Así como no sabremos en mucho tiempo los efectos reales del malhadado incendio en la Catedral de Notre Dame de París, aún no medimos las consecuencias que tendrá para Estados Unidos y su empresa emblemática Boeing, el affaire protagonizado por su B737-800 MAX, la joya de la Corona, que terminó en el banquillo de los acusados después de los accidentes de Lion Air y Ethiopian Air.

Las demandas de los deudos de los pasajeros de ambos accidentes eran previsibles y tal vez la compañía estaba preparada para este escenario. Cualquier empresa se prepara para los accidentes que, aunque escasos en la aviación comercial, ocurren. De ahí los seguros y coaseguros que siempre están detrás de las armadoras y las aerolíneas.

Pero hace dos días, Richard Seeks, accionista mayoritario de Boeing, soltó la noticia bomba: demanda a la compañía por un monto estimado en al menos 1,000 millones de dólares, la cual busca proteger a todos los inversionistas de la armadora que compraron acciones entre el 8 de enero y el 21 de marzo, ya que, explica el demandante, “se ignoraron las fallas (del Boeing 737 MAX) para inflar artificialmente el precio de las acciones” y nunca se advirtió de las medidas de seguridad “opcionales” como la luz de discrepancias para los sensores del ángulo de ataque del avión (AoA), dispositivo que era crítico para asegurar que la aeronave funcionara adecuadamente.

La demanda no sólo incluye a la empresa sino a sus directivos, el presidente Dennis Muilenburg y el director financiero, Gregory Smith, ya que —de acuerdo a los quejosos— los precios de las acciones subieron al ser presentado este avión como “el más seguro en volar los cielos”.

Aunque el problema financiero sin duda será severo, la armadora está resintiendo un daño más profundo en su reputación y su confiabilidad. Diarios estadounidenses, como Seattle Times, ciudad donde está asentada la sede de la fabricante de aviones más antigua del mundo), no se cuidaron al decir que “casi todas las manos en las evaluaciones de seguridad y pruebas son de empleados o proveedores de Boeing que están autorizados para representar a la Agencia Federal de Aviación (AFA)”, la encargada de certificar modelos y prototipos de aeronaves.

Hace un par de semanas, en el Senado de Estados Unidos, representantes de la AFA fueron increpados duramente por legisladores y hasta el presidente Trump ha opinado sobre el tema a través de sus redes sociales, pidiéndole a Boeing cambiar el nombre de su programa para evitar que las nuevas pruebas se contaminen.

Mientras tanto, la empresa anunció que ya lleva 96 vuelos de prueba para garantizar la factibilidad de la actualización del software MCAS (el sistema que fue introducido en las aeronaves para “corregir” la desviación del fuselaje producto del cambio de configuración de motores y evitar que el avión pierda sustentación).

No obstante, aerolíneas como American se están tomando su tiempo para ver resultados que les garanticen la correcta alineación y ver si deben —o no— confirmar sus pedidos. Garuda ya anunció la cancelación y los chinos han decidido irse con la competencia. Se sabe también que muchos operadores están buscando B-737 de modelos anteriores (incluso anteriores a la New Generation) para usarlos en tanto se decide el siguiente paso.

Como se aprecia, aún están por verse las secuelas de este grave problema y lo que implicará para Estados Unidos. El propio Trump dijo en sus redes sociales que los nuevos aviones son “demasiado complejos” al punto que ya no se requieren pilotos sino “científicos en computación del MIT”. Dentro del folklorismo del presidente de EU, algo tiene de cierto la frase y sin duda representa un revés para los desarrollos tecnológicos de la aviación. Ya lo estaremos comentando.

Lo oí en 123.45: Mexicana sigue esperando solución; preocupa el futuro para el MRO del AICM.