En la catástrofe, sin quejumbre, proseguir .

Wong Li

Según las encuestas de las dos últimas semanas, el 1 de julio sólo votaría 40% de los enlistados. Si las elecciones tuvieran lugar en estos días, habría un abstencionismo de alrededor de 60 por ciento. De un corpus de 77 millones registrados en el padrón, participarían 30.8 millones de ciudadanos.

Sin duda, como en todas las encuestas, se trata de una instantánea que se modificará durante las próximas semanas. Algunos atribuyen la situación a la intercampaña, ese engendro jurídico que nadie entiende y que produce efectos raros como éste. Otros, simplemente, registran el dato y mueven la cabeza sonriendo. Algunos más lo interpretan como un signo mayor del apocalipsis político que se echaría encima del país. El IFE redoblará sus promocionales que chorrean piedad y tonos exhortativos impensables.

Como aparece en estos días, cualquier comentario sobre el fenómeno exige la mayor neutralidad. Primero, las elecciones y la democracia no convocan a 60% de la ciudadanía. No sólo la dejan en la indiferencia, sino que la lanzan a un vacío absoluto o casi. Las elecciones, ¿qué es eso? Segundo, ese hecho remite a la clara profesionalización de la política y a una democracia aritmética que ha alcanzado su madurez.

Todos lo candidatos, sea a puestos de gobierno o de representación, de una manera u otra, son políticos profesionales. Ninguno depararía una sorpresa. Son bastante conocidos o desconocidos. ¿Quién, en su momento, desplegaría una sagacidad estratégica que imprimiera al país la velocidad que le corresponde en la globalización? Que le corresponde, sí, por sus 112 millones de habitantes, su extensión, su ubicación estratégica y su enorme potencial creativo, por ahora, está en el estancamiento.

¿Lo haría la democracia?

Tercero, y en una mención no carente de signo político, Samuel Huntington, el politólogo de Harvard que estudió las transiciones democráticas, escribió en alguna parte: la democracia funciona en medio de la indiferencia general. Se está, entonces, en la normalidad. Nadie tiene por qué espantarse, ni proferir admoniciones dantescas ni recomendar un toque ininterrumpido de campanas llamando a la misa electoral.

A los trabajadores informales, ¿qué los motivaría a votar? A los 7 millones o 9 millones de ninis, ¿qué los llevaría a hacer fila ante la casilla? Igual todos los demás. La vida del singular es potencia, la forma política del ciudadano le queda chica.