¿Qué implica teatralizar el poder en un escenario vacío? ¿Actuar como si un público expectante escuchara presto a aplaudir?¿Se actúa para sí mismo? ¿Para la posteridad?

Los rituales del poder sirven para impresionar, conmover, atemorizar a un público al que se supone capaz de apreciar la solemnidad, mesura o grandilocuencia de las palabras y los gestos de quien en ese espectáculo despliega símbolos que invitan a reconocer en él la autoridad de su función. Sin público, la teatralización es mera gestualidad dislocada.

Desligado del contexto de la emergencia sanitaria, el extraño espectáculo ofrecido por el presidente de la República el domingo denota en forma y fondo la desconexión entre el discurso del poder y las expectativas de una sociedad en gran medida ya desilusionada pero que, ante la crisis sanitaria, humanitaria y económica que se avecina, podía esperar alguna respuesta semejante a la que otros gobiernos de todo color y tipo han ofrecido en el mundo para enfrentar la pandemia y paliar sus peores “efectos secundarios”, tan o más dañinos que la enfermedad.

Por distracción, ceguera o cerrazón ideológica, el Ejecutivo siguió, en cambio, un guion ajeno a la urgencia actual. En vez de acercarse a quienes lo miraban desde sus pantallas, mostró la soledad y lejanía desde donde toma decisiones que afectan a millones. En vez de hablarle a personas de carne y hueso desde su propia condición humana, se dirigió desde un pretencioso escenario a una masa popular abstracta, de la que quedan excluidos, por omisión, mujeres, niñas, niños, jóvenes y todos aquéllos que no entran en la cambiante definición de “pueblo”, al que igual se consulta que se ignora, se regaña o se exalta.

Como si el asistencialismo y la improvisación fueran mejores recetas que la planeación, no faltó en este “informe al pueblo de México”, la recurrente exaltación de “la familia” como pilar de la sociedad, ahora en su versión de “principal institución de seguridad social”, como si con tal “fortaleza” pudiera paliarse la debilidad de instituciones estatales de salud y seguridad social, asfixiadas tanto por políticas “neoliberales” que favorecieron a un oligopolio privado como por la “austeridad republicana” que recortó presupuestos y plazas y para colmo subejerció en el 2019 los pocos recursos asignados.

Si ya es preocupante que se mantenga un discurso engañoso y se invisibilice a mujeres y niñas justo cuando el encierro forzado las sobrecarga de trabajo de cuidado, peor resulta que se pasen por alto la precariedad, el hacinamiento y la violencia que ponen en riesgo la vida y la salud física y mental de millones de personas, menores y mayores, de ambos sexos.

En efecto, como han señalado diversas voces en esta semana, el confinamiento en casas sin agua ni servicios básicos, estrechas, sin ventilación ni privacidad aumenta por sí mismo el riesgo de contagio (lo que explicaría en parte la tragedia de Guayaquil, según algunos); incrementa la incidencia de violencia contra mujeres, niñas y niños por parte del agresor habitual, pero además escala los riesgos de maltrato contra personas adultas mayores o con discapacidad, y sobre todo contra hijos e hijas por parte de madres exasperadas, en algunos casos también maltratadas y a las que ni la sociedad ni las autoridades han ofrecido apoyo o solución alguna.

Si en cualquier caso, las condiciones materiales pueden contribuir al desgaste y al conflicto que el confinamiento mismo provoca, ¿qué sucede cuando además se enfrenta precariedad económica o miseria? ¿Qué respuesta se le ha dado a quienes no pueden acceder a ningún programa social? ¿A quienes ya no cuentan con Oportunidades ni Seguro Popular? ¿A las mujeres prostituidas echadas de los moteles, a las presas, a las migrantes, a quienes viven en situación de calle?

El guion oficial no sólo excluye a las clases altas y medias (estigmatizadas o despreciadas). Ni siquiera incluye esas vidas que por elemental principio de justicia (y congruencia) debería valorar.

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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