Jorge Ibargüengoitia nació en Guanajuato, el 22 de enero de 1928, es decir, hace 90 años. Hay reconocimientos, por supuesto —uno en la Cineteca, para no ir más lejos— y seguramente muchas letras se escribirán para festejarlo. No tenemos noticia de una celebración solemne y grandiosa —como las que él detestaba— en el Palacio de Bellas Artes, por ejemplo. Con invitaciones previas, muchos amigos y periodistas componiendo discursos sobre su obra y describiendo su trayectoria siempre de la misma manera: “Escritor, periodista, dramaturgo, cronista de la vida diaria”. Con algunos fanáticos de siempre y ojalá nuevos admiradores que acabaran de descubrir sus textos.

Tampoco —a lo mejor estamos esperando su centenario— sabemos que se hayan inventado, para festejarlo, nuevos reconocimientos literarios en su honor, que quizá lo divertirían de haberlos atestiguado. Se me ocurren algunos, por si se ofrece: el Premio Cuévano para dramaturgia de provincia; el Galardón Ontananza y Periñón para novela histórica, el Reconocimiento Ibargüengoitia, La Mujer que No, para narrativa de género y el Certamen Autopsias Rápidas para periodismo, en Artículo Corto y Fulminante. Todos ellos entregados cada año, justo un día como hoy fecha de su nacimiento, en Guanajuato, una buena provisión de efectivo y siempre cerrando con una frase del tipo:

“Dentro del panorama de la literatura mexicana, Ibargüengoitia se distinguió por su alto sentido crítico y su notable sentido del humor. Tanto sus novelas, como sus obras de teatro y artículos periodísticos, realizados en toda una vida de trabajo, son imprescindibles para conocer la literatura mexicana del siglo XX y por su mirada distinta hacia la Historia de México. Por ello hemos creado estos premios y los entregamos a los noveles escritores para reconocer sus espléndidas obras”. Después, aplausos. Todos de pie. Más aplausos. Una promesa de vino de honor en el lobby o el foyer y a otra cosa, reporteros.

Pero seguramente si Jorge Ibargüengoitia estuviera vivo, hubiera organizado una fiesta privada con su adorada Joy Laville —pintora, su mujer, autora de sus más magníficas portadas— una docena de amigos, bebida y comida abundante e infalible. (Una buena taquiza, se me ocurre).

Suponer que la gastronomía es punto central de la obra de Ibargüengoitia puede ser un error, mas no lo es tanto. Afirmar que sus referencias culinarias apelan a un registro para la posteridad, también. Pero vale la pena apostar, como él lo hizo, que se puede explicar a la sociedad mexicana a través de una enchilada. Porque, y es muy cierto que, en muchos de sus textos —ya sean crónicas, novelas u obras de teatro— cuando aparece algún platillo, receta o comilona hay un giro narrativo: aparece la explicación que faltaba, se devela el misterio, se construyen tramas y personajes. Armando, por ejemplo, cuya saga está descrita en Sálvese quien pueda, le otorga —como Garibaldi al pastelito— su nombre a su más famoso platillo: una barroca composición de 25 ingredientes con carnes frías como queso de puerco, galantina y otras transparencias difíciles de mirar, atrapadas entre dos tapas de bolillo, que convierten al cocinero en nuestro héroe real e imaginario. Ibargüengoitia escribe convencido: “La influencia de este personaje en la evolución alimentaria de los mexicanos es tal que ya nadie se acuerda de cómo eran las tortas antes de Armando”.

Ante la comida, Ibargüengoitia desplegó talentos casi filosóficos. Fue el primero que ensayó una suerte de Ontología del Taco y con sabiduría casi académica escribió: “La introducción en el mercado de los tacos sudados —los hoy llamados ‘de canasta’— constituye uno de los elementos culminantes de la tecnología mexicana, comparable en importancia a la invención de la tortilladora automática o a la creación del primer taco al pastor. El taco sudado es el Volkswagen de los tacos: algo práctico, sencillo y económico”.

