El sector de telecomunicaciones, así como la literatura, tiene sus topos argumentativos. Esos lugares comunes con los que siempre nos encontramos en la obra de los distintos autores indistintamente del siglo en que un día decidieron inmortalizar sus ideas por medio de la escritura. Así el amor, la muerte y la patria son los condimentos necesarios para cualquier poema, cuento o novela.

El mundo de la tecnología no es tan distinto, siempre escuchamos palabras como innovación, desarrollo y disrupción. También nos tropezamos con conceptos como brecha digital, gobernanza de Internet o economía digital. La combinación de estas palabras y conceptos es interesante, pues puede culminar con definiciones contradictorias según el interlocutor de turno.

Una vez nos apartamos de los comerciales y nos acercamos a las telecomunicaciones desde una perspectiva más técnica se comienza a descubrir las fronteras entre lo real y lo deseado de cada tecnología. Por ejemplo, hace apenas unos 10 años aún había en la región personas que posicionaban a WiMAX como el futuro hecho presente. Tenía tantas cualidades positivas que parecía irreal que en el listado de sus características no se incluyera que curaba el cáncer o viabilizaba la paz del mundo.

La realidad de esta tecnología —muy buena, por cierto, si se hubiese utilizado dentro de sus posibilidades reales— es que la misma tuvo dos problemas principales en América Latina y el Caribe. Primero, su tardía estandarización y lento proceso de homologación de equipos. Segundo, las batallas entre sus distintos proveedores que dilataron al máximo la estandarización para ver si lograban imponer su versión de la tecnología como estándar de facto.

Regresando al presente, uno de los temas tecnológicos de moda es la llegada de 5G. Si se escucha a los profetas de comercial nos encontramos con que este nuevo avance de la tecnología inalámbrica móvil tiene como principal (y al parecer única) característica ofrecer velocidades más rápidas a los usuarios.

La realidad es un poco distinta. Si es cierto que las velocidades de transmisión que serán habilitadas por 5G superarán exponencialmente las que hoy tenemos con LTE, en lugar de definir la velocidad en Mbps lo comenzaremos a hacer en Gbps. Sin embargo, contrario a la llegada de 3G o de 4G el arribo de una mayor velocidad con 5G realmente no tendrá gran impacto en el mercado masivo. Esto es bastante simple, ¿qué aplicación móvil existe en estos momentos que no pueda ser utilizada por una conexión de 50 Mbps?

Inicialmente las ventajas de 5G pasan por el sector empresarial y gubernamental. Proveer una latencia más baja a la que estamos acostumbrado sí tendrá un impacto en el sector financiero o de salud, pero no en la respuesta a un comando de un videojuego. La robustez que ofrecerá 5G, basándose en lo que ya había comenzado a aparecer con LTE Pro, hará posible un arropamiento de la ciudad por dispositivos que emitan constantemente información a un centro de almacenaje y análisis de datos. El famoso Internet de las Cosas inalámbrico que resucita de la prehistoria el concepto de Ciudad Digital ya no es un sueño. Se comienza el camino a la total digitalización que según Asimov nos llevara al aburrimiento y según Orwell nos conducirá hasta el Gran Hermano. Indistintamente de cual sea el final, lo cierto es que 5G, al menos en sus orígenes, se limitará a espacios reducidos de América Latina con suficiente capilaridad de fibra óptica para soportar a esta nueva tecnología inalámbrica. Espacios que tendrán como característica común una alta densidad de empresas.

Los hogares también serán considerados en esta fase inicial, muchos operadores se inclinarán en desplegar 5G para mejorar sus servicios fijos. En la parte móvil, debido a los costos de los teléfonos, sólo los individuos que ahorren por meses o de mayor poder adquisitivo podrán acceder a 5G en su año inicial.

José F. Otero tiene más de 20 años de experiencia en el sector de las TIC.