. ¿Conmemoramos nuestra madre muerta? Pues hartémonos, propinémonos una ración extraordinaria de golosinas indigestas y que haya mucha música y muchas diversiones”.

Guillermo Prieto, siempre fue más bienhumorado y gozoso, vuelve a la calaca y cita versos; el verso más popular de los léperos de la época: “¡Comadre pelona, me alegro de verte! No andemos con chanzas que yo soy la muerte”.

El Día de Muertos no puede ser ni excusa ni pretexto para morirse de lo mismo. Todavía se puede hablar un poco de José Guadalupe Posada y su Catrina misteriosa (aunque ya esté en los huesos por tanto haberle buscado cara, nombre y apellido). Todavía existe la belleza del Día de Muertos en Janitzio, la hermosura de las flores y las velas, los aromas y el papel picado permanece. Pero a estas alturas y en estas circunstancias de cifras alarmantes y camposantos llenos, hasta da vergüenza hablar del sentido del humor del mexicano. Ése que hace calaveritas de azúcar y se ríe de la muerte. (¿Me están oyendo inútiles?).

Sigamos hablando de los orígenes de la celebración del Día de Muertos en México e insistamos en trazarlos hasta la época prehispánica donde nada tienen que ver las brujas en escoba, los fantasmas que parecen sábanas viejas, las calabazas que no son en tacha, o el ir a pedir “jalogüín”. Nuestra fiesta —eso debemos recordarlo siempre— responde a una larga tradición de la sabiduría de pueblos originarios y los preceptos de la religión católica: orar por aquellos fieles que han acabado su vida terrena y que se encuentran aún en estado de purificación en el Purgatorio, y hacerles el viaje fácil, oloroso a copal y bien iluminado.

Una vez asentado el sincretismo y estipulada la más rancia tradición nacional, es fácil comprender que el Día de Muertos en México tiene su propia mecánica y propias costumbres. De huesos, pluma y mortaja se construyeron los ritos y los altares son homenaje respetuoso a la memoria de los muertos, las ofrendas para agasajar sus espíritus y los obsequios para la breve visita de los que regresan en aquellos días. Un motivo colorido que bien puede ser la alegría del hogar, pero también una llamada de atención: porque no todo se acaba con la muerte. Hay responsabilidades previas al día fatal y otras posteriores y hay que dejar muy claro que celebrar a los muertos no quiere decir que olvidemos a los vivos.

Es triste, pero preciso prepararse para la muerte —propia y ajena: y no sólo acomodar el alma. Darle gusto al espíritu también, con una decente fiesta y adecuado descanso. Piénselo, lector querido: hay que celebrar porque la muerte está tan segura de alcanzarnos que nos ha regalado un par de días de fiesta..., pero también toda una vida de ventaja.