Mantenerse en la zona de confort de los políticos y ‘técnicos’ con las ideas energéticas más viejas es quizás el principal logro sectorial de esta Administración. No importa qué tan rápido avance la tecnología en el mundo. Acá ellos no tienen que desgastarse en actualizarse. Llevamos tres años alejándonos de cualquier desarrollo que califique como frontera tecnológica. Hemos construido una burbuja formidable, que blinda a nuestros “boomers energéticos” de las incómodas irrupciones del futuro en el presente. Aquí pueden enfocarse en exprimir el pasado. 

A pesar de los esfuerzos de la iniciativa privada, entre los tomadores de decisión energética en México difícilmente se reconocen siquiera los ‘colores’ sustentables del hidrógeno. La captura y secuestro de carbono sigue sonando a delincuencia organizada o ciencia ficción. ¿Cuál desarrollo de baterías modernas, de alta especificación? La principal preocupación acá es el nivel de soberanía de nuestros depósitos de litio. El fracking de plano está prohibido. Y de la exploración y producción petrolera en aguas profundas, igual que del desarrollo de nuevos proyectos de energías renovables, sólo queda la inercia del pasado. La burbuja es amplia.

Y sigue creciendo. No sólo resguarda a Pemex y CFE de este tipo de tecnologías, que muchos consideran el futuro. Desde hace un par de años, los está empoderando para usar toda la fuerza del gobierno para censurar los esfuerzos e inversiones de terceros que tengan una dosis significativa de nuevas tecnologías, en todo el territorio nacional.

Claro que es una aberración que una “transformación de la vida pública de un país” en la tercera década del siglo XXI apunte casi por completo hacia la combustión interna: las gasolinas como absoluta prioridad, el carbón y el combustóleo por encima de las renovables. Pero, para ser justos, el presidente López Obrador nunca prometió tecnología o modernidad –mucho menos en energía, donde la obsesión ha sido la nostalgia por la soberanía.

Quizás lo deprimente de adoptar una política energética de “más vale lo malo por conocido que bueno por conocer” se podría contrarrestar con extraordinarios resultados. Pero el objetivo, más que fomentar la producción, ha sido el proteccionismo. Mientras se trabaje con la visión correcta, privilegiando la combustión interna como la entienden Pemex y CFE, la burbuja proteccionista blinda a los suyos aun cuando no se cumplen las metas –como ahora. Esto es doblemente decepcionante. Aquí no tienen la excusa de haber fallado intentando desarrollar o entrar de lleno en nuevas tecnologías. No es que les hayan salido mal apuestas arriesgadas en smart grids, baterías, hidrógeno verde, renovables, o yacimientos no convencionales. Les salió mal lo que supuestamente dominamos desde hace décadas: refinación, exploración y producción en aguas someras, generación y abasto eléctrico convencional. Fracasaron hasta en lo fácil.

¿Qué detiene al resto del gabinete –y del país– de salir corriendo de la burbuja de la combustión interna? Aún los sectores tradicionalmente más abiertos y modernos parecen hipnotizados por el pensamiento combustible pero estático de Sener, Pemex y CFE. Ni la Secretaría de Economía ni la Cancillería parecen tener como prioridad construir la plataforma de políticas, incentivos y desarrollo tecnológico que ponga a México en posición de ser líder global en la manufactura de vehículos eléctricos, como los para vehículos de combustión interna. La burbuja no tarda en extenderse y volverse una apuesta, explícita o implícita, a nivel país: sin planes para insertarnos en un futuro eléctrico y sustentable, a lo más que parece que aspiramos es a ser un país de combustión interna. Un paraíso para los técnicos e ingenieros que no entiendan, ni quieran entender, eso del futuro y las nuevas tecnologías.

@pzarater

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell

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