El Brexit inaugura la era de las fake news y retrata la sempiterna batalla entre dos mundos; el kantiano que es regido por leyes y normas, y el hobbesiano, donde el poder militar representa el máximo rasgo soberano de quien lo posee.

Robert Kagan, cercano a George W. Bush y John McCain, y lejano a Trump por considerarlo un “fascista”, escribió a principio de este siglo un ensayo sobre los rasgos identitarios de Estados Unidos frente a los de la Unión Europea. Publicado en Policy Review, y posteriormente convertido en libro, “Of paradise and power: America and Europe in the new world order” (“Del paraíso y el poder: Estados Unidos y Europa en el nuevo orden mundial”), su ensayo plasma dos visiones antagónicas bajo la alegórica idea de que “los estadounidenses son de Marte y los europeos de Venus”.

”Es hora de dejar de fingir”, escribe Kagan, “que los europeos y los estadounidenses comparten una visión común del mundo, o siquiera que ocupan el mismo mundo”.

Frente a la debilidad de los pequeños estados, se opta por la paz perpetua descrita por Kant. De ahí la necesidad de crear instituciones multilaterales y supranacionales: para que las leyes y normas regulen la cohabitación entre naciones (Unión Europea). “Cuando no se tiene un martillo, no se desea que nada se parezca a un clavo”.

La antítesis es la fuerza. El presidente Trump tiene a su placebo en la fuerza militar de su país, de hecho, su política exterior la sustenta con si imaginativo fármaco que lo fortalece para recordar al mundo que es él el presidente más poderoso del planeta.

Existe otra categoría, sublime diría yo, que describe los rasgos europeos ausentes en Estados Unidos. La desarrolla el francés George Steiner en su ensayo La idea de Europa. “Europa es ante todo un café repleto de gentes y palabras, donde se escribe poesía, conspira, filosofa (...), Ese café (...) es inseparable de las grandes empresas culturales, artísticas y políticas del Occidente. (...) La segunda seña de identidad europea es compartida por todos los países europeos (...): el paisaje caminable, la geografía hecha a la medida de los pies”.

Esta noche, la Unión Europea vivirá el resultado de una de las peores crisis de su historia: por primera ocasión uno de sus miembros dará reversa. En ausencia de los rasgos heredados por la Ilustración, los espacios fueron tomados por las fake news catalizadas por las redes sociales. David Cameron temió que la rabia que exudaban los miembros del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), liderado por Nigel Farage, lo contagiara.

Cameron cayó en la trampa y ofreció un dulce sin percatarse que era venenoso: el referéndum. Del padrón electoral, sólo 37% votó a favor de dejar la UE. Entre 63% se encontró gente que votó en contra de abandonar la UE o que simplemente no acudió a las urnas.

Si para Ortega y Gasset, España era el problema y Europa la solución, para Farage y Boris Johnson, Europa es el problema y la mentira la solución. En efecto, la Unión Europea también es la unión de problemas variopintos. Uno de ellos es la eurocracia; ese laberinto que representa la interminable cantidad de traductores que circulan por las instituciones de Bruselas.

Las que parecen exageradas regulaciones también podrían enloquecer a cualquier ciudadano (los grados de alcohol que se permiten vender en bebidas que se ofrecen en determinadas tiendas de los 28 países). Sin embargo, frente la toxicidad que derraman los nacionalismos de regímenes iliberales, la Unión Europea es una fresca brisa que salvaguarda los derechos fundamentales del ser humano.

Macron comentó el miércoles que la noche de hoy será triste. Se va Reino Unido del modelo político más exitoso del siglo XX. Un doble expreso para paliar el suceso.

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.