Lo que vimos el pasado primero de diciembre en el Zócalo fue la concentración de la derrota, un acto que trato de compensar lo mal que van las cosas en el país. No se mostró músculo, se enseñaron vergüenzas. Un discurso que no dijo nada nuevo, una monótona conferencia mañanera, pero ante una gran masa de personas, en su mayoría producto del acarreo o de algo peor, como la amenaza de perder el empleo. 

Tenemos un presidente opositor, un hombre que sigue oponiéndose al poder. Esta parece ser una característica de algunas izquierdas en el poder y de los autoritarios y populistas: la necesidad de crear enemigos para seguir “en la lucha” contra el poder, aunque el poder lo detenten ellos. Díaz Ordaz “luchaba” contra ideologías “que venían de fuera”, Echeverría contra “fuerzas del pasado”; hoy López “lucha” contra los “conservadores”, los “hipócritas” y los “fifís”. La tonada es la misma y tienen en común el enorme poder del que gozan.

Crear un enemigo siempre les da una causa y un aliado: el pueblo. Ese pueblo del concepto vago y amplio que considera a todos y en donde en el caso de López Obrador solo cabe uno: él mismo, porque es la encarnación del pueblo. Dice que ya no se debe a sí mismo sino al pueblo. ¿Esta es la frase de un demócrata o una coartada para imponer su punto de vista? Si él es el pueblo, los que criticamos no estamos en ningún lado.

El presidente López está tan ocupado combatiendo a los enemigos, eufemísticamente llamados adversarios, y haciendo campaña en toda la república ante gobernadores medrosos o disciplinados, cautelosos o institucionales, que no tiene tiempo de gobernar, solo de ordenar. Campañas que se pagan con nuestros impuestos. Y hace bien, porque si se detiene una semana sin hacer campaña se notaría la canallada de la línea 12, las masacres que niega, los muertos que esconde detrás de las palabras. Muertos por Covid 19, falta de medicamentos o balas. 

Su permanente campaña opositora ha sido exitosa. Las encuestas alrededor del 1° de diciembre lo ponen entre un 58 y un 66% de aceptación personal. Sólo una dice que ha bajado su rating de 60 a 58, nada importante. Nunca un presidente fracasado había sido tan popular. Creer que esta aceptación a tres años de gobierno se debe sólo a los programas, sociales en los que reparte dinero de manera ineficiente y poco transparente, es un error de análisis. AMLO es mucho más, tiene carisma y una narrativa sencilla, pero poderosa. 

Esta narrativa tiene varios ejes: 1) son ellos, los ricos y abusivos, y nosotros, los de abajo. “Los de abajo”; esta es una identidad que en México se ha formado por décadas; la política, el cine, la literatura nos hablan de ello. 2) el pueblo es víctima, nunca culpable. De la venta de menores como esposas, del crimen organizado, de los robos, del racismo, de la falta de respeto a las leyes es víctima. Si la gente del pueblo delinque es por falta de opciones y de eso otros tienen la culpa. No hay ciudadanos, hay pueblo bueno. 3) Todo lo pobre, lo humilde, tiene un sabor auténtico y es mejor. Las clases medias tienen aspiraciones y son sospechosas; los que pertenecen a las clases altas ni se diga. 4) Los “valores” del pueblo son los mejores porque los heredamos de culturas notables desde tiempos inmemoriales. Estos valores son un conjunto elusivo de ideas, costumbres y suposiciones. 5) Lo mexicano es mejor y así ha sido siempre. 6) Y el valor supremo: el pueblo nunca se equivoca y si el mandatario es la encarnación del pueblo, entonces… 

Esta particular amalgama de ideas que apalancan el autoritarismo del actual gobierno tiene su equivalente entre opositores ciegos de AMLO. No me detengo mucho en esto, a modo de ejemplo pongo dos ideas: 1) solo por ignorancia o interés se apoya a AMLO y 2) las encuestas que constatan la popularidad del presidente son falsas. Están cuchareadas o pagadas y quienes las usen para el análisis son, en el fondo, aliados de la 4T.  Estos y otros planteamientos niegan la historia inmediata anterior de abusos e impunidad, menosprecian a todos los que apoyan al presidente López y, lo peor, no están entendiendo el mecanismo social e ideológico que hace posible la popularidad presidencial. 

No es indeseable que un mandatario sea popular. Al contrario. Recordemos como la impopularidad de presidentes como Peña Nieto o Trump los convirtieron en unos “lame ducks”. Esto no es deseable. El problema es cómo utiliza AMLO su popularidad: la usa para esconder la realidad de un gobierno fracasado. 

El presidente no ha logrado un cambio hacia el escenario que nos dibujó al principio de su mandato. Mucho me temo que se ha perdido en un mundo de frases hechas y ceremonias vacías de contenido.