Es en sus textos periodísticos, recopilados en libros como Sálvese quien pueda, Autopsias rápidas y La casa de usted y otros viajes, subyacen conceptos asombrosos: la Comida como Síndrome, por ejemplo. Mucho mejor descrito que el del chauvinismo del legendario Jamaicón Villegas, futbolista nacional que abandonó el Campeonato Mundial porque extrañaba su pozole, Ibargüengoitia cuenta la historia de tres mexicanos que en París añoran unas quesadillas de flor con su epazote y su chilito y termina escribiendo: “La nostalgia es irracional e irremediable. A un mexicano que suspiraba por tequila, le dije que podía comprarlo en cualquier tienda y él me contestó: ‘Sí, pero el limón no sabe igual’”.

En Ibargüengoitia, la comida también es desamor y pánico. Leyendo la La Ley de Herodes nos topamos con el romance de Jorge y la gringa Pampa Hash. Son el uno para el otro: entre los dos pesan 160 kilos, ella se come los filetes con papas y él la mira. En el clímax del affaire ella le pasa por encima de la mesa la mitad de su bolillo y la emoción calienta. El lector no sufre hasta que el amor se acaba: justo cuando él nota que nadie puede vivir con una mujer que al comer un mango devora la carne hasta el ixtle para dejar el hueso “como la cabeza del cura Hidalgo”.

Y por si el pánico del desamor no fuera suficiente, en la cocina de Ibargüengoitia hay miedos mucho peores: estar ante un platillo como las “Crepas Isadora” de la novela Estas ruinas que ves, sólo para descubrir que están rellenas del aguayón que en su primera presentación del lunes se llamó “Ternera Tallyerand”, el martes se convirtió en ragú, reapareció en taquitos de salpicón, hamburguesas, croquetas y salsa boloñesa, antes de acabar el viernes como el relleno de las crepas de masa de hotcake cubiertas de crema y con su rayita de cátsup.

Brillante e irónico, como siempre, Ibargüengoitia combinó su sabiduría culinaria con su ojo crítico y construyó una literatura irrepetible. A la pregunta de ¿no habrá llegado el momento de independizarnos gastronómicamente e inventar otra nomenclatura propia y al mismo tiempo histórica?, responde con una propuesta en Viajes por la América:

“Podríamos empezar refiriéndonos a nuestro pasado indígena, El pastel Moctezuma, por ejemplo es unos chilaquiles glorificados. El filete Huitzihuitl es un filete con chilaquiles. El pollo a la Netzahualcóyotl, es pollo con chilaquiles. El lomo de cerdo Chimalpopoca es lomo con chilaquiles. Ya en México independiente la cosa se vuelve más flexible. Los huevos a la mexicana y en general todo lo que tenga chile verde, cebolla y jitomate, que se llame huevos, o lo que sea, puede llamarse de las Tres Garantías”.

Tuvo razón. Es muy probable que nuestro profundo oscilar entre lo patriótico y lo patriotero, nuestra costumbre de confundir en la historia nacional lo grandioso con lo grandote, no fuera tan habituales si, como escribió Jorge Ibargüengoitia en El Atentado, las últimas palabras de Álvaro Obregón hubieran sido: “Estoy muy lleno. No me traiga cabrito sino unos frijoles”.

Seguramente si el accidente aéreo no le hubiera quitado la vida en 1983 —justo cuando estaba en la flor de la edad, como diría Vargas Llosa— hoy sí habríamos asistido a algún homenaje oficial y a la repartición de premios. Pero las cosas son como son. Tras la puerta cerrada de una fiesta que no existe, en un puesto de periódicos, estaría esperándolo un ejemplar como el que tiene entre sus manos. Que dijera lo que hoy dice este artículo que celebra, como puede, el nonagésimo cumpleaños de Jorge Ibargüengoitia.